La mejor tumba es la más sencilla
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EN LAS culturas mediterráneas pesa un fuerte tabú sobre la muerte y los muertos. Está mal visto desearle la muerte a un cabrón, pero se acepta que al ofensor —o al cargante— se le deseen calamidades sin fin. Me dijo en cierta ocasión un buen amigo: “los curas y las monjas no deberían morirse nunca; deberían estar siempre enfermos”.
La sociedad en la que vivimos en esta parte meridional de la Europa más occidental se identifica con el grito de “hay que respetar a los muertos” o se une bajo el más amenazante de “a los muertos ni tocarlos”, logrando así echar tierra no sobre el ataúd del finado, sino sobre su vida por muy tumultuosa que hubiera sido.
Y uno, que se jacta de irreverente —y hasta oficia de ello—, se pregunta que a qué viene tanto interés en callar la verdad, cuando no en amordazarla.
Esconder la verdad, disfrazarla de sofismas y circunloquios, sirve para enterrar los hechos y para ocultar los intereses de quienes sin escrúpulos obtienen un beneficio por haber utilizado en vida al difunto, o por valerse de los muertos, o del propio tabú que existe sobre los difuntos, para transgredir la ley o las normativas existentes.
Cuando muere un deportista enseguida el común se apresta a sepultar con él las miserias que todos los mortales padecemos, elevando al desaparecido a un olimpo en el que nunca hubiera entrado de no ser por el súbito fallecimiento. De repente el muerto era una persona modélica, un dechado de perfecciones tanto en su hogar como con los compañeros.
Con la muerte se difuminan hasta quedar diluidas todo tipo de sospechas sobre turbios asuntos. La condición de cadáver del deportista otorga a su memoria una especie de omni-amnistía.
Insinuar que Antonio Puerta, el sevillista, podría haber estado siendo objeto de un programa de dopaje constituye un crimen de lesa majestad para los forofos/integristas del sevillismo más recalcitrante, que han elevado a un altar a un chaval que no era, ni mucho menos, la octava maravilla futbolera. Y es que en tierras andaluzas las muertes trágicas no se viven como en este Cantábrico mío…
El ambiente que se vivió en la ciudad aquellos días fue tan especialmente truculento que incluso el cura que ofició el funeral se permitió adornarse con la muerte del jugador estando el difunto de cuerpo presente:
El velatorio concluyó con un responso en el que el sacerdote oficiante recordó el ya célebre estribillo del himno del centenario, “sevillista seré hasta la muerte”, para destacar que, para un futbolista, “qué mejor forma de morir que en el terreno de juego”, donde Puerta “daba su vida”.
Y así, el curilla, utilizó al muerto para su lucimiento personal. ¡Hombre!, a mí se me ocurre que la mejor manera de morir para un futbolista es hacerlo de viejo, en la cama, y rodeado de los suyos. Aquí, en el norte, a ningún cura se le hubiera ocurrido semejante disparate porque alguien le hubiera contestado allí mismo que qué mejor manera de morir para un cura que flagelado, clavado y asfixiado en una cruz.
De alguna manera la muerte diferencia a las culturas.
No recuerdo dónde he leído que al futbolista no se le hizo la autopsia (cosa que me cuesta creer). Lo que no me extrañaría es que se hubiera silenciado cualquier dato que hubiera dejado la memoria del deportista a la altura del betún. Si estoy en lo cierto, y dentro de un tiempo llega a descubrirse, nos dirán aquello de “no estaba el horno para bollos”. Si no había nada que ocultar, ¿por qué no se ha despachado este asunto con luz y taquígrafos? (la frase es del periodista José María García).
En lugar de investigar, de esclarecer, de atar cabos y desenmarañar la madeja, en nuestra cultura se prefiere no mencionar las debilidades del finado, aunque con ello se continúen permitiendo situaciones que deberían ponerse en conocimiento del juzgado más cercano.

Hace ahora dos años murió Jesús Rollán —que fuera portero de la selección de waterpolo de la federación española de natación—. Se apuntó en primera instancia el suicidio como causa de la muerte, pero acto seguido se corrió un velo quizá por los motivos explicados en el enlace.
En la siguiente noticia se evita mencionar el motivo de la muerte del deportista: «Jesús Rollán, el espíritu del waterpolo español». Pero sí ofrecen un dato recubierto de una pátina de humanidad que desvela el trato de favor y el dinero que nos está costando a todos esta historia del deporte internacional y la supuesta representación del país que hacen los deportistas de elite.
Desde el pasado octubre, debido a problemas personales, como la separación de su mujer, seguía un costoso tratamiento (Tutoría de Deportistas) sufragado por el Comité Olímpico Español, al que accedió tras solicitar ayuda al presidente del COE. “Manel Estiarte, Chiqui Sans y yo hablamos de ver la manera de ayudarle”, declaró Rafael Blanco, director general del Consejo Superior de Deportes (CSD) y ex presidente de la federación española de natación.
[ [ Evite el lector confundir en una primera lectura a Rafael Blanco, director general del CSD, con Alejandro Blanco, presidente del COE ] ]
No entiendo cómo es posible que haya un fondo de reptiles destinado a ayudar en su vida personal a los deportistas de elite una vez que abandonan su etapa deportiva. No existe para ningún otro sector de la población una dotación de dinero público destinada a tal fin (las pensiones por jubilación no son un fondo oculto).
Nos salen muy caras las medallas olímpicas. Medallas que no elevan a España en ningún foro internacional, y que poseen un valor efímero salvo para quienes las consiguen. Una cosa es que existan becas y ayudas a los deportistas para ultimar su preparación, y otra muy distinta que se confunda al gobierno con una ONG.
Si la especificidad del deporte supone que el deporte de elite no debe ser intervenido por los Estados —doctrina con la que estoy de acuerdo—, se debe mantener ese criterio y no beneficiar a personas concretas con el dinero de los impuestos que todos pagamos.
El que sólo unos españoles puedan acudir a centros privados para aliviar sus dolencias con buena parte del dinero con el que contribuimos a la marcha del Estado me parece de un exclusivismo irritante y criticable. Cuando un trabajador español se encuentra enfermo, sea física o mentalmente, acude a la Seguridad Social que sufragamos entre todos.
Jesús Rollán estaba siendo beneficiario de un costoso tratamiento gracias al dinero de los contribuyentes, quienes a pesar de pagarlo no tienen acceso a clínicas privadas ni a tratamientos avanzados. Sus problemas personales estaban siendo costeados por el Erario público a través del COE, organismo privado que percibe del Estado pingües subvenciones (relean con calma la última frase del texto extractado).
Me parece una grandísima falta de solidaridad para con quienes quizá no se hayan dejado la piel en la cancha de juego pero sí se dejan la salud trabajando por la noche o madrugando a horas intempestivas, prestando sus servicios en fábricas o en minas insalubres, subiéndose a andamios o conduciendo maquinarias en las heladas mañanas del invierno, y cargando y desplazando pesos que les dejan los músculos tan machacados como a estos sibaritas del deporte de elite.
Sé que los muertos no hablan, pero yo no voy a dejar de hablar de los muertos por el mero hecho de que estén muertos. Máxime si con su muerte se pueden descubrir injusticias con los trabajadores o escándalos de dopaje.
Nota: el título de este artículo es una conocida frase de Platón.
11 de marzo de 2008
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