TODOS HEMOS oído en más de una ocasión que el circo se muere. Incluso podríamos constatar por nosotros mismos que el circo ha desparecido. ¿Cuándo ha sido la última vez que un circo visitó nuestro pueblo o nuestra ciudad?

Existe un axioma que es válido para cualquier orden de esta vida: si un algo, individual o colectivo, desaparece, otro ocupa su lugar. Y el mundejo del espectáculo no iba a ser una excepción.


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El circo ha estado siempre con nosotros; está entre nosotros y goza de estupenda salud. Y nosotros seguimos disfrutando, como siempre, con el circo. Ahora nos podemos solazar con el circo por televisión, pero todavía es posible asistir en vivo y en directo: fieras y domadores, equilibristas y malabaristas, no dejan de asombrarnos con sus piruetas en la arena del circo.

Continuamos comprando entradas para ir a ver lo que se ha dado en llamar el mayor espectáculo del mundo: el circo. Seguimos las evoluciones de los funambulistas y los trapecistas con el corazón en un puño. Se juegan la vida porque no existe una red salvadora que proteja de un choque fatal contra el suelo o contra el muro.

Los dueños del espectáculo, haciendo buena esa gran máxima del circo, el más difícil todavía, idean nuevas pruebas en las que los acróbatas se juegan la vida. A veces, ese ansia de llegar más lejos se cobra vidas, pero no importa porque el espectáculo debe continuar (otra de las grandes máximas circenses).

Qué facilidad, qué gracilidad, con qué elegancia se desenvuelven los artistas de este nuevo circo, donde a nadie se le permite el más mínimo fallo so pena de quedarse sin empleo.

La música y las majorettes siguen siendo indispensables para amenizar las tardes de circo. Magos e ilusionistas, que lo mismo hacen una entrada espectacular que escamotean una bola, nos siguen maravillando con números ensayados hasta la saciedad en esas tediosas tardes de semana que se viven en los campamentos circenses, donde huele a sangre, sudor y linimento. Y a veces a aguardiente y azucarillos (el agua debe ser inodora).


(de la colección de cartas infantiles “El circo”, de Heraclio Fournier)

En realidad el circo no ha muerto, se ha transformado. Se ha profesionalizado su difusión, se ha politizado su alcance, y se ha dignificado la figura del artista, que ya no viaja en carromatos descacharrados ni duerme en roulottes desvencijadas.

Ahora, los malabaristas de la canasta, los pilotos funambulistas de las carreras a motor (siempre sobre la cuerda floja de la velocidad), los trapecistas y contorsionistas de la gimnasia, los acróbatas que cabalgan sobre tablas de surfing y snowboarding o que saltan a lomos de motos de trial indoor, los magos de la raqueta y del putt, los hombres-bala del atletismo o del ciclismo, viajan en avión en primera clase y duermen en hoteles de cuatro y cinco estrellas.

Y ganan unos sueldos que harían enrojecer de envidia a los promotores de los circos de antaño. Pero los propietarios de este circo de nuestros días nadan en la abundancia, con lo que las distancias se mantienen. Unos arriesgan el pellejo y otros arriesgan parte de la pasta que tienen.

No se engañen, sigue habiendo oficios y estrellas que distan de ser vedettes en este nuevo circo mundial: los lanzadores de cuchillos (flechas, balas o piedras de curling), los forzudos halterófilos, los equilibristas del patinaje artístico. Estos artistas siguen formando una troupe aparte, viajando juntos en clase turista, pero sin tanta cochambre ni tantas miserias como lo hiciera César Cascabel.

Recorren el mundo de un extremo a otro y siempre están listos para actuar cuando se levanta el telón: llueva, nieve o granice, el circo siempre da su función.

Nota: La canción que aparece en este artículo está enlazada directamente con la web Los payasos de la tele.

11 de diciembre de 2007