Apocalipsis energético y deporte
Viernes, 19 de Octubre de 2007 |
la aguja |
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tecnologia | sociedad
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JULIO VERNE es uno de mis escritores favoritos, y sospecho que lo es también de miles de jóvenes tan carrozas como yo. El padre de la Ciencia Ficción combinó como nadie había hecho hasta entonces las aventuras, la ciencia y ese sentimiento de superación que define a nuestra especie y que quizá sea el motivo de nuestra extinción, habida cuenta de la situación en que tenemos a nuestro planeta.
Artículo escrito —tarde— para el Blog Action Day 2007
(¿Por qué no pondrán una semana de margen para este tipo de acciones?)
Además de los méritos visionarios por todos conocidos, Julio Verne predice en algunas de sus novelas menos difundidas el ascenso en Europa de las dictaduras habidas en el siglo XX, el uso de Internet o el fin —y el renacer— del ser humano. Aunque a decir verdad esto último aún no se ha cumplido, llevamos camino de satisfacer la mente adelantada de este francés eminente.
En la novela corta “El eterno Adán” la crecida del nivel de las aguas marinas arrasa nuestro planeta dejando con vida a una treintena de seres humanos (en realidad Verne hunde los continentes). Esa inundación universal no es futuro sino presente paulatino, y la responsable es nuestra especie humana.
Julio Verne vivió en una época en la que la ciencia y la tecnología aparecían como compañeras imparables. El hombre, como nuevo dueño del planeta, quiso encontrar sus límites. Se generó un culto a la velocidad, el cual encontramos implícito en sus novelas. Sus ingenios mecánicos están concebidos para atravesar océanos, surcar espacios y cruzar territorios en el menor tiempo posible.
Ese culto a la velocidad de los artefactos mecánicos de aquellos tiempos ha perdurado hasta nuestros días, y son legión los aficionados que se dejan arrastrar por su pasión: los llamados deportes de motor.
Con la popularización del automóvil —otro hito previsto por Julio Verne—, el aumento de la velocidad en estos artilugios ha sido el motor que ha dinamizado la industria del sector durante todo el siglo pasado, a pesar de las limitaciones de velocidad que encontramos en las carreteras convencionales.
Los políticos supieron ver semejante incongruencia —aunque tarde, como siempre—; se ha prohibido la publicidad en que se hace alusión a la velocidad del vehículo; ahora los fabricantes canalizan sus esfuerzos en mejorar el confort y la seguridad de los coches.
Desde hace poco en los comerciales de automóviles se incide en el bajo consumo del vehículo ofertado, lo que parece apuntar a una toma de conciencia de la industria automovilística —una de las más poderosas de nuestro sistema económico— sobre la importancia del ahorro energético.
Sin embargo, en toda esta toma de conciencia mundial me llama la atención el derroche energético que suponen las competiciones de velocidad en vehículos de tracción mecánica. Consumo de energía que solo induce a seguir gastando más energía absurdamente.
Así, a bote pronto, y sin tener afición a los deportes de motor, he recogido un nutrido ramillete de pruebas deportivas en las que el derroche energético debería ser estudiado y limitado.
Cualquiera tiene presente la fórmula uno y las carreras del mundial de motociclismo en sus diferentes cilindradas. Pero recordemos que los pilotos van siendo seleccionados desde muy jóvenes, y asistimos a innumerables carreras de karts y ciclomotores en cada rincón de Europa. Y añadamos a una competición de reciente creación, el A1 Grand Prix, otras fórmulas como la 3.000, la F3 o la GP2.
Pero en los circuitos se celebran también pruebas de turismos en múltiples versiones (prácticamente cada marca tiene la suya) y de camiones. Y ya que hablo de los circuitos, deberíamos incluir también el gasto energético extra que hacen los aficionados cuando alquilan estas instalaciones para tener sus propias vivencias.
No olvido el campeonato mundial de ralis, al que hay que sumar el sinfín de pruebas valederas para los campeonatos nacionales y regionales de esta modalidad en los países industrializados. Las subidas de montaña son otra de las especialidades en las que el consumo energético es elevado. Y no olvidemos los autocross, esa disciplina semejante al motocross pero en vehículo de cuatro ruedas.
Aprovecho para recordar los 1.001 campeonatos existentes de motocross, enduro, o trial en sus versiones indoor y outdoor, aunque en esta última especialidad siempre me ha parecido que el gasto energético no se dispara habida cuenta de que la velocidad no es tan determinante como la pericia. Recuerdo ahora que en los circuitos campestres también asistimos a las pruebas de 4×4.
En algunos países son muy populares las competiciones de motos sobre hielo y sobre una superficie de cenizas. El lector recordará sin duda esas imágenes en las que los motoristas circulan en permanente derrape por un anillo en el que toman la salida de cuatro en cuatro.
En los USA nos encontramos con modalidades automovilísticas que tienen un seguimiento masivo por parte del aficionado, quien a buen seguro participará en una rueda interminable de modalidades menores con la pretensión de imitar a sus ídolos y, quien sabe, llegar a superarlos.
Me estoy refiriendo a la NASCAR, a la Indy Racing, a la Champ Car, y a todas las series de competiciones de motor a las que ese pueblo es tan aficionado.
Entre ellas, con un consumo de energía especialmente alto, los campeonatos de dragster, esas máquinas que tan sólo están en pista durante cuatro o cinco segundos, y cuyos pilotos soportan una aceleración que nos dejaría groguis a la mayoría de los mortales sin la preparación adecuada.
Añado de paso un cúmulo interminable de exhibiciones y de saltos con esos big-foot cuyas ruedas llegan a ser más altas que un hombre corpulento.
Y no voy a obviar los constantes intentos de batir los récords mundiales de velocidad terrestre: en vehículo de cuatro ruedas, en vehículo de dos ruedas y con motor de gasóleo. Estas pruebas tienen lugar en un mítico lago salado con tal extensión de superficie como para garantizar la seguridad del piloto en caso de pérdida del control del vehículo. En la categoría libre se han sobrepasado con creces los mil kilómetros por hora.
La vanidad del hombre, una vez alcanzada esa cota de velocidad, le lleva a intentar batir el récord aunque se computen tan solo unas décimas más. Y no piensen que llegan, corren y se van, no. El intento de batir el récord es un trabajo de semanas con pruebas y más pruebas. Y mejor no hablar de los combustibles empleados.
No olvido tampoco las carreras de motonáutica; desde las pruebas de motos acuáticas, en las que existe un reguero de participantes en el concierto mundial, hasta las pruebas reservadas a millonarios con máquinas tan potentes que prácticamente están más tiempo en el aire que tocando el agua.
Ni tampoco olvido pruebas aéreas como la que patrocina con insistencia la bebida que te da alas. Además de esta prueba de habilidad aérea existen carreras de avionetas al uso, es decir, ver quien llega antes desde un punto dado hasta otro separados la distancia conveniente como para que una carrera en los cielos tenga sentido.
Si tenemos en cuenta que los vehículos de competición no funcionan con la gasolina que nos despachan en el surtidor más cercano, nos haremos una idea aproximada de la energía inútil que en aras del deporte se derrocha año tras año. El consumo energético no solo ocurre los días de competición; pensemos también en los entrenamientos y en las pruebas de prototipos que tienen lugar durante todo el año.
¿Con qué fuerza moral pueden los Ministerios de Industria o de Medio Ambiente y las instituciones internacionales recomendarnos moderar nuestro gasto energético diario como usuarios de a pie cuando los gobiernos permiten todas estas pruebas deportivas, e incluso las auspician, y aplauden a los campeones?
Porque, repito, todo este derroche energético en el mundo del deporte solo produce más consumo inútil de energía. ¿Debería sonar la hora de los deportes de motor? Tal vez el futuro del planeta agradecería que el mundo del deporte fuera más consciente del medio ambiente en el que surgió.
19 de octubre de 2007
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de un descreído del deporte




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El señor Verne era un iluminado de su época ya que predecir los inventos que predijo con un siglo de por medio tiene su merito.
Cierto es que el cambio climático ya esta aqui y que cada vez nos meten más miedo sobre el tema, pero digo yo: ¿ no deberían de comenzar a restringir el consumo de energía las grandes multinacionales y empresas?. En fin es una cuestión un tanto delicada.
También es cierto de que en las numerosas pruebas de motor que mencionaste antes se malgasta un gran consumo de combustible, y digo yo: ¿ no sería mejor que esas pruebas se realizasen con un combustible no contaminante?.
En fin….
Supongo que el porcentaje del consumo mundial que le corresponde a las pruebas de motor sea ínfimo. No sé ni si llegará siquiera al 1%. Pero es cierto que se trata de un derroche energético en toda la extensión de la palabra. No produce nada, salvo más consumo de energía.
Habrá quien diga que se generan muchos puestos de trabajo. Pero bueno, durante la recesión económica que se vivió en Bilbao (y en muchos otros puntos de la geografía española) se cerraron fábricas que generaban muchos puestos de trabajo y el mundo siguió girando sin condolerse de quienes quedaron sin trabajo.
Hombre, no es lo mismo porque aquellas fábricas se supone que daban pérdidas (y mantengo mi “se supone”) y los deportes de motor se autofinancian, aunque con importantes ayudas de los Estados (1).
Pero aún así, no me consta que se esté haciendo algo por moderar el consumo de energía en estas pruebas. Eso sí, a quien se le exige un esfuerzo ahorrador es al contribuyente y al consumidor de a pie.
¡Coño!, empiecen ustedes dando ejemplo, y haciendo que quienes más carga mediática tienen den ejemplo a su vez. Así sí pueden tener sentido y calar más hondo este tipo de campañas de concienciación ecológica.
El problema que yo presentaba no es que los combustibles sean más o menos contaminantes, sino el gasto que se hace de ellos. Aunque quizá hayas dado una clave. Si limitaran estas pruebas a ciertos tipos de carburantes, quizá ya fuera un comienzo. Aunque me temo que “el espectáculo de la velocidad” se resentiría con ello. Como decía Puñetas en uno de sus artículos: si más velocidad no da ya más morbo, pues que corran de noche a ver si el peligro atrae a nuevos adeptos que pasen por caja.
¡TONTOS, QUE SOMOS TONTOS, Y POR ELLO NOS TRATAN COMO A TONTOS!
1.—(hemos hablado no hace tanto de los despliegues policiales —que pagamos todos— que con motivo de eventos deportivos las empresas organizadoras tan solo se limitan a solicitar al Estado con el descaro de retar a los poderes públicos a denegar los permisos preceptivos para la organización de tales eventos).
¡Pero cómo tienes la desfachatez de pedirles que den ejemplo los primeros! Al fin y al cabo, te dirán, su gasto es ínfimo comparado con lo que derrochan los millones de tontos del haba que usan el coche para ir a trabajar, cuando podrían ir en tren o autobús. Por eso los recortes siempre se hacen en las grandes partidas y no en las selectas.
Acabo de leer hace un rato, con el panorama próximo del cambio horario de finales de mes, que la UE reconocía en el 2000 que el ahorro energético que se consigue es mínimo (entre un 0 y un 0,5 %). ¡Y eso que es la suprema argumentación que los gobiernos dan para que desde 1974 andemos cambiando dos veces las manecillas al reloj con el consiguiente trastoque del sueño, de los biorritmos y otras zarandajas menores! La propia Red Eléctrica de España considera el ahorro “insignificante”.
Bueno, pues pese a ser insignificante el ahorro (el mismo argumento que usarían todos los que viven del derroche o gasto superfluo de deportes motorizados), los gobiernos siguen erre que erre con el tinglado del cambio horario, aplicándolo a Dinamarca lo mismo que a Italia. O sea que, aquí para unas cosas vale un argumento y para otras contrarias, también el mismo.
Este alarmismo desaforado que hay con lo del cambio climático me genera también cierta desconfianza si se transforma en una “excesiva comedura de coco”, vulgo “lavado de cerebro”. Me temo que sea un medio para empezar a recortarnos gastos a los de a pie mientras que esas mismas multinacionales y grandes industrias que citas siguen en sus disparatadas cuotas de gasto. Ocurre igual en la sequía: las restricciones se realizan al personal de botijo y grifo mientras que son intocables quienes más gastan, por falta de escrúpulos o de ganas de investigar o de usar medios más racionales. Dentro de la verdad evidente de que algo está cambiando en la naturaleza y el clima porque llevamos haciéndolo rematadamente mal desde hace muchos años, me temo que más de uno intenta colarnos otras miserias de las que los chicos de a pie no somos precisamente los más responsables.
Por cierto, no veas lo que gastan las exhibiciones áreas de los cazabombarderos o de los pájaros esos que usan todos los ejércitos del mundo. Verás como todos estos “bichos” no entran en la tómbola restrictiva del cambio climático. Un suponé…
En una de las muchas frases que cuelo en todos los artículos —y que hacen que me vaya siempre a los dos folios— digo que este derroche energético debería ser estudiado y limitado.
Me temo que no existen estudios sobre del porcentaje con que estos deportes de motor colaboran, ya no al cambio climático, sino al gasto innecesario de carburantes.
Estaba hoy viendo un documental de la plataforma y he recordado también todas esas exhibiciones aéreas acrobáticas. Y junto con lo que apuntas de las exhibiciones militares, me he preguntado: ¿podría seguir girando el mundo si se suprimieran todas esas exhibiciones?
No me cabe duda de que cuando estemos con el agua al cuello (y puede ser que literalmente) a alguno —tarde, como ocurrió con los anuncios de los veloces automóviles o con el tabaco y sus efectos nocivos— se le ocurra legislar en contra de lo que digo.
De todas formas, el artículo tenía que versar, por el asunto del Blog Action Day, sobre el medio ambiente, y sobre el deporte dada la temática de esta bitácora.
Así que no pasa nada porque tal vez no sea importante. Más concentraciones de moteros y más ralis de seiscientos y de coches de época. Entre todos, un servidor incluido, estamos echando granitos de arena sobre el ataúd que contendrá lo que quede del planeta.
El consuelo… que después de que desaparezca nuestra especie civilizada el planeta tendrá capacidad de regeneración. Si es que no somos nada.