SEÑALABA EN el último artículo que la caída de sus valores más intrínsecos que está afectando al deporte en estos primeros compases del siglo XXI es un déjà vu padecido con motivo de los Juegos Olímpicos de la antigüedad.

Los excesos propiciados por la profesionalización de los atletas vino a devaluar el prestigio que tenían los campeones, aunque la palabra profesionalismo no hubiera sido acuñada aún —¡que no es lo mismo que profesionalidad!

Nos encontramos donde estábamos dieciocho siglos atrás, cuando la llegada de una espiritualidad desconocida hasta entonces en el mundo europeo acabó con la dolce vita que exhibían sin sonrojo los profesionales del deporte de aquella época, campeones en los siete pecados capitales.

Ignoro si está por llegar una nueva ola espiritual a nuestro mundo materializado actual, del que han desaparecido muchos de los valores más honorables. Pero si hay que corregir a los deportistas profesionales —que lo que buscan, no nos engañemos, es más dinero, por mucho del que dispongan— no puede hacerse tan torpemente como la ATP ha hecho.

Querían poner coto al desenfreno que han supuesto las apuestas deportivas en el tenis profesional y han optado por la manera menos noble y menos inteligente posible.

Han cogido a un desconocido, el número 124 del ranquin mundial, y le han sancionado con 60.000 dólares USA por unas apuestas en partidos en los que no intervino.

No contentos con esta multa, han cargado al chaval con nueve meses de inhabilitación —y por tanto sin ingresos—. La ATP quería más sangre. Quería suspenderle a perpetuidad, en la esperpéntica idea de que así darían una sanción ejemplar.

Intuyo que no tienen valor para apuntar más arriba. Las sanciones ejemplares no se consiguen aplicando las penas máximas a un infeliz, sino castigando a los más poderosos —quien haya leído a Maquiavelo sabe de qué estoy hablando—. Esta mala praxis está extendida entre la mayoría de los comités de competición.

Copiaré una valiosa leyenda que ilustra el modus operandi que deberían adoptar los comités de competición para salvaguardar la esencia del deporte. Aparecía en mi libro de lecturas de 5º de EGB (para los que gustan de los datos entrañables diré que el libro, impreso por Editorial Miñón, fue presentado en el Ministerio de Educación y Ciencia el 21 de enero de 1969, y les costó a mis padres 65 Ptas).

La campana de Huesca

Le sacaron del convento donde, “ni envidioso ni envidiado”, vivía retirado hacía cuarenta años, y le sentaron en el trono de Aragón.
[…]
Ramiro II había sido monje en Tomares y fray Frotardo dirigió como confesor, durante muchos años, la conciencia del ahora monarca de Aragón. Los caballeros, llegados a matacaballo, eran portadores de una carta sellada para el abad. Leyóla éste en silencio. Contaba en ella Ramiro sus apuros y pedía el consejo del que sabía era prudente y talentudo.
[…]
—¡Vais a ver —exclamó el Rey, llamando la atención de los caballeros nobles y grandes—; vais a ver la campana que he mandado fundir en los subterráneos del palacio, para que pregone la gloria y la fortaleza del rey Don Ramiro II! Estoy seguro que su tañido os hará prudentes y comedidos, serviciales y solícitos a mi voz.
[…]
Y los tañidos de la famosa campana, que aún, según la tradición, se escuchan de noche en el antiguo palacio real de Huesca, con sonido congojoso y lejanísimo, recogidos por la leyenda, la literatura y el arte, se han perpetuado a través de los siglos y han llegado hasta nosotros como un eco trágico y espeluznante.

(Santos Díaz)

(lee aquí la leyenda completa)

Pues sí, éstas eran las lecturas que nos daban a los niños de diez años, enriqueciendo nuestro vocabulario y quien sabe con qué otros fines (me temo que los niños de hoy en día están excesivamente protegidos con lecturas escogidas en demasía).

Pero volviendo al mundo del tenis, ayer un desconocido para el gran público ha ganado a Roger Federer. ¿Sospechará la ATP del número uno mundial? ¿Se atreverán a sancionarlo? ¿No supondrá esa falta de disposición un salvoconducto hacia la impunidad?

13 de noviembre de 2007
[la leyenda es digna de un martes trece, ¿no te parece?]