Una burla al contribuyente
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Administraciones publicas
TENEMOS UN nuevo parroquiano en El Abrevadero. Es alguien que parece conocer el mundo del deporte, y más de cerca aún el mundo de las Administraciones públicas.
Tal vez sólo sea mi impresión, pero creo que ha caído bien; todos hemos congeniado con él. Además de tener una conversación afable el hombre parece sentirse a gusto entre nosotros.
Es como si le hubiéramos conocido hace tiempo y hubiera regresado ahora tras un largo exilio retomando sin trabajo sus antiguos hábitos y amistades.
El miércoles jugábamos al xiangqi —ajedrez chino—, porque en El Abrevadero somos así de chulos, y a veces nos divertimos con juegos exóticos. Y mientras avanzaba la partida nuestro nuevo feligrés iba desgranando una historia que intentaré reproducir aquí con fidelidad.
Protestaba por lo que él llamaba una burla al contribuyente que enmarcaba dentro de las actuaciones deportivas, aunque bien pensado pueden darse en cualquier otro marco de actuación.
Me decía que cada vez que el Consejero de Cultura o el Director General de Deportes se desplaza de su centro de trabajo con motivo de, pongamos, acudir a una inauguración, el gobierno autonómico le abona una dieta (como todos sabemos, las dietas no se declaran a Hacienda).
«Esta dieta consta de gastos de locomoción y gastos de manutención. Si se desplaza en su vehículo personal se le abonan (por ley) 23 céntimos por kilómetro [creo recordar que me dijo]. Por supuesto se contabilizan tanto los kilómetros de ida como los de vuelta.
»La otra parte de la dieta corresponde a la comida que con motivo de su desplazamiento se ve “obligado” a hacer. Esta cantidad es fija y gira en torno a los 60 euros. Si gasta más, lo paga de su bolsillo. Si gasta menos, se queda con la diferencia. Pero no tiene que presentar tique alguno. Le abonan la dieta y no le hacen más preguntas.
»Esto es hasta lógico, porque ya me dirás qué pinta un Director General comiendo el menú del día por 8 ó 10 euros en una tasca y rodeado de obreros :-P [es lo que cuesta por estos pagos, no me venga nadie a someter al tercer grado con el rollo ese de que tiene una pregunta para mí].
»Lo que sucede en realidad es que validando el síndrome de “Bienvenido míster Marshall”, el Alcalde de la localidad visitada organiza un ágape al que están invitados sus concejales más cercanos.
»Y así, todos en comunión ante una pantagruélica comida se supone que hablan de inversiones públicas y de ideas felices para atraer la inversión privada al municipio.
»Pero el aguililla del Consejero o Director General no comunica al gobierno autónomo que le han invitado a comer. Con lo que se embolsa la dieta de los 60 euros más el kilometraje.
»¿Que no es mucho? Veamos. Pongamos una media de desplazamiento de cien kilómetros entre ida y vuelta (dependerá mucho del tamaño de la comunidad autónoma). El kilometraje suma 23 euros, que añadidos a los 60 de la manutención son ya 83 euros.
»Ahora se entiende ese ansia que tienen algunos directores generales de deportes por visitar los campos de juego, polideportivos, frontones, piscinas o boleras, y estar encima del proceso de construcción.
»Visita para poner la primera piedra (!). Visita para hacer un seguimiento de las obras. Visita para valorar unas mejoras no previstas en el presupuesto inicial. Visita para hacer un seguimiento de las mejoras acometidas. Visita para dar el visto bueno. Y, por fin, visita para inaugurar las instalaciones deportivas.
»Como durante la legislatura siempre se están realizando obras en diferentes núcleos urbanos y rurales, es fácil que haya meses en los que esos pájaros hagan dos o tres visitas por semana.
»Son diez visitas en un mes, a 83 euros cada una, nos da un total de 830 euros de incremento en el sueldo mensual [qué recuerdos los de aquel Un, dos, tres…]. Aunque es cierto que algo de gasto real ha tenido el hombre: el gasoil y el desgaste de ruedas, aceite y frenos».
Y me preguntaba: «¿no es esto una burla al contribuyente que paga dos veces por el mismo concepto, embolsándose directamente la mitad en su peculio particular el político de turno?».
Sin darme tiempo a responder, concluyó diciendo que no le atraían los fangales de la política municipal, pero que si fuera concejal a fe que le divertiría enviar a su casa al director general con un bocata de mortadela. «¿Cuánto crees que duraría yo en mi ilusorio cargo?», me preguntó.
No supe contestarle, pero sí que me he puesto a investigar para averiguar hasta dónde lo que me dijo es cierto.
14 de diciembre de 2007
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Pues es tan cierto como que en estos momentos hace un frío que pela. ¡Menuda rasca! Quizás las cantidades se queden cortas, fíjate tú. Incluso eso de que el tipo va en su coche, me parece como que no, como que es uno de la Administración. O, en todo caso, que no viaja solo, sino que le acompañan otros cuantos, lo que hace que los gastos del kilometraje se repartan y toquen a más. Y no es por molestar pero más de uno aprovecha algún viajecito (sobre todo si hay que hacer noche) para echar una canilla al aire.
En unos tiempos en que un vulgar chat, una videoconferencia o simplemente un corresponsal podría evitar tanto viaje y tanta gaita, resulta que cada vez se desplazan más estos tipos. Y no sólo los Consejeros o directores generales, si no los concejales, asesores, técnicos cualificados… Y, además, cuando llegan casi todo está perfectamente organizado y programado para que no haya sustos o advenedizos que jodan la marrana. Yo sé de algunos que hasta les pintan con tiza en el suelo el recorrido que deben hacer en la inaguración o en el chalaneo para el que les han convocado.
Pero bueno, largo y profundo es el bolsillo del contribuyente, que paga no sólo a través de la Renta sino cada vez que compra un artículo de consumo (aunque sea de máxima necesidad). Pero ésto es otra historia aún más truculenta.
Presiento que va a ser muy jugosa la aportación del nuevo parroquiano…
Yo creo que esto tiene nombre. Quizá se aproxime más a la sisa que al hurto, pero en todo caso no es lícito.
Me parece que hay una suerte de mano floja en lo que a la administración del dinero público se refiere. El dinero público, convertido en especie, es más fácil de mangonear.