DESDE EL principio me impuse no entrar a valorar en El Espectador aquellos asuntos que competen a la esfera de las decisiones de las entidades privadas. Me trae sin cuidado si el R.Madrid ficha a fulano y no a mengano, o si en el Barça zutano se va de fiesta con perengano.

Son situaciones circunstanciales en la vida de las entidades deportivas, ya sean clubes o SAD. Que citrano rinda más por la banda derecha o que otrano no entre en juego porque encuentra taponado su espacio natural son cosas de índole técnica que no estoy dispuesto a analizar (más que nada para no perder el tiempo).

Esos “análisis conceptuales” los dejo para los periodistas que viven de la polémica y necesitan sembrarla cuando no existe. Aunque de un tiempo a esta parte han entrado al trapo los típicos “proyecto de entrenador” que siempre han aleteado por las barras de los bares y que ahora triscan por la blogosfera, llenando ésta de retroanálisis y contra-análisis a cual más fútil.

Es como si se hubiera dado un pistoletazo de salida y todos corrieran en pos de la idea más feliz o de la solución más rocambolesca, como si dispusieran de una piedra filosofal que remedia los males de la gestión deportiva en cualquiera de sus ámbitos. Desde mi perspectiva, son trabajos estériles que carecen de sentido.

Primero porque ese esfuerzo no lleva a ningún puerto. La persona que ha de tomar las decisiones en la entidad deportiva, ya sea presidente o entrenador (cada uno en su parcela de gobierno), no son gente pusilánime, pues para llegar donde están han debido transitar un espinoso camino que a modo de criba remueve de él a los pobres de espíritu. Además, me consta, están rodeados de un grupo de personas de su entera confianza que saben lo que se traen entre manos, y en consecuencia sólo prestan atención a sus consejos.

Cierto que comenten errores —el que esté libre de este pecado que tire la primera piedra, como dijo aquél—, pero no hasta el punto que trata de mostrarse con el escarnio de que les hacen objeto quienes creen estar en posesión de la verdad.

Y en segundo lugar esos trabajos carecen de sentido porque nunca se sabrá si de haber aplicado el bálsamo propuesto, el club objeto de estudio se libraría de los achaques que padece. Se trata de una entidad privada y la opinión de estos abnegados infelices no tiene valor alguno.

Es el “sabiondismo” inherente al pueblo español elevado a la categoría de ciencia (de la información). Por más que me he afanado en entender el sentido de todas esas críticas al sistema de juego que dispone el entrenador o a la gestión administrativa que promueve la directiva, no acabo de encontrarle el gustillo a la cosa. La encuentro insípida.

Es por ello que en esta bitácora me ocupo de temas deportivos cuyas conclusiones me pueden hacer crecer como persona, como entrenador, como directivo, como organizador… Ya he dicho en las presentaciones que en su día hice de esta bitácora que prácticamente he pasado por todos los estamentos que pueden darse en el deporte de base y de competición, e incluso en el de alta competición (sí, por qué no decirlo).

A veces he tocado asuntos próximos a esa vida privada de las entidades deportivas. Lo he hecho (y lo seguiré haciendo) cuando he creído que se podían extraer enseñanzas válidas para el resto de los mortales: los que no debutaremos nunca en primera división o los que ya no volveremos a hacerlo aunque nos lo propusiéramos de nuevo…

Otra serie de artículos de El Espectador, quizá los más numerosos, han sido críticos con las actuaciones de todos aquellos que se desenvuelven en la esfera de lo público. Desde los ayuntamientos y su deporte municipal hasta el CSD y su deporte de elite, llegando incluso a criticar al COI como entidad privada que gusta de coquetear (obteniendo más que jugosos réditos) con los organismos públicos.

Todo este prolegómeno era para decir que me disponía a criticar lo que está acaeciendo en el seno de una de esas SAD tan punteras. Pero como escribiendo los cuartetos he terminado con los tercetos, no es cosa ahora de alargarlo innecesariamente con un estrambote.

Queda pues para el viernes mi crítica ácida sobre un particular que a buen seguro no será del gusto de los seguidistas y aplaudidores ni de los ávidos de revueltas y mascaradas.

día de navidad de 2007