TENGO PUESTOS al baño María un par de artículos que no sé cuando acabarán viendo la luz del ciberespacio. Son un híbrido entre artículos de fondo y artículos de actualidad, esas temáticas de las que siempre es posible hablar y que el articulista guarda para apuntarse un tanto aprovechando una punta de actualidad. Pero es que me están perdiendo esa actualidad.

No obstante, no me puedo resistir a trasladar a este papel virtual el debate que tuvo lugar este fin de semana en El Abrevadero.

Se renegaba en mi pub favorito de la escalada que está viviendo la importación de talentos deportivos por parte, incluso, de las federaciones nacionales. El caso más sangrante es el del alemán Johann Mueleg, pero hay otros casos.

Como los deportistas que llegan a España escapando de su país por motivos políticos. O quienes han llegado al deporte profesional español reclutados a golpe de talonario, y que después se han nacionalizado meteóricamente. Sus expedientes, en cuanto han entrado en la cola de espera en la que les precedían los de otros inmigrantes, se han tratado como si en una pila hubiesen caído.

El ejemplo más significativo de esto es Leo Messi, jugador de fútbol. Pero a pesar de haberse nacionalizado español, el tipo ha preferido jugar con la selección de la federación futbolística de su país (cosa harto inteligente habida cuenta del rendimiento del fútbol español en el concierto internacional).

El caso de Roberto Carlos, otro jugador de fútbol profesional, es más burlesco si cabe. El hombre se nacionaliza español y nos cuenta en la prensa lo enamorado que está de este país y de que su naturalización le ha salido del alma, cuando era vox pópuli entre los aficionados que con ello no ocuparía una de las plazas de extranjero en su equipo.

A las primeras de cambio su amor a don dinero —muy respetable, por otro lado— le han llevado a él y a su certificado de ciudadano español a Turquía. ¿Se nacionalizará ahora allí como turco? ¿Pagará al fisco español, que es como se demuestra el amor a la patria que te acoge y te cobija?

Por último se habló en El Abrevadero del caso de Pernía, otro futbolista profesional nacionalizado español. Éste ha llegado a jugar con la selección de la RFEF, tal vez consciente de que no se comería un rosco con la selección de la federación de fútbol de su país.

Y hubo quórum en El Abrevadero para afirmar que ninguna de estas nacionalizaciones deportivas debían permitirse ya que vulneran el espíritu de las reglas deportivas. Los parroquianos de El Abrevadero coincidían en respetar el derecho de un prójimo que desea adquirir la ciudadanía española, pero siempre que se respeten los trámites pertinentes y que no se deriven beneficios deportivos, tal que no ocupar plaza de extranjero en su equipo profesional o usurpar el puesto de otro chico en una selección de federación española.

Porque no es sólo el muchacho Pernía quien jugando con la selección de la RFEF ha impedido a otro joven español realizar su sueño de vestir la camisola del equipo federativo y obtener un reconocimiento de talla nacional. Esta práctica es habitual en otras modalidades deportivas.

¿De qué valen los éxitos y medallas de las selecciones de las federaciones deportivas españolas si no los consiguen los deportistas forjados en España? ¿Qué tipo de éxtasis alcanzan quienes lo consienten? ¿Y por qué negarle a un ciudadano español de nacimiento el honor de competir internacionalmente para favorecer el ego y el bolsillo de otro ciudadano español que lo es por papeleo y por interés?

En El Abrevadero se coincidía en que se deben respetar los derechos civiles de esos ciudadanos españoles que firmaron en su día el acta de nacionalización. Pero ya que nunca vieron su participación en las selecciones de las federaciones españolas más que como un medio de promoción personal, debería vetarse — o condicionarse seriamente— su participación en las mismas.

¿Tan vital es para los culos apoltronados de los dirigentes el asomar la cabeza por los medalleros internacionales?

12 de octubre de 2007