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La campana de Huesca(leyenda) Le sacaron del convento donde, “ni envidioso ni envidiado”, vivía retirado hacía cuarenta años, y le sentaron en el trono de Aragón. Alfonso I el Batallador había muerto sin sucesión, y los nobles aragoneses, en quienes prendieran las ideas de feudalismo al uso de Francia, pensaron que ningún rey sería más adecuado para consentirles la vida libre y semi-independiente a que aspiraban, que aquel monarca hermano del Batallador, monje benedictino, al cual suponían débil de carácter. Y así subió Ramiro II, ya casi sexagenario, desde el claustro al trono de sus mayores. Y, efectivamente, la tolerancia y liberalidad que mostró el nuevo monarca en los primeros pasos fue interpretada como falta de energía. Los nobles empezaron a dar señales de inquietud y desobediencia. Se burlaban de aquel monarca, más amigo de la paz y del sosiego que e cabalgar e ir a la guerra. Le llamaban el rey Cogulla y era objeto de ludibrio y mofa. Ramiro II, probo y recto, bondadoso y pacífico, esperó pacientemente algún tiempo, confiando en que los señores feudales del reino acabarían por reconocer su error y depondrían la actitud levantisca. No logró nada: los nobles se mostraban cada día más altivos, agresivos e intransigentes. Las burlas arreciaban; la anarquía en la nobleza llegaba al paroxismo… Fray Frotardo, abad de Tomares, paseábase aquella tarde en el claustro del monasterio, salmodiando los latines en su breviario. El rezo fue interrumpido por la llegada de dos caballeros aragoneses de la Casa del Rey. Ramiro II había sido monje en Tomares y fray Frotardo dirigió como confesor, durante muchos años, la conciencia del ahora monarca de Aragón. Los caballeros, llegados a matacaballo, eran portadores de una carta sellada para el abad. Leyóla éste en silencio. Contaba en ella Ramiro sus apuros y pedía el consejo del que sabía era prudente y talentudo. —Seguidme —dijo el abad a los mensajeros. Y descendió con ellos, sin hablar más palabra, al huerto del convento. Macizos de flores le exornaban y en un bancal crecían soberbias coles arborescentes rematadas por frondoso penacho de hojas. El abad tomó en sus manos una vara y empezó a golpear las cabezuelas de las flores que se elevaban sobre sus pies, sobresaliendo de las demás. Caían tronchadas las corolas más altas y orgullosas. Después, con una hoz, y siempre en silencio, comenzó a cortar los tallos y la parte superior de las coles frondosas… —Id y contad al Rey lo que habéis visto; es mi respuesta —dijo el abad, sonriente, al terminar la extraña tarea. Partieron los mensajeros al galope de los caballos, sin explicarse aquella misteriosa embajada, contaron a su señor lo sucedido… Huesca, capital a la sazón del reino aragonés, de cuya época de esplendor conserva todavía murallas, mansiones señoriales, palacios y edificios grandiosos, rebosaba de prelados, ricos-hombres e infanzones. El rey había convocado Cortes. Acudieron al llamamiento, acaso con el propósito de acabar con el anciano Monarca y, sobre todo, con el de mofarse del proyecto extravagante que les había anunciado pensaba realizar el Rey Cogulla: construir una campana cuyo tañido se oyese en todo el reino. “Cosas del viejo fraile que era el Rey”, comentaban entre todos ellos con desprecio. Tan poseídos estaban del poder propio; tan seguros de la falta de energías del Rey Monje, que aquellos quince nobles, los más ricos e influyentes, y el famoso e inquieto caballero don Ordas, no se recelaron de acudir uno a uno cuando, a medida que entraban en el palacio, eran llamados por el Rey para consultarles privadamente negocios importantes. El Rey Cogulla les conducía con misterio a una cámara secreta donde, decía, guardaba el tesoro con el cual pensaba fundir la colosal y monstruosa campana, cuyo tañido había de congregar a la nobleza, sumisa a la voz del Monarca. Sonreían con petulancia los llamados ante la extravagancia del anciano y, con aire de superioridad, bajaban a la cámara… Hervía en los salones de palacio real la multitud de nobles aragoneses que asistían a las Cortes. Estaban convidados a suntuosa fiesta. Un cortesano dijo unas palabras al oído de Ramiro el Monje. —¡Vais a ver —exclamó el Rey, llamando la atención de los caballeros nobles y grandes—; vais a ver la campana que he mandado fundir en los subterraneos del palacio, para que pregone la gloria y la fortaleza del rey Don Ramiro II! Estoy seguro que su tañido os hará prudentes y comedidos, serviciales y solícitos a mi voz. Y los condujo a la cámara misteriosa. Abrió por sí mismo la puerta de la estancia e invitó a todos a que fueran bajando a contemplar la campana. Los primeros que descendieron a la cripta retrocedieron espantados; el terror se pintó en los semblantes y un grito de horror se escapó de todas las gargantas… En el centro de la sala estaban las cabezas de los quince magnates decapitados, formando círculo perfecto, y en medio de ellas, y pendiendo del techo, la del caballero don Ordas, como si fuera el badajo de la horrorosa y terrible campana. Y los tañidos de la famosa campana, que aún, según la tradición, se escuchan de noche en el antiguo palacio real de Huesca, con sonido congojoso y lejanísimo, recogidos por la leyenda, la literatura y el arte, se han perpetuado a través de los siglos y han llegado hasta nosotros como un eco trágico y espeluznante. (Santos Díaz) [Puedes comentar a esta historia en el formulario del artículo] |
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