EL TIEMPO ha ido pasando y como advertí en su día, el entrenador-dios se estrelló contra su techo deportivo; a partir de ese momento la cuesta abajo ha ido adquiriendo mayor pendiente.
Perdido y desnortado, las cosas ya no ruedan para él como lo hacían antaño. Con la edad, inexorable, ha ido perdiendo esa parte del encanto que tenía.
Ya no todos los padres le ríen las gracietas. Ya no todos los usuarios de sus servicios están conformes. Consiguió en su momento una serie de incondicionales que siguen siéndole fieles igual que una lombriz sigue comiendo tierra. Pero algunos de éstos también le empiezan a cuestionar.
La suerte (no el azar) que él llamó éxito ya no le sonríe como en el pasado. Continúa haciendo lo mismo, pero no obtiene resultados. Está varado en un tiempo alejado de la actualidad y ya no es posible seguir viviendo de rentas remotas.
Los éxitos del entrenador-dios con los niños son como la calidad de los bollos del panadero. Por muy bien que a uno le haya salido una hornada, siempre ha dependido de factores externos que no controlaba, como el estado del agua de la red pública o la calidad de la cosecha de harina.
Son ya muchos años haciendo siempre las mismas cosas, y la desidia se ha apoderado de su trabajo. Sus clases son cansinas, y sólo pone ilusión cuando se presenta en la dirección de los centros escolares y en las gerencias deportivas municipales por las que peregrina en busca de unas horas con que rellenar su parrilla semanal.
Se devana los sesos buscando una panacea que dé un cambio a su vida laboral. Irónicamente, esa especialización de la que se siente orgulloso es el mismo factor que llevó a la extinción a los poderosos smilodon.
El entrenador-dios ha ido perdiendo el respeto de otros monitores que siempre han estado a su sombra, esperando el momento para asestarle el hachazo. Pretenden hacerle a un lado y saborear las mieles de las que el entrenador-dios gozó en solitario hace no tanto tiempo. Aspiran a hacerse con su mercado.
La cuesta abajo amenaza con una verticalidad imposible de revertir. Según avanza se cierra el camino a sus espaldas: no es posible dar un paso atrás. Y cada paso adelante le lleva indefectiblemente a estrellarse contra su destino. Cada paso le coloca en una situación en la que malo si avanza y peor si aguarda.
Su tiempo se está acabando, y la solución no aparece. La acidia y la pigricia son sus compañeras inseparables. Día tras día, tarde tras tarde, una y otra vez lo mismo. Los mismos movimientos, las mismas frases, las mismas caras aunque lleguen muchas nuevas.
Uno, dos, tres, y vuelta a empezar. Hoy hace esto y la semana que viene también. Entre tanto, no sabe qué va a hacer mañana y la apatía le agobia. Los pupilos lo notan y la galbana se contagia.
Estos días espera a que lleguen las navidades como fecha que rompe la monotonía. Pero el entrenador-dios sabe que pasarán tan rápidas como pasaron las anteriores y en enero ya deseará que llegue la semanasanta, con aire primaveral y vacacional. Pero pasará también, rauda, y para entonces se habrá vuelto tan roncero que ansiará la llegada del verano y con él las vacaciones.
Pero… ¡horror!, en verano se trabajan menos horas y los ingresos merman. Habrá que vegetar o buscar un trabajo complementario y aguantar hasta que llegue septiembre… para volver a empezar. Un año tras otro, y vuelta a empezar. Siempre en el mismo sitio, siempre las mismas caras, siempre los mismos movimientos. Uno, dos, tres, y vuelta a empezar.
El oficio de monitor es más quemante que el hielo, sin alicientes extrínsecos, y el entrenador-dios lleva tiempo quemado. La carga le abruma y no hay salida. Los años no pasan en balde y el acceso al mundo laboral es cada vez más difícil.
En realidad el entrenador-dios lleva una vida muelle que se resiste a perder, pero también quiere crecer y las cuentas no le cuadran. El sueldito de monitor estaba bien cuando comía y dormía en casa de mami. Pero las responsabilidades adquiridas pesan como una losa y no hay futuro en el deporte para un entrenador de base que se aferra a un trabajo cómodo pero sin porvenir.
4 de diciembre de 2007
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(Jean Dolent)















Por ahora (he vuelto a releer el primer artículo dedicado al entrenador-dios) lo único que se me ocurre, y no es poco, es:
-Esta es una de las historias más tristes que he leído en mucho tiempo.
En el enlace que proporciono hacia el final del artículo, el que lleva a la definición de “burn-out“, se habla de otras profesiones que conoces.
Que nadie confunda el burn-out con el mobbing. Éste es más triste todavía, ya que entra en juego el terrible pecado congénito y cainita de la envidia, que se alía con la codicia y la mezquindad de las personas.
Puedo asegurarte que la historia es cierta (más de uno se verá reflejado). El texto encierra algunas moralejas, de las que destacaría la que se deriva del último párrafo.
Me tomo tu comentario como un cumplido, pues quería darle un cariz triste a la historia.
Y cuando estos entrenadores dioses no salen de su Olimpo y además de estar en posesión de la única verdad se erigen en los caciques del equipo… que pasa con los niños … que pasa con esos niños, cuyos padres como comentas en tu artículo, no le rien sus gracietas …. ellos pagan las consecuencias… ¿qué podemos hacer?
¿irnos del equipo y dejarle que siga en su feudo?.
Las escuelas deberían tener a alguien encargado de bajarles a la tierra.
Esos adultos cobardes se enfrentan a niños valientes.
¿Hacer? Cuando escribí el artículo no he pensado en esa segunda parte de la cuestión. Supongo que habría materia para otro artículo. Éste era simplemente una denuncia de lo que está pasando por toda la geografía española.
Parece que sabes bien de lo que hablas, como si lo estuvieras padeciendo. Si escribo un artículo continuación de éste, te lo haré saber añadiendo aquí un comentario, ya que veo que te has suscrito a los comentarios de este artículo.
Así, a bote pronto, se me ocurre que habría que emplear estrategias de psicología social.
Estos caciques son maestros en el arte de manejar la opinión pública de su pueblo (fuera de su pecera no valen ni para atar paquetes). Recuerda que “opinión pública” no es lo que opina el público, sino lo que se puede opinar en público.
Se han creado una fachada de bondad, gentileza, simpatía y cualidades similares, cuando en realidad son más falsos que las monedas de diecisiete pesetas.
Entiendo que las posibles soluciones deberían plantearse a largo plazo (cuando el hijo del afectado ya esté fuera de las garras de estos desaprensivos; en eso se fundamenta parte de su aparente éxito). Comenzar cambiando la opinión de tu entorno sería un paso. Por supuesto, utilizando sus mismas armas, es decir, sin dar la cara.
Gente de esta calaña han llegado a amenazar a personas que no les ríen sus gracietas con mover piezas para que sean cuestionados en su centro laboral (detrás de un entrenador-dios suele estar siempre su mamá o/y su papá). Convendría invertir las tornas amenazando su modus vivendi que es su modus operandi. Quizá ese sea su talón de Aquiles en comunidades reducidas. Sin uno, pierden el otro y se quedan sin nada.
Lo dicho, si decido escribir un artículo dando respuesta a tu pregunta, te lo haré saber. Mi decisión de escribirlo o no sólo vendrá motivada por la calidad que yo entienda que pueda darle al escrito. Si a mi juicio no llego a un “notable alto”, no lo publicaré. La fase de documentación tal vez me lleve unos meses, pues entiende que no me voy a dedicar a ello expresamente.
Gracias por tu comentario. Tu aportación ha sido inestimable.
La agonía del entrenador-dios
tema: deporte base
claves: entrenadores, apatía, cansancio, galvana, triquiñuelas, desesperación
resumen: refleja la decadencia paulatina de un monitor de base
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