EN EL pueblo de al lado —ya saben ustedes que servidor vive en la España más rural que puedan imaginar— ha ocurrido anoche, con motivo del partido de fútbol entre rusos y españoles, un hecho digno de relatar a modo de pública reflexión y escarmiento colectivo.
Saben ustedes que en estos pueblecitos, los de la España más chismosa y cotilla, los secretos se conocen a voces. Incluso secretos íntimos suelen ser expuestos con tanta crudeza como indolencia, alcanzando en ocasiones tal dimensión que en las ciudades se hubieran convertido en leyendas urbanas.
En la España bucólica en la que vive este rompefolios se sabe que los hechos son ciertos, y no mitos, por la sencilla razón de que todo el mundo conoce al afectado y éste no se toma la molestia de negarlos.
Vive en el pueblo contiguo al mío una mujer que apenas ha cumplido los treinta, una de esas damas cuyo físico mejora con la edad, con una salud que le rezuma por los poros, con una sonrisa que no le cabe en la cara, y con un cuerpo serrano que es admiración de vecinos y convecinos.
La joven —porque desde mi edad cualquier treintañera es joven— está casada con uno de esos futboleros recalcitrantes que no faltan un domingo al bar para ver “en familia” el partido de la jornada.
Con la llegada de la Eurocopa su afición, y la de tantos otros infelices que ven colmadas sus alegrías con las primas sustanciosas que perciben los futbolistas —esos semidioses supermillonarios semianalfabetos—, se ha centrado en la progresión que está teniendo la selección de la federación española de fútbol.
Ayer por la tarde-noche, como no podía ser de otra manera, el marido ya estaba cogiendo sitio una hora antes del inicio del partido que enfrentaba a españolitos y rusos.
Ha querido el destino que este matrimonio no tenga aún hijos que hereden la afición paterna por el fútbol. Quizá motivo por el cual a la joven, aburrida y sola las más de las veces, le ha florecido un amante, lo que es sabido en toda la comarca excepto, obviamente, por el marido.
El apolíneo amante no es otro que un antiguo novio del instituto, y los hados han determinado que éste no contrajera nupcias, pero no por estar contrahecho ni por presentar tara alguna, sino por su temperamento manirroto y vivalavirgen.
Tan trabajador como juerguista, el mozo dirige con acierto una empresa familiar, por lo que se ha convertido en eso que llaman un soltero de oro.
Este muchacho es de los que aprovechan las oportunidades cuando se le presentan, y la del partido de ayer no iba a ser desperdiciada pues aparearse entre semana para los que siguen solteros no sucede tan a menudo como presumen.
Y el pícaro, al igual que otras veces, ha querido contar con la complicidad de un amigo para asegurarse la tranquilidad de disfrutar del botín, pues hasta el final de la primera parte no podría llegar a la alcoba de su conquista.
Lo que no sabía es que alguien había malmetido al amigo alcahuete, quien también es amigo del cornudo futbolero. Cogido entre dos fuegos, esta celestina, cuando se le reprochaba su actitud, acallaba su conciencia sofísticamente encogiéndose de hombros diciendo que él sólo hacía una llamada perdida.
Pero bien por haber sido malquistado o porque ese gusanillo tantas veces acallado se había revelado, en esta ocasión decidió dar una lección al donjuán.
A la finalización del partido envió al amante un SMS en el que le decía que el resultado era de empate a uno y que el partido se iba a la prórroga. El otro, ignorante del mal recado, se vio agraciado con un tiempo extra para consumar esas segundas visitas al templo del placer que algunos ya no estamos en edad siquiera de intentar… a menudo.
El marido apenas estuvo celebrando con los amigotes el triunfo de los de la federación de fútbol pues al otro día tocaba madrugar para entrar en la sierra a las seis de la mañana.
Tal como iba, exultante de gozo, entró en la casa enchido de felicidad ante la perspectiva de la final del domingo.
Se encaminó sigilosamente hacia la habitación con sólo dios sabe qué propósitos de prolongar su goce, y abrió la puerta al grito de: “María, hemos ganado”.
Cuentan que los tortolitos estaban totalmente desnudos en el lecho cuando al cornudo futbolero se le quedó helada en la garganta la última “o”. El amante giró la cabeza y un tanto amoscado preguntó: “¿Cuánto?”.
El marido reaccionó entonces y dijo: “Tres cero”.
El engañador saltó de la cama, se agachó a recoger su ropa que estaba sobre la alfombra, y saliendo desnudo de la casa se oyó que iba diciendo: “Ese hijo de puta me va a oír”.
Y allí quedaron la joven y el cornudo sin que al amante le preocupara el final de esa parte de la historia.
Por cierto, que el amante es el dueño de la empresa para la que trabaja el cornudo futbolero.
27 de junio de 2008
¡Felicidades, Koldo!
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(Jean Dolent)















Moraleja: Si por exceso de fútbol y goles
descuidáis demasiado a vuestras viejas,
no os extrañe ver un par de cuernos
asomar por encima de las cejas.
…y si quien te hace astado
es el que te alimenta,
no te muestres mancillado
por una simple cornamenta.