Qué locura

10
 http://www.agujadebitacora.com/2007/02/que-locura/trackback/

El mundo del deporte ha enloquecido. Está por encima de la política y de las Administraciones, haciendo que ambas vayan tras los resultados y los movimientos deportivos.

Algunas organizaciones —COI, FIFA, UEFA— se sientan a la mesa a negociar con los Gobiernos y con organizaciones supranacionales como la Unión Europea.

Las cifras de algunos equipos, y también de algunos deportistas, superan los presupuestos anuales de las ciudades en las que viven. Cuentan que incluso superan el PIB de algunos países.

Recientemente en Italia ha muerto un policía en el ejercicio de sus funciones como consecuencia de una trifulca entre bandas de hinchas rivales.

Esta semana en la mundialista Alemania otra batalla campal se ha saldado con 36 policías heridos como consecuencia de un partido de liga regional.

Los curas del Vaticano se asomaron al balcón de San Pedro tímidamente para dejar caer la breva de si sería factible un equipo de esta ciudad-estado en la liga italiana.

Si los grandes magnates andan a la compra de equipos ingleses, por qué no la Iglesia va a invertir en lo que son ganancias garantizadas a medio plazo. Ya son accionistas de varias empresas que cotizan en Bolsa, con lo que la aventura futbolera no les va a echar para atrás.

Algunos equipos de fútbol también han salido al parqué bursátil a cotizar. Lo que empezó como un pasatiempo universitario para explayarse entre libro y libro está comiéndose el mercado internacional.

Y cuando digo el mercado me refiero a todo el mercado. No sólo a las empresas de material deportivo —ropa, equipamientos, estructuras—, sino que todo el mundo del dinero se ha fijado en el deporte espectáculo-profesional para hacer negocio.

Desde inmobiliarias y constructoras hasta bancos e hidroeléctricas pasando por petroleras y empresas de telefonía. Los patrocinios llegan incluso a comprar el nombre de ligas nacionales y de estadios emblemáticos.

Pero todo lo que sube tiene que bajar algún día. No es viable una expansión constante. El mercado de la publicidad entrará en una fase de recesión cuando se den cuenta de que más impactos publicitarios no es proporcionalmente igual a más ventas (¿o sí? ¿seremos tan manipulables?).

Llegarán las decepciones y las incomprensiones. Tal vez entonces los gobiernos se den cuenta de que se han sentado a la mesa con señores que no tenían mayor interés que el de las monedas que podrían añadir a su ya colmada bolsa.

  • Alentaron altercados exaltando a las aficiones, en lugar de ocuparse en hacer ver que esto no es más que un juego.
  • Avivaron la polémica manteniendo la labor arbitral por debajo de los mínimos exigibles en el deporte profesional, en lugar de presentar el deporte como un mero espectáculo.
  • Enfrentaron a naciones y nacionalismos en absurdos campeonatos del mundo, en lugar de evitar la confrontación de sentimientos patrióticos, donde siempre alguien saldrá derrotado. Se atrevieron a tildar la competición de guerra incruenta…

Los poderes públicos no encontrarán rastro de todo aquel marco en el que se encuadraban labores de promoción, sociabilización, integración, participación, educación y tantos otros verbos sustantivados. Todo eso no es más que un falso y bonito envoltorio cuando pretende aplicase al deporte de competición.

La competición engendra tensiones, trampas, coacción, disgustos, violencia, e incluso la lucha entre los integrantes del propio equipo. Y eso es con lo que les estamos regalando a nuestros hijos en la creencia de que el mundo es competitivo.

No creo en un futuro basado en la competición sin haberles enseñado antes los valores de la colaboración y de la cooperación.

16 de febrero de 2007

“Toda palabra dicha despierta una idea contraria” (Goethe)
Deja tu opinión

 Los malditos ismos

8
 http://www.agujadebitacora.com/2007/02/los-malditos-ismos/trackback/
|

La conversación que resumo a continuación tuvo lugar en El Abrevadero, lugar de esparcimiento en el que ubiqué mi artículo-cuento del pasado 30 de enero con permiso —y regocijo— de su propietario.

Algunas de las charlas que tienen como marco este acogedor pub decorado con motivos celtas deberían figurar en el boletín de actas del parlamento regional, habida cuenta de que son más sesudas —y más educadas— que muchos debates parlamentarios. En El Abrevadero se argumenta y se contraponen pareceres, pero no se discute. Esa es su aura.

No recuerdo el comienzo de la charla. Seguramente con algún comentario en voz alta de un parroquiano que leía la prensa.

La conversación giró por algún motivo hacia los orígenes del deporte. Y unos y otros aportaron a la reconstrucción de los primeros encuentros de fútbol, cuando apenas existían clubes.

Aquí, en la España del norte, es relativamente sencillo encontrar una pradera de las dimensiones adecuadas, aunque la orografía lleva los terrenos llanos a las zonas más bajas de los valles, cercanos a las riberas de nuestros ríos.

Alguien con iniciativa —algo totalmente prohibido en los días actuales salvo que se cuente con carné— contactaría con otro club o un grupo de entusiastas del novísimo fútbol, ese juego que llegaba para desplazar actividades tradicionales —y ancestrales— como los bolos o la pelota.

Quizá un grupo de mozos retarían, costillada de por medio, a los de un pueblo vecino en la tarde de un domingo, después de cumplir con los curas y con el ganado.

Aquellos que no jugaban, en lugar de quedarse en la aldea a escuchar los cuentos de los mayores, preferían acercarse al improvisado campo de juego y ver como evolucionaban los jóvenes sobre el tapiz de hierba natural.

Se escaparían palabras de ánimo para los parientes —en uno de aquellos pueblos más de la mitad de la población eran familia— que intentaban superar a los vecinos del siguiente valle.

A buen seguro que detrás de una de las porterías ya se estarían atizando las brasas de una improvisada parrilla.

Poco a poco ese entusiasmo, muy típico de finales del siglo XIX y principios del siglo XX —en contraposición a esta apatía típica del siglo XXI—, iría ampliando sus fronteras.

Alguien se apercibió de que para ganar a los equipos rivales había que jugar conjuntados. Eso exigía entrenar para perfeccionarse. El ganar se convirtió en un objetivo que desplazó a la mera diversión.

Ya se había introducido en el fútbol el primero de los malditos “ismos”: el localismo. Los héroes locales serían jaleados en la victoria por sus convecinos.

Y llegaron las asociaciones de jugadores procurando reunir un ramillete con los mejores. En cualquier actividad humana siempre hay quien no se contenta con lo que tiene y aspira, muy lícitamente por cierto, a mejorar su capacidad y su rendimiento.

Surgieron las elites, esos jugadores que todos los conjuntos se disputarían por su calidad innata o adquirida.

La devoción al pueblo, barrio, ciudad o club haría difícil que esas elites abandonaran sus orígenes. Pero ya en aquellos años había algo que podía tentar a cualquiera a vencer el localismo: el dinero.

Así nacería el deportista profesional. Ahora había una casta de nuevos traidores que vendían sus servicios por treinta monedas al pueblo o club rival. No es de extrañar que los profesionales estuvieran mal vistos en los orígenes del deporte.

Entrado ya el siglo XX las asociaciones de jugadores crecieron y llegaron a disponer de un patrimonio económico propio.

Se crearon las ligas y las federaciones, siguiendo siempre criterios territoriales. Alcanzamos entonces el segundo de los malditos “ismos”: el nacionalismo, en sus variantes regional y nacional.

La fiebre del fútbol, deporte que en la Europa de entreguerras levantó pasiones, corrió de los valles a las mesetas por todo el Viejo Continente. En 1934 se jugó el segundo campeonato mundial de fútbol, el primero que se celebraba en Europa.

La Italia del Duce fue el escenario del primer apaño deportivo a escala mundial con fines nacionalistas. A falta de pruebas contundentes sí parece que existen serias evidencias sobre las maquinaciones políticas para que los anfitriones se alzaran con el título.

Dejaré a los siempre inteligentes lectores que puedan haber llegado a este punto de la disertación el resto de la historia.

Las asociaciones territoriales, localismos en primera instancia, dieron lugar a las federaciones, y éstas se ampararon en los nacionalismos para crecer, con el beneplácito de los gobiernos y los vítores de los compatriotas.

Y yo me pregunto qué habría pasado si en el principio, en lugar de asociarse territorialmente, los jugadores se hubieran asociado gremialmente. Hubiéramos tenido encuentros entre carniceros y fontaneros, entre pasteleros y mecánicos, entre taxistas y sanitarios, entre maestros y canteros.

Quizá nunca se hubieran producido muertes vergonzosas en el entorno del fútbol. Los gremios no levantan pasiones como lo hacen los malditos “ismos”.

• El Ministro del Interior italiano confirma que el policía murió tras recibir un golpe en el abdomen

6 de febrero de 2007

“Toda palabra dicha despierta una idea contraria” (Goethe)
Deja tu opinión

 La apuesta

4
 http://www.agujadebitacora.com/2007/01/la-apuesta/trackback/

Colaboración especial para Voz Editorial

CUENTO

Jolín que discusión tuve anoche con un parroquiano en la taberna de la calle de abajo.

¡Quién me mandará a mi tomar una cerveza en El Abrevadero cuando la tengo, y más barata, en mi casa!

Y todo porque uno tiene esa vena bloguera que te hace decir lo que piensas en cualquier momento y lugar.

No, no se hablaba ayer de fútbol en El Abrevadero. Ni siquiera se hablaba de deporte. Se hablaba de política.

Pero no me entiendas mal. No se hablaba de siglas concretas, ni de nombres propios. La conversación giraba en torno a lo que llamaríamos estrategias de Estado.

Alguien comentó —sí, lo sé, El Abrevadero no es el estrado de ningún parlamento (ese fue mi error)— que la Constitución era el árbitro de la democracia.

(Sigue, sigue leyendo por favor, que en esta bitácora todavía se habla de asuntos deportivos, pero todo necesita de un preámbulo).

Bueno, como metáfora no estaba nada mal decir que la Constitución es el árbitro de la democracia. Aunque supongo que hubiera sido más propio decir que es el reglamento, ya que es un código escrito. Pero los parroquianos de El Abrevadero no se distinguen por su sutileza.

Como la cosa prometía, cogí el pequeño bol de cacahuetes que estaba sobre la barra y mi cerveza negra y me busqué una ubicación mejor. (Debió de notarse mi gesto).

Aquel hombre estaba diciendo que los preceptos de la Constitución deben respetarse por encima de cualquier otra causa. Lo cual me recordó alguna conversación bitacoril que se ha mantenido aquí sobre justicia y legalidad. Pero por el momento supe morderme la lengua.

Volví a perderme el hilo de la conversación por atender a mis reflexiones, y cuando me desensoñé el tipo de la gorra de béisbol estaba diciendo algo sobre asociaciones ilícitas.

Pelé otro cacahuete y bebí un sorbito de cerveza fresquita (hasta en invierno la cerveza nos gusta fría, no como a esos ingleses con su cerveza tibia).

El de la gorra dijo que en un estado democrático todas las asociaciones debían regirse por principios democráticos para su funcionamiento. Y que las que así no funcionen deben ser disueltas.

Juraría que no fui consciente de que estaba hablando en alto si no fuera porque no creo en el valor de los juramentos.

Tan sólo dije que deberían disolver a todos los clubes de fútbol. Tal vez hubiera sido mejor que hubiera mencionado otro deporte; quizá el baloncesto o el rugby. Pero la mezcla de fútbol y política es explosiva para cualquier asiduo de El Abrevadero.

— ¡Oye, chaval! Que sepas que para hablar aquí has de saber lo que dices.

Aunque generalmente peino más canas que mis interlocutores me sigue haciendo una gracia particular que me llamen chaval cuando soy manifiestamente mayor que ellos. Me gusta y me disgusta a la vez. Me agrada porque de alguna manera halaga mi vanidad. Me ofende porque de alguna manera demuestra una falta de respeto.

— Lo que digo lo mantengo —me oí decir—. Y si puedes has de rebartírmelo o si no pagar una ronda a todos los que estamos aquí.

Miré entonces mi jarra y fue cuando advertí que estaba vacía. ¿Me encontraría ya bajo los efectos del alcohol?

El tipo hizo el ademán de escupir hacia un lado sin quitarme la vista de encima —no llegó a escupir porque los clientes de El Abrevadero pueden ser muy brutos, pero no son cerdos.

— Pues venga esa explicación. Pero ha de satisfacernos a todos.

Despreocupadamente comencé mi explicación. Muy despreocupadamente, pues nadie había formulado la contra-apuesta. Y eran unas ocho jarras las que habría de pagar aquel hombre si no podía rebatirme. Pero los doce o quince euros de la ronda no es lo grave. Lo peor es la cancioncita que te dedican durante al menos una semana cuando apareces por allí tras haber convidado a una ronda por perder una apuesta.

— A un equipo de fútbol —y dale con no querer generalizar— es imposible que se le exijan principios democráticos aún estando dentro del orden constitucional. Es más, si así fuera no funcionaría. Un equipo de fútbol es lo más parecido que hay a una dictadura. Hay un tipo que manda, el entrenador, y todos los demás obedecen. Y al que no obedezca se le castiga sin jugar. E incluso está bien visto que se le corrija mediante castigos físicos. Ahí tienes una organización que estando amparada por la Constitución se rige dictatorialmente.

El tipo cerró el ojo que adelantó hacia mí, como señalándome.

— Pero yo soy socio del club de fútbol del pueblo y tengo derecho a votar en las asambleas. El club se rige por principios democráticos.

—El club se regirá por principios democráticos, pero el equipo se rige por el principio del mando, ordeno y hago saber. Y yo he estado hablando siempre de un equipo de fútbol, no de un club.

— ¡A pagar, Jeremías! —dictó sentencia el coro de parroquianos.

• Capello y Beckham: ¿Un caso de mobbing?

30 de enero de 2007

“Toda palabra dicha despierta una idea contraria” (Goethe)
Deja tu opinión

ADHESIONES
 Mejor con Firefox