Cómo sacar dinero a los padres (1)
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ESTA HISTORIA es ficticia, aunque podría ser real. También podría ser una historia real disfrazada de cuento para adultos. Sea como fuere, esta historia refleja parte de la realidad del mundo del deporte, del mundo del deporte profesional, y de los beneficios que arteramente algunos obtienen.
La ley del timo establece que el timador sacará ventaja de la falta de honradez del timado, a quien se le promete un gran beneficio a cambio de un mínimo esfuerzo. En nuestro caso, el timador se va a beneficiar de la codicia de los padres, quienes se ven disfrutando de una jubilación anticipada por mor de haber engendrado un hijo dotado para jugar al fútbol.
Mi historia será mejor entendida si la situamos en una capital de provincia pequeña. De un tamaño tal que ninguno de sus pobladores se ofendiera si hablando del total de habitantes alguien dijera que son un barrio de Madrid.
Para ilustrarla mejor, esta ciudad no ha de estar próxima a ninguna en la que radique un equipo de la primera división de fútbol. Aunque cierto es que esta historia se repite a diferentes escalas en lugares no tan paradigmáticos.
En esa ciudad, como en toda España, el fútbol es uno de los deportes mayoritarios. Los chavales juegan al fútbol en cualquier lugar, a cualquier momento: en el recreo, en el barrio, entre semana, los domingos…
Si fuéramos gerentes de uno de los equipos grandes, alguno verdaderamente grande, tendríamos conciencia de que en esta ciudad de provincias también puede aparecer un fenómeno del fútbol.
Ésta es una característica del sistema deportivo implantado en España en torno al fútbol —sistema que los poderes públicos no hacen nada por superar a pesar de que cada cuatro años golpean farisaicamente sus pechos en señal de duelo por la paupérrima cosecha de medallas olímpicas obtenida “por nuestro deporte” (nótese que los poderes públicos carecen de pecho)—. Dada la globalidad del deporte rey, es más que factible que en cualquier arrabal surja un gran futbolista por generación espontánea, esto es, sin haber sembrado aquel terreno, como si de setas en un bosque se tratara.
Lo único que han de hacer estos equipos grandes para atraerse los talentos futbolísticos es llegar antes de que otro sea el descubridor. Hacerse pronto con el contrato del chaval guarda una doble finalidad: poseer un valor deportivo —para explotarlo o venderlo— y que no lo posean los rivales. Lo primero por mantener el abastecimiento de valores (cantera) para consumo propio o a modo de inversión. Lo segundo por acaparar el mercado debilitando al rival deportivo (y financiero), cortando sus propias vías de suministro de valores deportivos.
Esto hubiera conducido a una guerra entre equipos —entre Sociedades Anónimas (deportivas), quiero decir— y por consiguiente se hubieran disparado los precios de los pseudo-contratos (la legislación laboral en materia de menores de edad es estricta), saliendo perjudicados por la escalada los propios inversores. Para evitarlo existe un reparto tácito de las plazas en las que buscar nuevos brotes.
De pascuas a ramos el sistema es sacudido por un sismo cuando alguien se salta estas normas no escritas, pero no pasa de un temblor en el mundo deportivo profesional, donde imperan los beneficios económicos por encima de los resultados deportivos, estando ambos condicionantes muy por encima de las personas y de sus sentimientos (¿quién habla de sentimientos en hablando de negocios?).
La estructura de las redes futboleras es tentacular. Se extienden brazos que lleguen a todas partes para atraerse las materias primas a la metrópoli… estoooo, a la ciudad deportiva quiero decir. Conste que sigo hablando de humanos, pero sería ilógico utilizar el término “mano de obra”, pues los niños son considerados objetos que se compran, venden o intercambian.
En realidad son sus contratos los que hacen las veces de mercaderías. Pero ya nos hemos acostumbrado a oír que tal club (perdón, SAD) ha comprado a Fulaninho, o que tal otro vende a Menganovic en el mercado de invierno.
Se extraen niños de su entorno familiar para llevarlos a masías o valdebebas. Cuando se importan niños de un entorno geográfico lejano, pongamos Buenos Aires, en la austral Argentina, es posible traerse a la familia completa.
Cierto que las SAD se ocupan en estos centros deportivos privados de los estudios de estos jóvenes o de su salud física y emocional, pero no existen garantías sobre su futuro.
Es imposible apostar contra las lesiones, la desmotivación, el bajo rendimiento, el sobreentrenamiento, la competencia para cada puesto… En fin, que no es posible dar dinero a cambio de nada. Y así, llegada una cierta edad, los jóvenes son abandonados a su suerte. Si triunfan, la SAD habrá obtenido un beneficio. Y si fracasan…, pues nunca nadie ha preguntado por un fracasado.
Y eso que son legión los que fracasan en el mercado deportivo. Muchísimos más que los que triunfan. La aparición de estos últimos en la prensa deportivesca, sensacionalista, amarillenta, rosácea y excrementosa consigue que nadie pregunte dónde han ido a parar hornadas completas de futuras promesas.
El secreto de esta —en principio— ruinosa inversión radica en que con el éxito de uno de los acólitos se consigue ya superar el gasto empleado en cincuenta fracasados. Una segunda parte en la recuperación de la inversión radica en los residuos que dejan los segundones —de los que la cosecha da diez o doce por temporada—, esos que difícilmente llegarán a primera división a pesar de tener facultades, y que han peregrinado por los equipos profesionales de segunda y los semiprofesionales de otras categorías.
Las factorías deportivas funcionan en serie, igual que lo hace cualquier mercado de productos manufacturados. La maquinaria no puede parar so pena de colapsar y no volver a arrancar (se perdería renombre y credibilidad). Cálculo, estadística, probabilidad y mercadotecnia en función de la avidez de los padres. En fin, “Un mundo feliz” para los Epsilones deportivos.
¿Y cómo se les saca el dinero a los padres, cosa que se anunciaba en el título de este artículo? Pues dado que he superado el folio y medio habitual, la respuesta la encontrará quien vuelva por aquí en el próximo artículo.
18 de abril de 2008

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