HACE POCO menos de un año dejé al entrenador-dios sumido en su particular caída libre. Sin salida, el entrenador-dios estaba —y sigue estando— cada vez más cargado de responsabilidades. Las cuentas no le salen, el agua la tiene al cuello y la camisa oprime cada vez más.
Crujir las neuronas es el único recurso que le queda para llegar a final de mes sin abandonar la vida muelle, cómoda, facilona, que lleva desde siempre.
Su rendimiento escolar nunca fue bueno. Terminó lo que era la educación obligatoria con más pena que gloria. Los libros nunca le atrajeron. Aprovechando que mami o papi politiqueaba se entremetió en el polideportivo del barrio y ahí se encuentra instalado desde hace varios años tras peregrinar por las federaciones recopilando titulitos.
Pero el tiempo, implacable, transcurre para todos. Con la treintena a cuestas no hay ya juventud para correr de un lado a otro tarde tras tarde.
En el numen que da la necesidad ha propuesto alargar los entrenamientos infantiles media hora más. También a los querubines, categoría anterior a los benjamines. Ni ante estos angelitos se detiene; él necesita llegar a final de mes.
Como aval del cambio el entrenador-dios ha pretextado aumentar la calidad de los equipos que dirige. ¡Ja!, como si cantidad y calidad mantuvieran una relación directamente proporcional (sí, la responsabilidad recaerá sobre quien le aprueba).
La secreta idea que le mueve es sumar horas: como cada grupo entrena dos días a la semana, cobrará una hora más semanal por grupo. Eso es más dinerín al final del mes.
Pero ahora hay que impartir esos treinta minutos más a cada grupo… durante 9 ó 10 meses.
Los entrenamientos le suponen un calvario… eterno. El cuerpo, apático, pide a todas horas un lugar donde apoyarse. Al menor descuido el entrenador-dios se acoda sobre una mesa, cuando no se recuesta en ella.
Dirige los entrenamientos de los chavales sentado. Se llena de palabrería vana, hueca, estirando el tiempo, alargándolo, haciendo que el entrenamiento vaya resbalando porque ya no le quedan ideas…, ni recursos…, ni ganas. La media docenilla de titulitos de esos que dan las federaciones, previo pago y 12 ó 15 horas presenciales, no da para más.
Hastiado, en el colmo de la mezquindad, el entrenador-dios ha llegado a adelantar el reloj central cinco minutos, despachando a la gente antes de tiempo. Eso, que tiene nombre, es ser misérrimo.
Lo último ha sido presentarse para impartir actividades que nunca han cuajado en el barrio en el que vive… vegeta, más bien. Si los grupos no salen, trabajará menos horas, y en consecuencia habrá menos dinerín a final de mes. Así que las neuronas puestas a trabajar al unísono le han llevado a los patios de los colegios y seleccionar sus víctimas.
Busca niños con unas características determinadas: esos niños tranquilones, que se mueven desgarbadamente, algunos regordetes, otros bonachones, niños más bien individualistas que nunca hubieran necesitado un grupo, una manada a la que pertenecer y de la que sentirse parte.
Poco le importa que sus intereses vayan contra la naturaleza de estos chicos. El entrenador-dios necesita de esos niños para que la propuesta salga adelante y poder cobrar unas horas más, que juntas harán granero.
Podría ser una labor loable, pero dado que le mueve únicamente un interés crematístico y pancista, una vez logrado el grupo los abandonará a su suerte, dirigiendo los entrenamientos cansinamente sentado en una silla, desde el fondo de la cancha.
24 de octubre de 2008
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(Goethe)














