Redundante

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minipost : en no más de 50 palabras
«Mullins, récord mundial de apnea con 244 metros sin respirar» titulan en Sport News. Está bien que maticen, aunque tal vez deberían haber explicado que establecer la plusmarca de apnea respirando es trampa…
“Toda palabra dicha despierta una idea contraria” (Goethe)
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 Off topic: las tribulaciones de un bitacorero

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¡¡No leas este artículo!! Es bastante farragoso y se trata sólo de un guiño personal.

QUERIDOS TATARANIETOS, choznos, bichoznos y vástagos varios. Os escribo desde el año 2007 a través del almacenamiento digital de datos. Según mis cálculos, si ya tengo bichoznos, es que estaréis leyendo estas líneas en torno al año 2145.

Ya no estaré entre vosotros, a no ser que las ciencias adelanten una barbaridad —pero de verdad— e inventen un tónico que permita alcanzar los 200 años. Pero quizá quede en algún disco duro la base de datos de este trabajo/pasatiempo mío y alguien pueda acceder a la lectura de estas notas.

Tendréis por ahí la historia oficial del deporte durante esta época. Pero al leerme os daréis cuenta de que a principios del siglo XXI existía un sector crítico con la línea oficialista de instituciones deportivas como el COI, el CSD

¿Que no sabéis qué era el COI? Pues investigad en la Biblioteca Galáctica, que tiene que aparecer información.

Hoy os escribo con motivo de que el próximo artículo hará el número 300. No es un número especialmente redondo, pero me resulta simpático alcanzarlo y he decidido celebrarlo con algo diferente. ¡Trescientos artículos escribiendo mis gilipolleces! Bueno, espero que algo de calidad sí que haya escrito entre tanta paja.

No, no me refiero a la calidad literaria, que demasiado sé que uno no pasa de aficionado “aporrea-teclas”… Precisamente por estas fechas arrecian las críticas hacia las personas que escriben bitácoras por esta cualidad de diletante.

¿Cómo dices? ¿Una bitácora? Bueno es una página web personal que se puede consultar a través de Internet, aunque también hay bitácoras institucionales y… ¿Internet? ¿Cómo que qué es Internet? ¿No existe Internet a mediados del siglo XXII? ¡No me lo puedo creer!

Bueno, supongo que tendréis otra cosa digamos más… ¿rápida…? para conectaros entre todos vosotros.

¿Neuro quéeee? ¡Hostias!, pues sí que las ciencias han adelantado una barbaridad.

Bueno, pues lo de Internet no es más que una red digital a escala mundial. Te conectas desde cualquier punto y puedes acceder a la información que alguien haya subido desde cualquier otro punto de la Red.

Por eso hay mucha gente que se ha puesto nerviosa. Por poco dinero, incluso gratuitamente, cualquier ciudadano puede dejar escritas sus ideas o sus vivencias, es decir, proporcionar opinión o/e información.

Hay quien ha dicho que las bitácoras sustituirían a la prensa profesional, lo cual, me temo, es mucho decir. Lo cierto es que es un nuevo medio de comunicación y ha de encontrar su sitio, como hicieron antes otros medios de comunicación: la radio, el cine y la televisión sucesivamente después de la prensa escrita.

Estamos asistiendo en estos momentos a una nueva vuelta de tuerca, a una escalada en lo que a defensa de derechos se refiere.

Está claro que aquel símil de que una bitácora es como la propia casa de uno no es válido. Cada cual, en su casa, puede decir las barbaridades que quiera. Pero hay cosas que no pueden decirse públicamente porque constituyen delito, como por ejemplo las expresiones de racismo.

Estos días atrás unas personas han quemado en público la imagen del rey de España. ¿Cómo? ¿Que ya no tenéis rey? Pues me alegra mucho saberlo.

Bueno, os decía que habían quemado esas fotos públicamente. Si lo hubieran hecho en la intimidad de su casa no hubiera pasado nada, obviamente.

A donde quiero llegar es a que hay que tener especial cuidado con las manifestaciones que uno haga en público, ya sea en un bar, en la prensa, en la radio o en una bitácora (ya veo que sí sabéis lo que es un bar; me alegro también de que haya cosas que nunca cambian).

Hay que saber diferenciar si uno está haciendo ciertas manifestaciones en petit comité o si las hace en público. Y hay que tener la certeza de que ese petit comité está formado por personas de confianza. Hoy en día cualquier pelagatos dispone de un teléfono móvil con grabador de voz y de imagen, tanto estática como en movimiento, con lo que puede aportar pruebas de lo que uno ha dicho.

En fin, que la lectura que hago es que uno puede dar su opinión sin caer en el insulto, la difamación, la injuria, y sin entrometerse en el honor de nadie. Cierto es que hay personajes públicos que deben soportar cierta carga de crítica, pero no hasta el punto de verse acosados u hostigados (estoy pensando en los paparazzi… No pasa nada, querido, no te pierdes nada por no saber qué es un paparazzi).

Lo que ocurre es que cuando uno está escribiendo su crítica es tan fácil saber qué es insulto como lo es traspasar la barrera de la vida privada de un personaje público. Además, lo que para uno es una agresión verbal para otro puede no ser más que una mera forma de expresarse.

Sí, para eso están los tribunales de Justicia. Pero los jueces son personas, por lo que no cabe esperar de ellos que sean justos el cien por cien del tiempo. Quiero decir, que no es posible exigírselo. Como gremio, tienen también sus intereses, y a veces se ven obligados a juzgar —y sentar jurisprudencia— sobre lo que puede afectarles en un futuro. Por ejemplo, soportar las críticas de que les haga objeto un individuo o un colectivo.

Yo llevo tres temporadas completas despotricando contra todo lo que se mueve en deporte, a todos los niveles. Sí, por supuesto que hay cosas que se están haciendo bien. Pero encuentro empalagoso hacer mención a esas buenas acciones para glosar sus bondades. Para eso ya están los medios de comunicación institucionales, que ensalzan sus propios méritos. Medios de comunicación en los que la línea crítica, por cierto, es inexistente.

Cuando os he dicho que creo haber escrito algo de calidad me refería a que espero que algo de lo que yo haya escrito durante estos años haya arrojado una nueva visión sobre algunos planteamientos. No sé quien me lee ni hasta donde llegan mis discursos. La mía no es una de esas bitácoras superpopulares.

Soy consciente de que me lee un grupito muy reducido de personas. Las estadísticas me dicen que tengo alrededor de mil visitas diarias —después del verano, dos quintos menos—, pero entiendo que muchos de los que entran desde un enlace o un buscador salen inmediatamente al ver que hay que leer más de cuatro párrafos seguidos. Lo que se está imponiendo en Internet es la escritura relámpago, que en el argot internetero se llaman posts.

Son un par de párrafos, tres a lo sumo; sólo el desenlace y una frase por toda introducción. Yo también me he sumado a ese carro con otra bitácora que empezó siendo un miniblog. El caso es que el plugin que implementaba el miniblog me ha corrompido la página de feeds y al final he decidido crear otra bitácora para practicar la escritura relámpago.

Pero escribir dos artículos de opinión por semana me lleva un tiempo que no puedo dedicar a la escritura relámpago. Digamos que estoy al límite del tiempo que estoy dispuesto a dedicarle a esta locura que es Internet y las bitácoras.

Os decía que soy consciente del grupito reducido de personas que son capaces de leerse entero un artículo de dos folios en la pantalla de un ordenador. Pongamos que un 1% de las visitas que tengo. Y aún así albergo la esperanza de vivir el efecto mariposa en alguno de mis planteamientos. Esto es, alguien que lee uno de mis artículos de opinión, que le gusta, que lo reenvía a un amigo, y ese amigo a una tercera persona y que esa lo reenvíe a otra amistad, hasta que llegue a las manos oportunas y, puesto que le llega recomendado, lo lea y le parezca una idea acertada.

Bueno, dejadme con mis ilusiones, que al fin y al cabo esto de las bitácoras no es más que un pasatiempo con el que uno se siente a gusto. También os estoy escribiendo desde ciento y pico años antes sin saber siquiera si os llegará esta carta.

Lo que más me divierte de este pensamiento es que podría darse el efecto mariposa, es decir, una línea directa en muy pocos pasos entre servidor y el ministro o el gerente de deportes de no sé dónde, y que éste tome mi idea como propia sin yo ser conocedor de ello.

Aunque reconozco que dada la naturaleza de mis escritos lo más probable es que lo que me llegue cualquier día sea un correo-e del CSD diciéndome que estoy citado para comparecer y dar explicaciones.

Porque esa es otra, las bitácoras se están convertido en el Pepito Grillo de esta sociedad, pero algunos las entienden como moscas cojoneras y se han propuesto dar una lección a la blogosfera castigando a algunos de sus miembros a modo de público escarmiento. Total, dinero tienen para pleitear —porque es dinero público o corporativo— y a un diletante de la comunicación le pueden fundir unos buenos miles de euros aunque finalmente no sea condenado… ¡Ah!, sí; ya me imaginaba que la moneda que tendríais a esas alturas sería el eurodólar.

Bueno, queridos, pues eso, que mañana escribiré mi artículo número 300 y que nunca supuse yo que iba a llegar tan lejos en esta aventura. Y por eso me voy a dar dos homenajes.

Además de escribiros como “abuelo Cebolleta” he decidido hacer una modificación en la bitácora. Y me he atrevido a hacer la más osada de todas: ¡le he cambiado el nombre!

Comencé con el nombre de Aguja de Bitácora. En aquel momento —junio de 2004— me pareció un buen nombre. Apenas había bitácoras deportivas. Estaban el Arco, el Bar y la Aguja. En España había excelentes trabajos en este campo, pero o no cuajaron o desaparecieron, tales como “NPI fútbol”, “La paradinha”, “La soledad del corredor de fondo” o “El sillón bol”, que aún se encuentran en la Red. En Argentina estaban el Sillón y las Misceláneas, algún trabajo interesante más que también se suspendió (Blogsports, aún en la Red) y otras muchas de corte forofo-futbolero.

Al cabo de dos años en España cualquier juan tenía ya una bitácora deportiva tipo forofo-táctico-futbolera —¡qué horror!—. Y el nombre de Aguja de Bitácora, aunque a algunos poquitos les sirve de referente, pues se ha ido diluyendo en una caterva de nombres a cual más imaginativo en el intento de encontrar un hueco en la iconografía deportiva.

Pues así las cosas, he subido el nombre de mi segunda bitácora deportiva a la primera, que ahora pasaré a llamarla “El Espectador”.

Me ha parecido un buen nombre porque es sencillo, porque de alguna manera guarda relación con el deporte, y porque refleja las expectativas que ahora tengo en relación con la bitácora, que no son otras que reconocerme mero observador de la realidad y mostrarme indolente con ella, actitud algo diferente a la que con el nombre de Aguja de Bitácora había emprendido esta travesía hace tres años con una web toda en HTML implementando algunos scripts.

Bueno, y también porque tiene su aquél que la bitácora tenga el mismo nombre que aquel trabajo en constante creación de don José, aunque —evidentemente— ni tengo su talento, ni sus conocimientos, y mucho menos su facilidad de verbo. Pero a cualquier aficionado al deporte le gusta jugar a emular a quienes lo hacen bien.

¡Claro que he dicho muchas veces que no soy mitómano! Pero que don José es un gran articulista y ensayista nadie va a negarlo ahora.

Os dejo, queridos. Vuestro retatarabuelo seguirá escribiendo sus cosas sabedor de que no son más que lo que son. Un pasatiempo entretenido y formativo —qué gran frase la de Jean Dolent y qué acierto he tenido al hacerla propia desde el principio: “Escribo, no para enseñar, sino para instruirme”—. Y si los señores de la Prensa se disgustan cuando son criticados por los aficionados de a pie no puedo más que recomendarles capacidad democrática para aguantar las críticas, cosa que ellos han pedido todos estos años a sus criticados.

27 de septiembre de 2007

“Toda palabra dicha despierta una idea contraria” (Goethe)
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