—bitácora cáustica e irreverente de un descreído del deporte—

 Apocalipsis energético y deporte

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JULIO VERNE es uno de mis escritores favoritos, y sospecho que lo es también de miles de jóvenes tan carrozas como yo. El padre de la Ciencia Ficción combinó como nadie había hecho hasta entonces las aventuras, la ciencia y ese sentimiento de superación que define a nuestra especie y que quizá sea el motivo de nuestra extinción, habida cuenta de la situación en que tenemos a nuestro planeta.

Artículo escrito —tarde— para el Blog Action Day 2007

(¿Por qué no pondrán una semana de margen para este tipo de acciones?)

Además de los méritos visionarios por todos conocidos, Julio Verne predice en algunas de sus novelas menos difundidas el ascenso en Europa de las dictaduras habidas en el siglo XX, el uso de Internet o el fin —y el renacer— del ser humano. Aunque a decir verdad esto último aún no se ha cumplido, llevamos camino de satisfacer la mente adelantada de este francés eminente.

En la novela corta “El eterno Adán” la crecida del nivel de las aguas marinas arrasa nuestro planeta dejando con vida a una treintena de seres humanos (en realidad Verne hunde los continentes). Esa inundación universal no es futuro sino presente paulatino, y la responsable es nuestra especie humana.

Julio Verne vivió en una época en la que la ciencia y la tecnología aparecían como compañeras imparables. El hombre, como nuevo dueño del planeta, quiso encontrar sus límites. Se generó un culto a la velocidad, el cual encontramos implícito en sus novelas. Sus ingenios mecánicos están concebidos para atravesar océanos, surcar espacios y cruzar territorios en el menor tiempo posible.

Ese culto a la velocidad de los artefactos mecánicos de aquellos tiempos ha perdurado hasta nuestros días, y son legión los aficionados que se dejan arrastrar por su pasión: los llamados deportes de motor.

Con la popularización del automóvil —otro hito previsto por Julio Verne—, el aumento de la velocidad en estos artilugios ha sido el motor que ha dinamizado la industria del sector durante todo el siglo pasado, a pesar de las limitaciones de velocidad que encontramos en las carreteras convencionales.

Los políticos supieron ver semejante incongruencia —aunque tarde, como siempre—; se ha prohibido la publicidad en que se hace alusión a la velocidad del vehículo; ahora los fabricantes canalizan sus esfuerzos en mejorar el confort y la seguridad de los coches.

Desde hace poco en los comerciales de automóviles se incide en el bajo consumo del vehículo ofertado, lo que parece apuntar a una toma de conciencia de la industria automovilística —una de las más poderosas de nuestro sistema económico— sobre la importancia del ahorro energético.

Sin embargo, en toda esta toma de conciencia mundial me llama la atención el derroche energético que suponen las competiciones de velocidad en vehículos de tracción mecánica. Consumo de energía que solo induce a seguir gastando más energía absurdamente.

Así, a bote pronto, y sin tener afición a los deportes de motor, he recogido un nutrido ramillete de pruebas deportivas en las que el derroche energético debería ser estudiado y limitado.

Cualquiera tiene presente la fórmula uno y las carreras del mundial de motociclismo en sus diferentes cilindradas. Pero recordemos que los pilotos van siendo seleccionados desde muy jóvenes, y asistimos a innumerables carreras de karts y ciclomotores en cada rincón de Europa. Y añadamos a una competición de reciente creación, el A1 Grand Prix, otras fórmulas como la 3.000, la F3 o la GP2.

Pero en los circuitos se celebran también pruebas de turismos en múltiples versiones (prácticamente cada marca tiene la suya) y de camiones. Y ya que hablo de los circuitos, deberíamos incluir también el gasto energético extra que hacen los aficionados cuando alquilan estas instalaciones para tener sus propias vivencias.

No olvido el campeonato mundial de ralis, al que hay que sumar el sinfín de pruebas valederas para los campeonatos nacionales y regionales de esta modalidad en los países industrializados. Las subidas de montaña son otra de las especialidades en las que el consumo energético es elevado. Y no olvidemos los autocross, esa disciplina semejante al motocross pero en vehículo de cuatro ruedas.

Aprovecho para recordar los 1.001 campeonatos existentes de motocross, enduro, o trial en sus versiones indoor y outdoor, aunque en esta última especialidad siempre me ha parecido que el gasto energético no se dispara habida cuenta de que la velocidad no es tan determinante como la pericia. Recuerdo ahora que en los circuitos campestres también asistimos a las pruebas de 4×4.

En algunos países son muy populares las competiciones de motos sobre hielo y sobre una superficie de cenizas. El lector recordará sin duda esas imágenes en las que los motoristas circulan en permanente derrape por un anillo en el que toman la salida de cuatro en cuatro.

En los USA nos encontramos con modalidades automovilísticas que tienen un seguimiento masivo por parte del aficionado, quien a buen seguro participará en una rueda interminable de modalidades menores con la pretensión de imitar a sus ídolos y, quien sabe, llegar a superarlos.

Me estoy refiriendo a la NASCAR, a la Indy Racing, a la Champ Car, y a todas las series de competiciones de motor a las que ese pueblo es tan aficionado.

Entre ellas, con un consumo de energía especialmente alto, los campeonatos de dragster, esas máquinas que tan sólo están en pista durante cuatro o cinco segundos, y cuyos pilotos soportan una aceleración que nos dejaría groguis a la mayoría de los mortales sin la preparación adecuada.

Añado de paso un cúmulo interminable de exhibiciones y de saltos con esos big-foot cuyas ruedas llegan a ser más altas que un hombre corpulento.

Y no voy a obviar los constantes intentos de batir los récords mundiales de velocidad terrestre: en vehículo de cuatro ruedas, en vehículo de dos ruedas y con motor de gasóleo. Estas pruebas tienen lugar en un mítico lago salado con tal extensión de superficie como para garantizar la seguridad del piloto en caso de pérdida del control del vehículo. En la categoría libre se han sobrepasado con creces los mil kilómetros por hora.

La vanidad del hombre, una vez alcanzada esa cota de velocidad, le lleva a intentar batir el récord aunque se computen tan solo unas décimas más. Y no piensen que llegan, corren y se van, no. El intento de batir el récord es un trabajo de semanas con pruebas y más pruebas. Y mejor no hablar de los combustibles empleados.

No olvido tampoco las carreras de motonáutica; desde las pruebas de motos acuáticas, en las que existe un reguero de participantes en el concierto mundial, hasta las pruebas reservadas a millonarios con máquinas tan potentes que prácticamente están más tiempo en el aire que tocando el agua.

Ni tampoco olvido pruebas aéreas como la que patrocina con insistencia la bebida que te da alas. Además de esta prueba de habilidad aérea existen carreras de avionetas al uso, es decir, ver quien llega antes desde un punto dado hasta otro separados la distancia conveniente como para que una carrera en los cielos tenga sentido.

Si tenemos en cuenta que los vehículos de competición no funcionan con la gasolina que nos despachan en el surtidor más cercano, nos haremos una idea aproximada de la energía inútil que en aras del deporte se derrocha año tras año. El consumo energético no solo ocurre los días de competición; pensemos también en los entrenamientos y en las pruebas de prototipos que tienen lugar durante todo el año.

¿Con qué fuerza moral pueden los Ministerios de Industria o de Medio Ambiente y las instituciones internacionales recomendarnos moderar nuestro gasto energético diario como usuarios de a pie cuando los gobiernos permiten todas estas pruebas deportivas, e incluso las auspician, y aplauden a los campeones?

Porque, repito, todo este derroche energético en el mundo del deporte solo produce más consumo inútil de energía. ¿Debería sonar la hora de los deportes de motor? Tal vez el futuro del planeta agradecería que el mundo del deporte fuera más consciente del medio ambiente en el que surgió.

19 de octubre de 2007

“Toda palabra dicha despierta una idea contraria” (Goethe)
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 Alta definición (HD)

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Colaboración especial para Voz Editorial

Ya no hay quien pueda evitar las nuevas tecnologías (NNTT): teléfonos móviles, Internet, DVD, televisión digital. Ni otras que parece que llevan aquí mucho tiempo pero que son ciertamente recientes: vídeo, fax, CD, mandos a distancia. Y éstas son sólo tecnologías que permiten la grabación, reproducción, edición y distribución de información.

Hay aparatos que integran diferentes usos. En realidad uno puede imaginar casi cualquier cosa que seguro que ya existe.

La información está ahí para quien sepa usarla. Y quien no sabe cómo gestionarla está dejando constantemente información para quien quiera extraerla. Enviar un correo-e ya supone enviar mucha información a quien lo recibe. Al entrar en una bitácora quedan registrados incluso parámetros como el navegador y o el sistema operativo utilizado.

Almacenar y modificar texto, sonido e imagen está al alcance de un niño con un escáner, una grabadora digital o una cámara de fotos digital. Grabar imagen en movimiento también es sencillo y está al alcance de mucha gente con una videocámara digital.

Existen cámaras de éstas por todos los sitios. Sabemos que en los cajeros automáticos se recoge durante 24 horas al día todo movimiento en torno a ese punto. Webcams las hay prácticamente por todos los sitios con la disculpa del turismo o del tráfico.

Incluso se han atrapado delincuentes utilizando las grabaciones recogidas por estos artefactos, que solamente estaban ahí, grabando rutinariamente todo lo que circulaba por su radio de visión.

Puede parecer extraño que en deporte profesional, un sector económico que mueve anualmente brutales cantidades de dinero, las NNTT no se utilicen más a menudo.

Pero a poco que uno se ponga a pensar se da cuenta de que la ciencia y la tecnología están ya al servicio del deporte profesional. Y no sólo buscando el elixir que no dé positivo en un control antidopaje.

Esos trajes de piel de tiburón que hacen que los nadadores batan plusmarcas. O esos túneles de viento que ayudan a los ciclistas a encontrar una mejor posición aerodinámica y a los diseñadores a crear cascos tan raros como efectivos. O esos cinemómetros que obtienen la velocidad a la que un tenista o un pitcher lanzan una bola.

Seguro que quien se asome a leer estos renglones encuentra cientos de aplicaciones científicas y tecnológicas en el mundo del deporte. Desde el Dakar —donde el GPS es un medio de supervivencia— a las San Silvestres —donde quien más quien menos lleva un pulsómetro— durante todo el año la I+D+I está al servicio del deporte profesional.

Los encuentros deportivos profesionales quedan registrados desde varios ángulos en cámaras en las que tanto los propios organizadores como las mismas federaciones internacionales guardan celosamente el tesoro de los derechos de imagen.

Esas cámaras de televisión están también al servicio del patito feo del deporte de competición, el arbitraje.

En fútbol americano NFL el head coach de un equipo puede retar —challenge— al árbitro lanzando un pañuelo rojo al campo. El árbitro está obligado a revisar la jugada por televisión. Y verá las mismas imágenes que están viendo los telespectadores en sus casas.

En tenis ATP pasa ya otro tanto. Un jugador puede pedir la revisión de un bote de la pelota —fuera o dentro—. Se acabaron las protestas. Si no se pide revisión es que no se está seguro o no merece la pena arriesgar.

En rugby IRB ya ningún árbitro tiene empacho en pedir al juez de televisión —que así se llama el compañero que le asiste— que visione si el ensayo ha sido válido o no.

En prácticamente todos los deportes de equipo las imágenes de televisión sirven a los comités de competición para averiguar qué ha pasado en el campo y castigar a quienes vulneran las reglas cuando el árbitro no les ve.

No se trata de rearbitrar un partido. El resultado debe ser inamovible una vez finalizado el encuentro. Se trata de utilizar las NNTT para eliminar la injusticia. Lo mismo que haría un juez de cualquier Tribunal si le presentaran las imágenes obtenidas desde la cámara de una estación de metro.

La reticencia del mundo del fútbol a administrar justicia de esta forma retuerce las situaciones hasta convertirlas en estrambóticas, esperpénticas y estúpidas. Como la ocurrida en el campeonato del mundo del año pasado en Alemania.

Un francés tumbó a un rival italiano asestándole un cabezazo en mitad del pecho. El estadio entero estaba viendo las imágenes repetidas por las pantallas gigantes colocadas sobre las gradas. El mundo entero estaba viendo por televisión la embestida una y otra vez. Y todavía se dudaba de si el cuarto árbitro había visto la salvaje acción en el momento de producirse o si se estaba dejando guiar por lo que todo el mundo —y nunca mejor dicho— estaba viendo gracias a las NNTT.

Hace unos días un señorito de estos del fútbol, uno de esos que ganan millones jugando a lo que le gusta, le propinó a un rival italiano un tremendo puñetazo en la nariz cuando el partido ya había finalizado.

Aquí debajo está inmortalizado el cobarde momento.

¿Sancionarán? ¿No sancionarán? ¿Lo vio el árbitro? ¿Y el cuarto árbitro? ¿Qué dirá el acta? ¿Se puede sancionar a un jugador por lo que hace cuando el partido ya ha finalizado?

¿Deberían actuar de oficio los jueces del mundo real —el del fútbol es un mundo irreal—? ¿Qué ocurriría si esto sucede en plena Plaza Mayor de cualquier ciudad? ¿Tendrán que denunciar los italianos al jugador español? ¿Por qué últimamente siempre cobran los italianos cuando no hace tanto eran los que repartían estopa?

¿Se dejará guiar el comité de competición por las NNTT? Y si lo hacen, ¿por qué no revisar todo los partidos UEFA a instancias de parte? ¿Por qué no sancionar los piscinazos una vez finalizado el partido utilizando las NNTT? ¿Por qué no castigar las entradas duras con la sanción que realmente merecen cuando en el encuentro deportivo el hecho ha quedado impune?

¿Para qué quiere tanto dinero la UEFA? ¿Por qué no imitan a otras grandes ligas e invierten parte de sus beneficios en lograr un deporte más sano? ¿Será el deporte rey el último en utilizar las imágenes de alta definición para impartir justicia y terminar con las trampas y la desvergüenza que cuenta cada vez con mayor número de adeptos?

(Y como dice el compa de Cago en tó —otro descreído más—: “Me he quedado a gusto…”. Yo también, pero volviendo a escribir un artículo de mil y pico palabras).

13 de marzo de 2007

Actualización del 14 de marzo de 2007 a las 15:35 horas

Bien por la UEFA, que ha sancionado duramente a David Navarro por su salvaje acción: ver noticia en El Mundo; ver noticia en El País.

¿Bien por la UEFA…? ¿Quién es David Navarro? Posiblemente un don nadie en el fútbol europeo. Sin embargo por una acción similar al super-mega-astro Zinedine Zidane la FIFA le sancionó tibiamente. ¿Es esto administrar justicia? Pregunto.

“Toda palabra dicha despierta una idea contraria” (Goethe)
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 La imaginación al deporte

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¡Damas y caballeros, con todos ustedes… el SLAMBALL! (en el enlace propuesto se ofrecen vídeos).

El slamball es una nueva versión deportiva que pretende reunir modalidades tan conocidas como el baloncesto, el fútbol americano y el hockey sobre hielo. Con estos ingredientes ya se imaginarán todos ustedes que la criatura nació en los USA.

El slamball puede ser divertido de practicar, aunque una de las premisas de su creación fue lograr una actividad físicamente exigente.

En España podríamos inventarnos alguna mixtura entre los bolos, los toros, la rana y algo de lucha autóctona. Pero sería menos atractivo.

El slamball representa un viejo sueño para algunas mentes creativas, sueño que últimamente parece que alguien está interesado en reverdecer.

Hace relativamente pocos años, digamos cien, surgieron diferentes modalidades deportivas que rápidamente llegaron a los corazones de los ciudadanos (habitantes de las ciudades).

Algunas de estas modalidades fueron literalmente inventadas. Es decir, no fueron codificaciones de reglas de las actividades y juegos que venían desarrollándose desde la Edad Media. El baloncesto vendría a ser el paradigma de esos deportes artificiales. El fútbol y el rugby representarían a las modalidades seculares, con arraigo entre la población.

Los deportes surgidos desde una mesa de diseño corrieron diferentes suertes. Muchos desaparecieron y otros quedaron reducidos a la esfera de los juegos, sin superar esa barrera que supone acceder al estatus de deporte.

La llegada de los llamados deportes californianos, en los que no existe la competición pura sino que prima la diversión que proporciona el esfuerzo físico individual —deportes como el parapente, el windsurf, o el freesbee, por mencionar uno por cada medio (aéreo, acuático y terrestre)—, volvió a poner sobre el tapete la creación artificial de deportes.

La ilusión de inventar una nueva modalidad deportiva sobre la que no sería posible exigir royalties pero que sí llevaría aparejada toda una industria rentable para el primero que se sitúe en el mercado —como es el caso de los deportes urbanos (el skateboarding a la cabeza de ellos)— es posiblemente lo que ha hecho que alguien cree el slamball.

La industria del cine participa de esta forma de lograr el sueño americano [hacerse rico de la noche a la mañana]. Hace años nos ofrecieron desde Hollywood la película de corte futurista Rollerball (1975) —de la que ya existe un remake (2002)—. La acción giraba en torno a un deporte sangriento en el que se combinaban en una pista circular la persecución tras moto de los velódromos y un deporte que en la década de los 70 creaba furor en los USA y los países de su ámbito de influencia —Norteamérica y el Caribe— y que llegué a conocer bajo el nombre de rollacción.

El cine hollywoodiense nos ha regalado recientemente dos bodrios en los que la trama gira otra vez en torno a este mito. Lamento no recordar los títulos de las dos cintas, pero mi memoria —posiblemente debido a la edad— se está volviendo selectiva y no almacena nada de aquello que quiere olvidar.

En el primero de los filmes un grupo de chicos habían inventado en el patio de su casa un deporte que mezclaba los tiros libres del baloncesto con el béisbol (y posiblemente algo más). Los jóvenes lograban popularidad y su deporte se retransmitía por las cadenas televisivas más populares en prime time, y —detalle importante— se hacían ricos con la creación de la federación internacional de esta modalidad (tampoco recuerdo el nombre que le dieron).

El segundo largometraje presentaba como deporte de masas un juego del que se disfruta en todos los patios escolares. Dos equipos se enfrentan entre sí a un lado y otro de la cancha, debiendo eliminar a sus antagonistas quemándoles con el balón, es decir, lanzando el balón de forma que éste toque el cuerpo del jugador rival.

En esta película los partidos eran retransmitidos urbi et orbi, participaban equipos de diferentes nacionalidades, y existía una oscura lucha por convertirse en el mejor club del país.

El slamball tampoco superará la categoría de anécdota, pero de tanto ir a la fuente algún día alguien dará en el clavo y alumbraremos una nueva modalidad que llenará nuestros días de tedio y hará palpitar nuestro corazoncito deportivo con nuestra selección preferida.

¿Se atreve alguien de ustedes a diseñar el juego del siglo XXI? Los beneficios económicos apuntan a ser elevados.

12 de enero de 2007

Actualización a las 18:25 del 13 de enero de 2007

 Los peligros del Slamball casero.

“Toda palabra dicha despierta una idea contraria” (Goethe)
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