LO OCURRIDO en Sevilla el pasado fin de semana con motivo de un partido de fútbol (otra vez un partido de fútbol y Sevilla) ha trascendido más allá de lo deportivo y parece que llegará a los Tribunales.

Un bloguer, de los más seguidos por la afición sevillista (y con alguna relación contractual con la entidad), denunció en su bitácora unas supuestas ofensas verbales (enlace A) del entrenador de Osasuna, José Ángel “Cuco” Ziganda.

Para conocer a la persona he estado leyendo los posts publicados en su bitácora en este mes de enero y he llegado a la conclusión de que este personaje es un agitador, un incendiario, un manipulador de la opinión pública y un irresponsable.

Queda retratado en la previa al partido Sevilla-Osasuna (enlace B) aludiendo al árbitro designado para el encuentro (¿debería pronunciarse la Comisión Antiviolencia?). Veo que tampoco fue de su agrado el árbitro designado (enlace C) para el partido que la semana anterior su equipo jugaba en Getafe.

Enarbolando el lema de la libertad de expresión ha puesto patas arriba la relación entre dos entidades deportivas llamadas a entenderse. Y es que la libertad de expresión puede ser mal interpretada.

Como toda libertad concedida, la libertad de expresión debe ser administrada juiciosamente por uno mismo. Disfrutar de libertad de expresión no significa que uno pueda decir cuanto le parezca que sea cierto.

Que el Estado nos dé libertad de expresión quiere decir que confía en que haremos un uso correcto de esa parcela de libertad, y que ningún censor ocupará el lugar de nuestra conciencia.

Leo en algún lugar que este bloguer es versado en leyes, e incluso ha ejercido de letrado. Pero ahora oficia de periodista entrometido en el mundo del deporte.

Como conocimientos legales tiene, quizá por ello rectificara quedamente (enlace D) varias horas después de su denuncia pública.

Hay una sensible diferencia entre el post del enlace A (el sistema informa de que fue escrito el 27 de enero de 2008 a las 03:05 a.m.) y el post del enlace D (el sistema recoge que fue escrito el mismo día pero a las 08:18 p.m.). En el primero tira la piedra y pide que se depuren responsabilidades:

Esas palabras fueron pronunciadas en la noche de ayer por Ziganda […]

Esto es gravísimo. […]

No me invento nada. Hay testigos. Muchos testigos. Ahora…¿qué es lo que hay que hacer?

La caída de la noche no suele ser un buen momento de reflexión para quien vive el día con intensidad. Con tiempo para haberse dado cuenta de la que ha liado —diecisiete horas a veces dan para mucho— en el último enlace esconde la mano diciendo:

Entiendo que las personas que escucharon lo que dijo Ziganda (y que son los me lo han contado a mí) […]

Y así la responsabilidad propia parece quedar diluida. Pero la pregunta es: ¿puede uno convertirse en la voz no oficial de un equipo y dar publicidad a ciertas afirmaciones sin haberlas contrastado suficientemente?

Veamos: si era creíble que Ziganda pudo decir unas palabras en un arrebato de rabia y mala leche (palabras que la verdad, aquí en el norte no habrían supuesto tanto revuelo, pero en fin), no es menos creíble que el confidente pueda haberlo exagerado en un arrebato de impotencia y mala leche. Humanos somos todos.

La irresponsabilidad de quien escribe un texto no puede ampararse en una irreflexiva visión de la libertad de expresión, escudándose en un infantil decir la verdad. De momento la única verdad es que Jesús Alvarado ha dicho que alguien le dijo que Ziganda había dicho no sé qué, y no que Ziganda había dicho no sé qué.

Ahora el daño ya es irreparable (propongo leer los comentarios #13, #34, #63, #108 ó #154 al enlace A), y quizá intervengan los Tribunales de Justicia. En uno de los últimos posts el autor se muestra un tanto resignado, yendo del victimismo al derrotismo (enlace E):

Desde la madrugada del pasado domingo han sucedido varias cosas.

Como consecuencia de ellas mi nombre, mi reputación y mi honor están ahora mismo por los suelos en todo el país.

[…]

A 30 de enero de 2008, 20:30 horas, ignoro si Ziganda o el Club Atlético Osasuna se han querellado contra mí.

De momento, yo no tengo notificación alguna al respecto.

Pero estas cosas pueden tardar.

Por si fuera poco, parece que el cabreo de Ziganda, injustificable desde todo punto de vista, al menos es comprensible: «Para el Comité, Iturralde falló: absuelto Javi García», aunque nuestro hombre insiste en que ha visto otra cosa (enlace F): “Javi García […] mete la mano entre las piernas […] de Chevantón e impacta con el balón. […] Mano dentro del área que desvía la trayectoria del balón es penalti y penalti pitó Iturralde”.

Invariablemente a los agitadores de las masas les espera siempre un destino similar. Crecen al amparo del bullicio general y logran cierta relevancia que utilizan para incordiar a diestro y siniestro en la creencia de que todo les está permitido en nombre de las libertades que ellos mismos se encargan de retorcer. Pero acaban siendo tan molestos y el clamor en su contra alcanza tal intensidad que al final son sus propios mecenas quienes entregan su cabeza, cuando no los decapitan ellos mismos por morder la mano del amo.

1 de febrero de 2008