LA SEMANA pasada leíamos en los medios de información que la situación en el vestuario del Deportivo de La Coruña había llegado a la agresión física. La rivalidad entre los dos porteros se saldó con un ojo a la funerala y ocho puntos de sutura para uno de ellos.

El entrenador, Miguel Ángel Lotina, fue contundente al afirmar que ambos porteros quedaban apartados del equipo hasta el final de la temporada.

Esta drástica decisión me recordó otras dos situaciones que se habían producido en el transcurso de la quincena anterior, donde los entrenadores habían tomado decisiones muy complicadas que propiciaron reacciones contrapuestas.

Por un lado Ronald Koeman decidía, en calidad de responsable técnico, prescindir de los servicios de tres jugadores emblemáticos en el equipo: Cañizares, Albelda y Angulo. La prensa especializada española (esos tebeos deportivos) le habían saltado a la yugular y tras perforarla se habían parasitado allí cual vampiros sedientos de escándalos.

La grandeza de Koeman venía dada por su valentía, sinceridad y honestidad por no mantener engañados a estos profesionales y dejarles vía libre para buscar otros equipos en eso que en el argot futbolístico se llama “mercado de invierno”.

En otro ambiente, Juande Ramos, de periplo por la Premier League, había tomado la decisión de relevar de la titularidad al internacional portero del Tottenham, el equipo que ahora paga sus nóminas.

En esta ocasión los tabloides ingleses se limitaban a informar de lo que parece una limpieza de jugadores “filtrados”, lo que en tiempos de Johan Cruyff en el F.C. Barcelona se llamó “vacas sagradas”. Los años han pasado, los epítetos han cambiado, pero las situaciones se repiten.

La vida útil de un jugador se termina, al igual que las pilas recargables acaban por ser desechadas. El cariño y agradecimiento de los aficionados, la experiencia, la veteranía y el peso del jugador en el vestuario y en la entidad deportiva dejan de tener valor cuando su rendimiento decrece.

Los entrenadores han estado siempre en la picota. Los malos resultados deportivos acarrean su cese. Todas las temporadas ocurre lo mismo. Las culpas, o al menos las soluciones, inciden sobre los técnicos. Ya sabemos que es más fácil sustituir a una persona que a todo un equipo.

Creí ver que en esta ocasión los entrenadores habían tomado la iniciativa, y apartando del equipo o de la titularidad a ciertos jugadores, hacían recaer la responsabilidad del deficiente juego sobre los que en realidad mueven la pelota.

Haría notar que ambos, Koeman y Ramos, estaban recién llegados, y que esas decisiones drásticas tal vez sean menos fáciles de tomar por los técnicos que llevan varias temporadas conviviendo con los jugadores.

Así las cosas, andaba ya dándole vueltas al título del artículo, jugando con el sustantivo “rebelión” e intentando parafrasear el de aquella película de Sidney Poitier: “Rebelión en las aulas”, llegando a intitular mentalmente mi pequeño ensayo como “Rebelión en los vestuarios”.

A esta rueda de decisiones transversales se sumaba ahora Lotina. Mi artículo, que ya no verá la luz, haría referencia a que los entrenadores habían comenzado a tomar ese tipo de decisiones que por un motivo u otro hasta ahora habían ido procrastinando, lo cual repercutía al final en perjuicio propio.

En mi particular visión futbolística iba a aventurar también que tal vez el amigo Lotina se habría precipitado. Apartar del equipo hasta el final de la temporada a los dos porteros principales —estando en una situación difícil en la tabla clasificatoria en el meridiano de la liga— si no un suicidio deportivo, al menos sí se me antojaba a mí una decisión precipitada, en la línea del momento caliente que no sabe administrar un novato entrenador de juveniles.

Todo esto venían a ser mis disquisiciones allá por el lunes. Pero es que para el martes tenía ya escrita mi bomba sobre la suspensión del Dakar y su oscuro futuro. Así que yo también procrastiné mi artículo, lo cual —como en el caso de los entrenadores— ha ido en mi perjuicio ya que me he quedado sin nada que escribir para hoy.

En el transcurso de la semana Miguel Ángel Lotina se ha desdicho, y retractándose de su decisión imprudente y precipitada, rebajaba la condena a un susto siempre y cuando los dos porteros se abrazaran y besándose en la boca se dijeran mutuamente que se querían.

Algo difícil habida cuenta del estado del ojo del portero suplente. Con el trompazo —y la hombría— aún doloridos, no dando el brazo a torcer conseguiría que el otro portero tampoco jugase. Ya conocen ustedes aquella idea de “sacarse un ojo para que al vecino le saquen los dos”.

La situación en la que se había metido Lotina era un callejón sin salida, porque su capacidad de mando y liderazgo en el vestuario quedaría seriamente resentida fuera cual fuese el resultado. Para rematar la semana los jugadores han descalificado al técnico y cuestionado públicamente su autoridad.

Esto, que ya es un problema particular de un equipo deportivo, daba al traste con la posibilidad de hilar mis apuntes; la rebelión de este entrenador acababa, pues, en “Motín a bordo”.

Y está claro que dos garbanzos (Koeman y Ramos) no hacen una olla como para colegir que los entrenadores como gremio hayan iniciado una escalada en la reivindicación de sus atribuciones de mando y de decisión.

Me he quedado sin artículo y, lo que me duele más, sin haber podido vaticinar que la situación de Lotina en el Deportivo de La Coruña tenía peor pinta que una herida infectada. Y para colmo hago trampas y subo el artículo el sábado poniéndole fecha del viernes para aparentar en el histórico de El Espectador una periodicidad que a veces me cuesta mantener.

18 de enero de 2008

Actualización del 30.01.2008 a las 17:45 h.

El culebrón de los guardametas del Deportivo de La Coruña ha terminado con una actuación de oficio por parte de la fiscalía (que ya iba siendo hora).