Despejando

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No deja de tener su coña marinera el titular: «El Barça no gana “ni por arte de birlibirloque”, según la prensa». ¡Cooooooncho!, ¿y vosotros qué sois?.
“Toda palabra dicha despierta una idea contraria” (Goethe)
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 Artes marciales urbanas

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NADA HAY más duro en nuestra sociedad que ver morir a un hijo o perderlo en la distancia. No importa la edad del rapaz. Siempre es un acto contra natura que los padres sobrevivan a los hijos.

Por ello, por la enajenación que llega tras la muerte de un hijo, se puede disculpar que un padre diga públicamente una sarta de sandeces. No está la mente como para medir la validez de lo que se dice.

Pero no disculpo la actitud de los plumillas que deciden con frialdad dar cobertura a una noticia, y ampliar detalles y recoger todo tipo de anécdotas en relación a un suceso luctuoso con la idea de vender el periódico de pasado mañana.

No están claras las circunstancias en las que un joven asturiano murió tras una discusión en una discoteca de Tenerife: «El juez deja en libertad al portero que propinó la paliza al joven de Cangas de Narcea».

El plumilla da por cierta una paliza en el titular de la noticia —parapetándose en la brevedad que impone el arte de titular e introduciendo ladinamente en la mente del lector un pre-juicio— para pasar en la entradilla a matizar el consabido “presuntamente” al objeto de evitar una posterior querella. Pero remata la faena arteramente al aplicar el adjetivo “brutal” por si el obligado latiguillo exculpador introducía alguna duda en la mente del lector.

Tener que depender de la torticería para mantener el puesto de trabajo haría que a un servidor se le atragantaran las alubias que llevaría a casa. Pero cada cual tiene su estómago, y feliz quien carece de conciencia.

Viendo el cariz que tomaba el texto, debí dejar de leer en ese punto como tengo por costumbre. Pero la necesidad de saber en qué paraba aquel asunto por motivos que me reservo hizo que continuara leyendo.

Me parece poco serio que el periodista ponga en boca del padre —quien en el momento del fatal desenlace se encontraba lejos de allí— la versión de lo acontecido, dándola por buena o, al menos, sin matizar que es una de las versiones.

Hay que decir que de un primer examen forense no parece desprenderse que hubo tal brutal paliza. Tras dos horas buscando en Internet puedo asegurar, salvo torpeza de quien suscribe, que se ha silenciado toda información del resultado de la autopsia.

Pero el culmen de la desfachatez del satélite de rotativa es recoger la siguiente frase del padre, presentándola como lapidaria:

“Hay porteros que son asesinos en potencia, se llenan de anabolizantes y con un solo golpe pueden matar a una persona, como hicieron con mi hijo.”

Nótese que tras la frase, el gacetillero rodea al dicente de un aura de credibilidad citando su profesión, un oficio en el que por fuerza se supone la honradez del que lo desempeña. (Abrigo la sospecha de que el chupatintas siente cierta animadversión hacia el gremio de porteros de salas de fiestas).

El foliculario, desde la tranquilidad de la redacción, escoge las palabras con mucho tacto, entrecomillándolas para eludir responsabilidades. Pero sabe que por el mero hecho de transcribirlas y darles difusión criminaliza a todo un colectivo a pesar del manido impersonal con el que comienza la frase.

Cinco años de Facultad deberían bastar para saber que unos anabolizantes no convierten a nadie en Hulk. Sin olvidar que el portero, en todo caso, será juzgado por un delito de homicidio y no por asesinato. Da la sensación de que hay momentos en los que no interesa elegir la información veraz y conviene más mezclar los bulos con el entrecomillado.

No se recoge en la nota de prensa, pero también se llamó la atención sobre el hecho de que el portero pudiera ser practicante de artes marciales, porque, decían, eso elevaría su responsabilidad. Y es que, digo yo, le podrían haber enseñado técnicas mortales en el dojo

Así, en el intento de cargar sobre el colectivo de porteros de noche, se cuestiona también a todo practicante de artes marciales.

Veo que se han establecido conexiones entre el mundo deportivo y el mundo laboral alejado de la práctica deportiva, si bien presentadas bajo un aura de oscuridad: anabolizantes, gimnasios, artes marciales…

Me pregunto si cualquier deportista de los que se dopan con anabolizantes es capaz de matar de un solo golpe.

Me pregunto si los boxeadores, taekwondokas y kicboxers tomaran anabolizantes los combates acabarían con la muerte del rival.

Es una leyenda urbana que un practicante de artes marciales no pueda defenderse sin avisar antes de que tiene conocimientos de autodefensa, y lo es también que le vaya a ser retirada la licencia federativa en caso de hacerlo. Es falso que un competidor de cualquier arte marcial no pueda repeler una agresión.

Si fuera cierto, a los porteros de salas de fiestas que practican artes marciales no les quedaría más remedio que dejarse golpear, porque los testigos serán amigos del cliente del establecimiento.

O serán otros clientes quienes se solidarizarán con el lesionado en caso de prestar declaración. Aunque ya sabemos que el dar por cierto la opinión general es una falacia ad populum. Que una persona acabe golpeada no supone necesariamente que sea la “víctima”. Tal vez ha provocado el altercado y ha salido trasquilado.

Incluso es falso que los practicantes de artes marciales tengan expresamente prohibido iniciar una pelea y agredir a otras personas; ni más ni menos que otros ciudadanos.

Lo que sí es cierto es que en caso de ensañamiento el juez no tendrá en cuenta ciertos atenuantes o/y eximentes con el artista marcial. Pero no se le puede exigir a nadie que en el fragor de una pelea mida sus golpes para causar el menor daño posible, porque eso podría ir en detrimento de su propia seguridad.

La Ley será igual de dura para quien inicie una agresión, sea asiduo de un gimnasio de artes marciales o trabaje en un bufete o alterne en una sala de fiestas.

23 de octubre de 2007

“Toda palabra dicha despierta una idea contraria” (Goethe)
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 Apocalipsis energético y deporte

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JULIO VERNE es uno de mis escritores favoritos, y sospecho que lo es también de miles de jóvenes tan carrozas como yo. El padre de la Ciencia Ficción combinó como nadie había hecho hasta entonces las aventuras, la ciencia y ese sentimiento de superación que define a nuestra especie y que quizá sea el motivo de nuestra extinción, habida cuenta de la situación en que tenemos a nuestro planeta.

Artículo escrito —tarde— para el Blog Action Day 2007

(¿Por qué no pondrán una semana de margen para este tipo de acciones?)

Además de los méritos visionarios por todos conocidos, Julio Verne predice en algunas de sus novelas menos difundidas el ascenso en Europa de las dictaduras habidas en el siglo XX, el uso de Internet o el fin —y el renacer— del ser humano. Aunque a decir verdad esto último aún no se ha cumplido, llevamos camino de satisfacer la mente adelantada de este francés eminente.

En la novela corta “El eterno Adán” la crecida del nivel de las aguas marinas arrasa nuestro planeta dejando con vida a una treintena de seres humanos (en realidad Verne hunde los continentes). Esa inundación universal no es futuro sino presente paulatino, y la responsable es nuestra especie humana.

Julio Verne vivió en una época en la que la ciencia y la tecnología aparecían como compañeras imparables. El hombre, como nuevo dueño del planeta, quiso encontrar sus límites. Se generó un culto a la velocidad, el cual encontramos implícito en sus novelas. Sus ingenios mecánicos están concebidos para atravesar océanos, surcar espacios y cruzar territorios en el menor tiempo posible.

Ese culto a la velocidad de los artefactos mecánicos de aquellos tiempos ha perdurado hasta nuestros días, y son legión los aficionados que se dejan arrastrar por su pasión: los llamados deportes de motor.

Con la popularización del automóvil —otro hito previsto por Julio Verne—, el aumento de la velocidad en estos artilugios ha sido el motor que ha dinamizado la industria del sector durante todo el siglo pasado, a pesar de las limitaciones de velocidad que encontramos en las carreteras convencionales.

Los políticos supieron ver semejante incongruencia —aunque tarde, como siempre—; se ha prohibido la publicidad en que se hace alusión a la velocidad del vehículo; ahora los fabricantes canalizan sus esfuerzos en mejorar el confort y la seguridad de los coches.

Desde hace poco en los comerciales de automóviles se incide en el bajo consumo del vehículo ofertado, lo que parece apuntar a una toma de conciencia de la industria automovilística —una de las más poderosas de nuestro sistema económico— sobre la importancia del ahorro energético.

Sin embargo, en toda esta toma de conciencia mundial me llama la atención el derroche energético que suponen las competiciones de velocidad en vehículos de tracción mecánica. Consumo de energía que solo induce a seguir gastando más energía absurdamente.

Así, a bote pronto, y sin tener afición a los deportes de motor, he recogido un nutrido ramillete de pruebas deportivas en las que el derroche energético debería ser estudiado y limitado.

Cualquiera tiene presente la fórmula uno y las carreras del mundial de motociclismo en sus diferentes cilindradas. Pero recordemos que los pilotos van siendo seleccionados desde muy jóvenes, y asistimos a innumerables carreras de karts y ciclomotores en cada rincón de Europa. Y añadamos a una competición de reciente creación, el A1 Grand Prix, otras fórmulas como la 3.000, la F3 o la GP2.

Pero en los circuitos se celebran también pruebas de turismos en múltiples versiones (prácticamente cada marca tiene la suya) y de camiones. Y ya que hablo de los circuitos, deberíamos incluir también el gasto energético extra que hacen los aficionados cuando alquilan estas instalaciones para tener sus propias vivencias.

No olvido el campeonato mundial de ralis, al que hay que sumar el sinfín de pruebas valederas para los campeonatos nacionales y regionales de esta modalidad en los países industrializados. Las subidas de montaña son otra de las especialidades en las que el consumo energético es elevado. Y no olvidemos los autocross, esa disciplina semejante al motocross pero en vehículo de cuatro ruedas.

Aprovecho para recordar los 1.001 campeonatos existentes de motocross, enduro, o trial en sus versiones indoor y outdoor, aunque en esta última especialidad siempre me ha parecido que el gasto energético no se dispara habida cuenta de que la velocidad no es tan determinante como la pericia. Recuerdo ahora que en los circuitos campestres también asistimos a las pruebas de 4×4.

En algunos países son muy populares las competiciones de motos sobre hielo y sobre una superficie de cenizas. El lector recordará sin duda esas imágenes en las que los motoristas circulan en permanente derrape por un anillo en el que toman la salida de cuatro en cuatro.

En los USA nos encontramos con modalidades automovilísticas que tienen un seguimiento masivo por parte del aficionado, quien a buen seguro participará en una rueda interminable de modalidades menores con la pretensión de imitar a sus ídolos y, quien sabe, llegar a superarlos.

Me estoy refiriendo a la NASCAR, a la Indy Racing, a la Champ Car, y a todas las series de competiciones de motor a las que ese pueblo es tan aficionado.

Entre ellas, con un consumo de energía especialmente alto, los campeonatos de dragster, esas máquinas que tan sólo están en pista durante cuatro o cinco segundos, y cuyos pilotos soportan una aceleración que nos dejaría groguis a la mayoría de los mortales sin la preparación adecuada.

Añado de paso un cúmulo interminable de exhibiciones y de saltos con esos big-foot cuyas ruedas llegan a ser más altas que un hombre corpulento.

Y no voy a obviar los constantes intentos de batir los récords mundiales de velocidad terrestre: en vehículo de cuatro ruedas, en vehículo de dos ruedas y con motor de gasóleo. Estas pruebas tienen lugar en un mítico lago salado con tal extensión de superficie como para garantizar la seguridad del piloto en caso de pérdida del control del vehículo. En la categoría libre se han sobrepasado con creces los mil kilómetros por hora.

La vanidad del hombre, una vez alcanzada esa cota de velocidad, le lleva a intentar batir el récord aunque se computen tan solo unas décimas más. Y no piensen que llegan, corren y se van, no. El intento de batir el récord es un trabajo de semanas con pruebas y más pruebas. Y mejor no hablar de los combustibles empleados.

No olvido tampoco las carreras de motonáutica; desde las pruebas de motos acuáticas, en las que existe un reguero de participantes en el concierto mundial, hasta las pruebas reservadas a millonarios con máquinas tan potentes que prácticamente están más tiempo en el aire que tocando el agua.

Ni tampoco olvido pruebas aéreas como la que patrocina con insistencia la bebida que te da alas. Además de esta prueba de habilidad aérea existen carreras de avionetas al uso, es decir, ver quien llega antes desde un punto dado hasta otro separados la distancia conveniente como para que una carrera en los cielos tenga sentido.

Si tenemos en cuenta que los vehículos de competición no funcionan con la gasolina que nos despachan en el surtidor más cercano, nos haremos una idea aproximada de la energía inútil que en aras del deporte se derrocha año tras año. El consumo energético no solo ocurre los días de competición; pensemos también en los entrenamientos y en las pruebas de prototipos que tienen lugar durante todo el año.

¿Con qué fuerza moral pueden los Ministerios de Industria o de Medio Ambiente y las instituciones internacionales recomendarnos moderar nuestro gasto energético diario como usuarios de a pie cuando los gobiernos permiten todas estas pruebas deportivas, e incluso las auspician, y aplauden a los campeones?

Porque, repito, todo este derroche energético en el mundo del deporte solo produce más consumo inútil de energía. ¿Debería sonar la hora de los deportes de motor? Tal vez el futuro del planeta agradecería que el mundo del deporte fuera más consciente del medio ambiente en el que surgió.

19 de octubre de 2007

“Toda palabra dicha despierta una idea contraria” (Goethe)
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