EN LOS centros clínicos y hospitalarios los trabajadores saben que los médicos son dios. Están por encima del bien y del mal; sus opiniones son incuestionables y sus decisiones inapelables. Y como tal se comportan: arrogancia, altivez, suficiencia, desdén… Son el estatus más alto de la pirámide sanitaria.

Ésta es la historia verídica de cómo un ciudadano de a pie cuestionó la opinión facultativa e hizo que el galeno modificara su decisión.

Ese ciudadano ejemplar no es otro que mi primo Pepote, al que tengo en gran estima y admiración. En el País Vasco, donde reside mi primo Pepote, puede que aún exista algún pueblecito sin su polideportivo, pero todos tienen su frontón. Es la instalación deportiva típica de aquellas tierras.

Mi primo Pepote es un deportista nato, lo que unido a sus dotes de ingenio, inventiva e innovación le ha llevado a ser pionero en su tierra de muchas actividades deportivas y de tiempo libre. Recuerdo una ocasión en la que llegué a su casa —¡hará más de veinte años!— y me lo encuentro deshilando el cinturón de seguridad de un coche. A mi natural intriga responde que van a hacer puenting y que está consiguiendo hilo de alta calidad para coser los arneses. Así es mi primo Pepote.

Hace también mucho tiempo, jugando en el frontón de su pueblo, mi primo Pepote se lastimó en un hombro en una jugada en la que para devolver la pelota, que viene pegada a la pared lateral, hay que cambiar la pala de mano —si se es diestro— y, dejándose caer contra la pared inmediatamente después de golpear la bola, uno rebota empujándose con el hombro (en realidad con el deltoides) para salir propulsado hacia el centro del frontón al objeto de retomar una colocación que permita estar en situación de devolver el próximo pelotazo.

En este lance mi primo Pepote, quizá debido a un imperceptible resbalón, se golpeó en la cabeza del hombro, justo donde no hay musculatura que proteja la articulación. Quien haya llevado ahí un golpe sabe el dolor que causa un impacto en esa zona.

Resultado del porrazo fue una lesión que no solo le obligó a abandonar el partido sino a acudir al médico para que le determinasen el alcance del daño.

Después de las pruebas preceptivas el doctor le recomendó reposo absoluto durante cierto periodo de tiempo que me veo incapaz de precisar; posiblemente entre uno y dos meses.

Cuando finalizó su convalecencia volvió a acudir a la consulta del físico a fin de que le valoraran el alcance de su recuperación. El médico le comunicó que le daría el alta laboral: “Voy a darte el alta, chaval, porque ya puedes hacer vida normal”.

Mi primo Pepote, que ya habrán adivinado ustedes que no se queda atrás, le respondió:

—Entonces no me des el alta porque yo no puedo hacer vida normal. Para mí hacer vida normal es poder jugar a palas, y yo aún no puedo jugar.

El doctor se le quedó mirando durante un rato. Tras unos instantes de reflexión se limitó a prescribirle reposo durante quince días más. Con este tiempo extra mi primo Pepote recuperó perfectamente la lesión del hombro, lo que le permitió reincorporarse a su actividad laboral sin temer una recaída, ya que su trabajo por aquel entonces le exigía físicamente un cierto esfuerzo muscular.

Así, he sacado yo en conclusión que los médicos que nos atienden y nos curan tienen en su mano todos los ases para jugar a ser dios. Pero es gracias a nosotros que pueden disfrutar de ese don divino de curar al enfermo y sanar al herido.

26 de octubre de 2007