CUANDO UN político cae en contradicciones es que lo que se trae entre manos presenta dobleces. No obrar conforme a supuestas convicciones y ser divergente con actuaciones pasadas defendidas a capa y espada puede significar que se mide con diferentes raseros, lo cual lindaría con el engaño al contribuyente. Y es deber de un ciudadano exponerlas para lectura y análisis de los demás tributarios.

Los dardos de mis dos últimos artículos tuvieron como objeto al siempre mediático Jaime Lissavetzky. Y éste de hoy lleva el mismo destinatario como consecuencia de una charla en “El Abrevadero” que tuvo precisamente esos artículos como tema (cerrándose así, de alguna manera, un círculo).

Los fieles de esta bitácora ya conocen “El Abrevadero” y el ambiente que allí reina. Las charlas y las discusiones son siempre bienvenidas —teniendo presente que discutir no es reñir— y cualquiera puede sumarse al debate, enriqueciéndolo con sus puntos de vista.

La conversación giraba sobre esos dos artículos (Mari, el dueño, se encarga de imprimir un par de copias de cada artículo —incluido éste— y de dejarlas en la barra; en realidad fue a instancias suyas que añadí la utilidad de la versión imprimible que aparece al final de los artículos). Un par de parroquianos afirmaban que me movía una fijación personal con el actual Secretario de Estado para el Deporte.

Expuse que estos días atrás el presidente del CSD se ha contradicho de forma poco evidente pero tan palmaria que cuando la calas te das cuenta de que carece de rigor en principios de los que ha hecho bandera. Quizá es que sólo le interese ondear insignias y no lo que ellas representan…

Cuando el CSD, comandado por Lissavetzky, se involucró en la lucha contra el dopaje, quedó claro que era el Gobierno español quien desde sus instituciones —Secretaría de Estado y Ministerio correspondientes— tomaba la iniciativa sobre el mundo del deporte. En su día dije que esa intromisión institucional estaba lejos de ser legítima, aunque hubiera sido legitimada a través de la vía legislativa (ahí queda la nómina de leyes y actos contra el dopaje que lleva a sus espaldas en tan sólo cuatro años el señor Lissavetzky Díez).

En aquellas fechas manifesté inequívocamente que era el propio mundo del deporte quien debía depurar responsabilidades y desintoxicarse a sí mismo.

Está claro —la reciente escalada institucional antidopaje da prueba de ello— que los mandamases del Gobierno español no pensaban como yo. No sería aventurado decir que en opinión de ellos el estado en que se hallaba sumido el sistema competitivo profesional precisaba la intervención del Estado.

Así pues, decidieron intervenir en la esfera privada del deporte. Y lo hicieron en la esfera más privada del movimiento deportivo, su sanctasanctórum: el deporte profesional.

La vía privada del deporte la conforman los clubes y las federaciones deportivas. Es la propia legislación del Estado español quien reconoce ese carácter privado. Los poderes públicos se reservan las acciones de promoción y fomento del deporte a través de la colaboración, entre otras medidas, con estas entidades privadas.

El deporte profesional coadyuva sólo tangencialmente a fomentar la adquisición de hábitos de vida sanos por parte de la población. Pero el deporte profesional no es cultura, sino empresa (de ahí que la intervención del Estado en el deporte profesional no fuera legítima).

Cuando los Estados intervienen en el deporte profesional —siempre he criticado la forma en que lo han hecho— es por la inhibición que ha demostrado en asunto de la gravedad del dopaje el conjunto del mundo del deporte: clubes, federaciones nacionales e internacionales, árbitros y médicos deportivos, organizadores profesionales, medios de comunicación y aficionados…

Ahora son los organizadores quienes tomando la iniciativa han excluido al equipo ciclista Astaná del Tour 2008, habida cuenta de que su pasado más reciente parece estar vinculado al dopaje organizado.

¡Caramba!, como la exclusión implica que el español Alberto Contador no disputara la máxima prueba del ciclismo profesional —como campeón vigente que es de la anterior edición— a Lissavetzky no le vale ahora que sea el propio mundo del ciclismo el que haya decidido expurgarse, y sale diciendo que va a hablar con el Tour para que modifiquen su planteamiento.

A esto se le llama utilizar dos filos. Me dijeron una vez que los cuchillos de dos filos se llaman puñales, y que sólo sirven para una cosa.

26 de febrero de 2008