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 Dopaje en el alpinismo

Viernes, 15 de Febrero de 2008  |   la aguja  |   Hay 2 comentarios
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HACE DOS años escribí una diatriba contra la complacencia que existe hacia el alpinismo. Está por ver si esta actividad podría considerarse deporte. Con el concepto que tienen los organismos internacionales de deporte me temo que la inexistencia de competiciones hará que salga del Olimpo.

Algún día habrá que cerrar el grifo del reconocimiento de actividades deportivas. Los (hoy) deportes de montaña cambiarían su catalogación institucional tal vez a exploraciones o quizá a aventuras.

Quizá por ello (¿habrían saltado ciertas alarmas internas?) se ha creado no hace tanto la especialidad competitiva denominada “escalada deportiva”, que se desarrolla en polideportivos e instalaciones similares y no en el medio natural, con presas de plástico diseñadas y colocadas convenientemente en una pared con un ángulo de desplome medido con precisión.

En mi invectiva de hace dos años cuestionaba la conveniencia de dar dinero público a una actividad que, como el alpinismo, sirve sólo para engordar el currículo del subvencionado.

Dudo de que el país patrocinador vea aumentado su peso en el concierto internacional porque un par de sus súbditos coronen la cima más complicada del mundo.

La “promoción deportiva” que supone una expedición a una lejanísima y altísima montaña dista mucho de fomentar su práctica en el público sedentario.

Un vídeo de sesenta minutos a cuya proyección acuden unas pocas decenas de frikis montañeros, es en lo que se transforma la millonada institucional que se les otorga a los alpinistas, proveniente del dinero que todos los contribuyentes aportamos.

En aquel escrito también me quejaba del coste de la repatriación de los cadáveres de personas que voluntariamente han decidido asumir el riesgo de diñarla en unos parajes en los que no hay vida.

En cierta ocasión una persona pretendió acallarme en un lugar público argumentando que esos alpinistas parten de nuestro país con un seguro que cubre todas esas contingencias. Especulé diciendo que un seguro de tales características ha de suponer una prima necesariamente alta, a lo que él asintió sonriente.

Le pregunté si pensaba que esa cantidad la apoquinaba cada alpinista o si creía que era uno de los destinos que se daba a las subvenciones institucionales recibidas. Torció el morro, posó el vaso, dio media vuelta y se fue de El Abrevadero, local que los fieles de ‘El Espectador’ ya conocen.

No tengo nada contra el alpinismo, pero sí contra que unos aventureros ególatras se paseen por medio mundo para diversión personal gracias al dinero con el que un servidor contribuye a la marcha del Estado, dinero que me cuesta mucho ganar y del que mucho más me duele separarme.

Cuando vuelven a nuestro país llegan ufanos, con el orgullo hinchado y con tres dedos menos que se han dejado en la última congelación. Y se llaman a sí mismos aventureros y ellos mismos se invisten de gloria dando ruedas de prensa y conferencias. Señores, la aventura acabó cuando Sir Edmund Hillary coronó el Everest.

Hoy en día la subida al techo del mundo se parece mucho más a una romería que a una aventura. Si te ataca el mal de altura a más de siete mil metros de altitud coges un taxi que te baja al campamento base, desde el que eres evacuado.

Sí, han leído bien: un taxi. A esa altitud hay sherpas que llevan un yak de ramal. Te suben a la grupa (siempre y cuando lleves dinero) y te agarras al pelo del animal hasta que llegas a casita (al campamento base, quiero decir). Y le llaman así, un taxi-yak.

Existe una federación de actividades subacuáticas, pero las inmersiones que van más allá de lo deportivo están financiadas por fundaciones privadas como National Geographic. Y si no hay dinero, pues no hay necesidad de sumergirse. ¿Qué necesidad hay de escalar por enésima vez la misma montaña?

Habiéndoles puesto en antecedentes de mi particular opinión sobre tan sufridos aventureros, comprenderán mi sonrisa al leer la siguiente noticia, a la que doy validez por venir de una agencia solvente: La aviación israelí planea distribuir Viagra a sus pilotos.

Jerusalén.- La aviación israelí estudia repartir Viagra a sus pilotos para mejorar sus aptitudes en el aire, informó este jueves el semanario del ejército ‘Ba Mahahné’.

Este proyecto se basa en investigaciones recientes que han revelado que los alpinistas que consumen un derivado de este medicamento diseñado contra la impotencia sexual resisten mejor en las altitudes.

Entre otras ventajas, estos deportistas son menos vulnerables al cansancio y sufren menos la disminución de oxígeno en el aire.

“La experiencia ha demostrado que la presión sanguínea en los pulmones aumenta entre las personas que toman un derivado del Viagra”, afirmó el responsable del estudio israelí, Yéhezkiel Ken, doctor y coronel de reserva.

Fuente: AFP

[las negritas son mías]

Tengo unas preguntas para ustedes: 1) aumentar artificialmente la resistencia al cansancio y a los efectos de la disminución de oxígeno propia del medio en que se desarrolla ese deporte, ¿no debería considerarse dopaje? 2) ¿Existe el dopaje en el alpinismo? 3) ¿Quién controla este “deporte”? 4) ¿Hay algún delegado de la AMA o del CSD que suba a siete mil quinientos metros de altitud a las cuatro de la mañana para despertar a los montañeros y pedirles una meadita?

Si las respuestas son las que me temo —es decir, sí, sí, nadie y no—, ¿cómo es posible que se dote con dinero público a un deporte que sería fraudulento? Me gustaría conocer la opinión de aquellos políticos que se han llenado el pecho de medallas con la lucha contra el dopaje a la vez que han financiado expediciones a los ochomiles.

15 de febrero de 2008



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Comentario de Juan Puñetas

A mí esto del alpinismo me resulta la mar de divertido. Pasas penalidades, miserias, congelaciones varias para llegar a todo lo alto y en cuanto llegas empiezas a bajar perdiendo el culo y como puedes, no vaya a ser que se te haga de noche. Tanto sufrimiento para llegar y cuando llegas, “p’abajo” echando leches. Dicen que las sensaciones, a pesar de ser tan efímeras, son orgiásticas. Pues vale, pues los envidio. Pero también yo quisiera para las mías (más modestas: una partidilla de ajedrez, un largo en una piscina repleta de tiburones de dos patas, etc) una ayudita oficial como la que suelen recibir estos héroes, aunque me contentaría con que sólo fuese de un euro a la semana. (Un periódico me saldría gratis).

En fin, que cada cual se lo monte como quiera siempre que no nos toquen el sudor que gastamos en nuestro trabajo para luego poder comprar el DVD o la telele de plasma.

 
Comentario de la aguja

Yo no tengo claro que esto de conquistar cumbres sea un deporte. Ya hemos debatido aquí sobre qué es considerado hoy en día deporte por los mandamases (COI y CSD en España, al menos), y llegamos a la conclusión —más bien expuse yo solo, porque hubo discrepancias— de que es preciso que exista una competición debidamente reglamentada (en realidad es una de las muchas exigencias del CSD para reconocer una actividad como deporte).

No veo la competición en el alpinismo por ninguna parte. Y el CSD no admite sofismas como la “competición contra uno mismo” (¿qué tal el cubo de Rubik?), y menos contra la montaña. Que sea aventura, exploración o investigación, vale. Pero que no nos vendan gato por liebre. Dentro de unos días escribiré sobre este deporte y su financiación (se me pasó contestarte en su día y lo hago hoy, casi mes y medio después).

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