Sodoma y Gomorra

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JUAN PUÑETAS abogaba días atrás en su bitácora Por el Arco del Triunfo por respetar la presunción de inocencia de los deportistas que se dopan y, sobre todo, de los que no se dopan (desde mi punto de vista, de los que aún no han sido cazados).

A fe que tiene razón en defender los derechos individuales de las personas, nos sean gratas o molestas.

Son de obligada lectura sus dos artículos que dejo enlazados aquí abajo para que el respetable pueda juzgarlos en toda su extensión:

Servidor, que tiene peor paladar que el Puñetas, ya no se fía de nada ni de nadie. Y si para muestra vale un botón, aquí tienen la lagrimita de la Marion Jones (se accede a la noticia desde el enlace que proporciono en mi otra bitácora deportiva, “De tertulia”).

Encima no se nos aclara si después de tan doloroso gesto de arrepentimiento y tan glorioso acto de contrición, la Jones devolverá los millones que se ha embolsado tan fraudulentamente.

A uno, que está más cerca de llegar a los cincuenta que a los cuarenta —porque a los cuarenta ya no vuelvo— y que fue víctima de aquella educación vertical en la que la religión estaba omnipresente, el panegírico del Puñetas le ha traído a la memoria aquella historia de Abraham.

Dado que tengo un dedo roto y me está costando escribir, ahorraré a los sufridos lectores de esta bitácora mis proverbiales parrafadas y me limitaré a copiar la historia con un vulgar c&p.

No me cabe duda de que el lector sagaz encontrará el paralelismo que pretendo establecer entre el relato bíblico y la situación actual del deporte y el dopaje. Se trata del capítulo 18 del libro del Génesis, versículo 20 y siguientes. Me he tomado la molestia de desversicular el texto para una lectura más ágil.

Luego el Señor añadió: “El clamor contra Sodoma y Gomorra es tan grande, y su pecado tan grave, que debo bajar a ver si sus acciones son realmente como el clamor que ha llegado hasta mí. Si no es así, lo sabré”.

Dos de esos hombres partieron de allí y se fueron hacia Sodoma, pero el Señor se quedó de pie frente a Abraham.

Entonces Abraham se le acercó y le dijo: “¿Así que vas a exterminar al justo junto con el culpable? Tal vez haya en la ciudad cincuenta justos. ¿Y tú vas a arrasar ese lugar, en vez de perdonarlo por amor a los cincuenta justos que hay en él? ¡Lejos de ti hacer semejante cosa! ¡Matar al justo juntamente con el culpable, haciendo que los dos corran la misma suerte! ¡Lejos de ti! ¿Acaso el Juez de toda la tierra no va a hacer justicia?”.

El Señor respondió: “Si encuentro cincuenta justos en la ciudad de Sodoma, perdonaré a todo ese lugar en atención a ellos”.

Entonces Abraham dijo: “Yo, que no soy más que polvo y ceniza, tengo el atrevimiento de dirigirme a mi Señor. Quizá falten cinco para que los justos lleguen a cincuenta. Por esos cinco ¿vas a destruir toda la ciudad?”.

—No la destruiré si encuentro allí cuarenta y cinco —respondió el Señor.

Pero Abraham volvió a insistir: “Quizá no sean más que cuarenta”.

Y el Señor respondió: “No lo haré por amor a esos cuarenta”.

—Por favor —dijo entonces Abraham—, que mi Señor no lo tome a mal si continúo insistiendo. Quizá sean solamente treinta.

Y el Señor respondió: “No lo haré si encuentro allí a esos treinta”.

Abraham insistió: “Una vez más, me tomo el atrevimiento de dirigirme a mi Señor. Tal vez no sean más que veinte”.

—No la destruiré en atención a esos veinte —declaró el Señor.

—Por favor —dijo entonces Abraham— que mi Señor no se enoje si hablo por última vez. Quizá sean solamente diez.

—En atención a esos diez —respondió— no la destruiré.

Ya sabemos que en el capítulo siguiente las dos ciudades son destruidas: “Entonces el Señor hizo llover sobre Sodoma y Gomorra azufre y fuego que descendían del cielo”.

9 de octubre de 2007

“Toda palabra dicha despierta una idea contraria” (Goethe)
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 Ha vuelto a morir un niño

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HOY NO tenía mucha gana de escribir un artículo. Y las pocas que tenía se me han quitado cuando me he enterado de la noticia de que un niño de 11 años se encontraba en estado grave tras caerle una portería en la cabeza mientras jugaba en el distrito de Hortaleza, en Madrid.

Al llegar a casa me he puesto a buscar información y me entero de que otro niño de unos 6 años había fallecido la misma semana en Fuerteventura por el mismo motivo.

Estas noticias me han dejado mal cuerpo y no me apetece hoy a criticar a nadie. Y además, ¿a quién?

¿A las Administraciones que tienen obligación de velar por la seguridad de los administrados?

Puede que en estas dos ocasiones haya habido negligencia administrativa. No los sé. Será el juez quien determine si la hubo o no.

Sea como haya sido, es justo reconocer que un equipamiento que hoy se encuentra en un estado aceptable mañana se derrumba sobre un niño o un adulto y siega su vida o le deja en coma, y tal vez parapléjico o tetrapléjico… El ocasional lector ya se hará una idea de los daños que puede causar semejante golpe en la cabeza.

Veo a diario a jóvenes que tienen la costumbre de colgarse de canastas y porterías, e incluso de subirse a ellas y balancearse. Si el equipamiento está en condiciones aceptables hoy, es fácil que después de esas sacudidas quede mermada su solidez.

Por otro lado debemos reconocer también que no es factible que un operario revise diariamente los equipamientos deportivos. Una inspección ocular puede no ser suficiente. Después de una tarde utilizando como columpio las canastas y las porterías es fácil que éstas cedan ante un pelotazo. Y una inspección completa diaria supone un tiempo que las Administraciones deberían cuantificar.

También sería fácil culpar a los padres que dejan a sus hijos jugando un tanto despreocupadamente en parques que no reúnen condiciones óptimas para el juego. O simplemente, que confían en que todo cumpla su función correctamente.

Y es posible que haya padres que no sepan que esos equipamientos se derrumban más fácilmente de lo que sería de desear. En España llevamos una media de un niño muerto al año por vuelco de estos equipamientos deportivos.

Ha habido años en los que ningún niño ha muerto, pero ha habido años en los que han fallecido tres menores por estas causas. En sendos artículos anteriores de esta Aguja de Bitácora encontrará algún dato más quien desee averiguarlos (desde el artículo enlazado aquí se llegará al primero de ellos).

Esa sea tal vez una buena solución. La información a usuarios y responsables (padres, monitores, gerentes, concejales…) de que estos equipamientos pueden ser mortales.

No tengo ganas de criticar hoy a nadie entre otras cosas porque ya no hay remedio para estos padres sumidos en uno de los dolores más profundos que existen en esta vida: ver morir a tu hijo.

Sirvan estas humildes letras como aviso o como recuerdo a quien me pudiera estar leyendo de que hay que estar siempre alerta y vigilantes con estos equipamientos.

La legislación sobre la materia no es muy taxativa que digamos, pero sí es cierto que existen normativas recomendando el anclaje al suelo o a una pared sólida de canastas y porterías, quedando desaconsejados los equipamientos móviles que se sujetan con contrapesos.

Simplemente voy a pedir que, por favor, tengan cuidado cuando se encuentren jugando al fútbol, baloncesto o balonmano. No confiemos a la providencia el estado de los equipamientos que utilizamos, y revisemos nosotros mismos tanto los anclajes como la solidez de las escuadras, ángulos y tableros por nuestra propia seguridad.

La última hora del estado de Aitor, el niño de Hortaleza, ha sido publicada ayer lunes.

Sí quiero decir una última cosa al hilo de la primera noticia enlazada. Sé que es una perogrullada, pero no puedo callármelo. Es un mensaje para doña Elena Sánchez, concejal del distrito de Hortaleza en Madrid, y para todos los concejales de zona o/y de deportes. No hay indemnización económica suficiente en este mundo para reparar la pérdida de un hijo.

Y si se trata de un niño pequeño… el ofrecimiento casi que ofende.

10 de julio de 2007

“Toda palabra dicha despierta una idea contraria” (Goethe)
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