ESTE DOMINGO finalizaba la liga estadounidense de fútbol americano profesional con la puesta en escena de la XLII Superbowl mientras el sábado comenzaba el torneo VI Naciones, con el campeonato del mundo de rugby del año pasado aún vívido en nuestras retinas.

Los deportistas de ambas modalidades derrochan coraje y pundonor por doquier. Se trata de esforzados atletas, endurecidos en mil batallas, curtidos tras jugar bajo las más adversas condiciones climatológicas.

La primera imagen que recibe el profano cuando se acerca a ojear una de estas disciplinas es de confusión, de un juego brusco y enmarañado en el que (no) todo vale con tal de hacerse con la posesión de la pelota.

Tras los primeros compases ese neófito advierte que cada cosa tiene un por qué, y cada jugador está en un lugar del campo por un motivo y una misión concreta. En seguida percibe un orden en las formaciones de ataque y de defensa.

Y es entonces cuando el novato quiere saber más. Y va aprendiendo las reglas. Y es cuando se da cuenta de que en realidad no todo vale, y que existe un código que consiste precisamente en no dañar al contrario aunque la ocasión sea propicia. Cada jugador espera que sus antagonistas reaccionen con vigor pero no con violencia.

Ya he explicado en algunas ocasiones que violencia siempre es no respetar las normas —cualquiera que éstas sean—, y que un mismo acto puede ser considerado violento o no violento dependiendo de las circunstancias.

Me lo explicaron del siguiente modo: si vas por la calle y coges un ladrillo y rompes la luna de un escaparate, eso es un acto violento. Pero si con ese mismo ladrillo rompes ese mismo cristal porque se ha declarado un incendio dentro y hay gente que no puede salir porque la puerta está atorada, es el mismo acto, pero nunca será considerado violento.

A mí me bastó. Espero que al lector juicioso le valga también este ejemplo para entender el concepto de acto violento y saberlo aplicar.

Lo expondré en el contexto de los reglamentos deportivos (una circunstancia). Si en un combate de boxeo un púgil propina al otro una patada, eso es un acto violento. Pero si el combate es de kickboxing, esa misma patada no contendrá ninguna violencia.

Retomando el hilo de mi elogio a los deportes que se juegan con un melón por pelota, contrariamente a lo que pudiera parecer, en deportes de la dureza y rudeza del rugby y del fútbol americano, los actos violentos se dan en contadísimas ocasiones, aunque las oportunidades abundan.

Por contra, observo que los actos violentos, los que vulneran las reglas, se dan con mayor frecuencia —a pesar de que existen mayores limitaciones para jugar rudamente— en el fútbol, donde la pelota es más una sandía.

El comportamiento incivilizado y violento (no acatar unas normas) de jugadores y espectadores de fútbol ha dado como resultado un tipo de violencia de tales proporciones que las autoridades están ya decididas a erradicarla.

No digo que en los deportes del melón no se de la violencia. Y no digo que en el deporte de la sandía siempre haya violencia. Afirmo que la violencia en el fútbol se da con mayor frecuencia que en el rugby y en el fútbol americano.

No me vale que se apele al concepto de la cantidad y la probabilidad: a saber, que los del melón son deportes minoritarios y que en la sandía, al concitar la atención de más número de público, cabe que se enmarquen más cabestros.

Esa lectura será válida para la hipermegafutbolizada España. En la Europa central, donde el rugby (Francia, Reino Unido, Italia) y el fútbol americano (Alemania) levantan tantas pasiones como el fútbol, esos mismos cabestros no tienen cabida en estos deportes. Es el propio sistema que impera en los mundos del melón quien los va eliminando.

¿Por qué en el mundo del fútbol se da la violencia en mayor grado —hasta el punto de que la Unión Europea creara una comisión ad hoc (PDF)— que en los mundos del melón?

El viernes concretaré mis impresiones.

4 de febrero de 2008