EL ABREVADERO está estos días de bote en bote. No se coge prácticamente a ninguna hora de la tarde ni de la noche. Los teleadictos al deporte de nuestro pueblo —y alrededores, dado el ambiente de cordialidad que en el local reina siempre— nos damos cita allí sin que medie convocatoria.

El fin de semana pasado se pudo ver en El Abrevadero deporte del más alto nivel: tenis (Abierto de Estados Unidos), baloncesto (Eurobasket), fórmula 1 (Gran Premio de Italia), fútbol (Campeonato del mundo femenino, además del aluvión de ligas con que desecan las neuronas del personal), fútbol americano (primera jornada de la NFL), rugby (Copa del mundo), ciclismo (una Vuelta a no sé dónde), y alguna otra modalidad más.

El dueño de El Abrevadero, Juana para los amigos, ante el aluvión de clientes nos ha comprado otra televisión que ha instalado en el reservado.

En el pub ya había dos televisores desde los que se podían seguir diferentes retransmisiones. No sé muy bien cómo lo consigue, pero se pueden ver dos canales diferentes de la plataforma digital. Ahora nos ha colocado un tercer televisor en la sala que cede a los clubes locales para sus reuniones.

Algo singular este fenómeno de El Abrevadero. En no mucho tiempo se han ido concitando allí los aficionados al deporte, y no sólo de nuestro pueblo, pues el fenómeno ha transcendido las fronteras municipales y aquí se acercan aficionados de hasta 30 kilómetros a la redonda.

Yo creo que ello ha sido posible gracias al excelente ambiente que allí se vive. Incluso los seguidores del Barça y del Madrid se comportan en El Abrevadero amablemente unos con otros, sin enviarse invectivas ni pullas, sino comentando las jornadas precedente y subsiguiente y reconociendo los errores de sus propios equipos.

¿Qué cómo es posible? Puedo atestiguar que Juana se ocupó especialmente de que las riñas estériles no tuvieran sitio en su establecimiento.

Aunque en honor a la verdad no todos los futboleros entran en El Abrevadero. Los tontos del haba no tienen lugar allí. Por eso, quizá, no hay disputas futboleriles en El Abrevadero. Y si alguien se propone enconar los ánimos, simplemente es ignorado.

Yo me encuentro en el grupito de “los raritos”. Bueno, los más jóvenes nos llaman frikis. Nos gustan los deportes en general, pero desestimamos el fútbol en particular. En mi caso sólo me encontrarán ustedes frente a la retransmisión de un partido de la Premier League. Quizá por eso soy el rarito de los frikis.

Complejo este mundo en el que se necesitan etiquetas para definir a alguien. Si no encuentran ninguna, en lugar de considerarte un ser “especial” o “superior” te colocan la de rara avis in terris o la de mentecato.

Decía que a los frikis nos ha destinado Juana el salón de reuniones para disfrutar de la Copa del mundo de rugby y de la NFL, así como de alguna otra disciplina con menos seguidores. El fútbol tiene su propia tele, y la tercera está estos días centralizada mayormente por los seguidores del pedal.

Pero he comenzado a notar desde hace poco que el club —así llamamos al salón reservado— está también de bote en bote. Algunos futboleros están entrando en nuestro santuario y se quedan a ver las evoluciones de estos tipos que “van al choque”.

Quizá se estén empezando a dar cuenta de que los deportes de balón ovalado son para gente brava, mientras que los futbolistas son chicos un tanto pusilánimes, bastante quejicosos y consentidos en exceso.

Esta semana ocurrió algo en El Abrevadero.

Esperábamos, ya bien pasada la medianoche —El Abrevadero suele cerrar pasadas las cuatro—, a que nos dieran en diferido, con la emoción del directo, el encuentro entre Italia y Rumanía de la Copa del mundo de rugby.

Estaban pasando, también en diferido, un partido de la segunda división española de fútbol —sí, ya sé que lleva nombre de entidad bancaria, pero como no recibo ni un céntimo de comisión no me da la gana hacerles publicidad— que enfrentaba al Cádiz y al Salamanca.

En un lance del juego un chiquito del Salamanca tropieza contra otro del Cádiz y cae al césped a consecuencia del choque. ¡Qué aparatosidad! Parecía que le hubieran derribado con una maza.

Finalmente el melenitas queda sentado y con los brazos en alto, reclamando no sé qué, pues era él quien había embestido a su rival cuando éste cambiaba de dirección.

El árbitro, con buen criterio, dice que continúe el juego e invita a este muchachito, muy frágil él, a abandonar el campo para que fuera atendido. Y así lo hizo. Se fue a la banda mientras las cámaras le seguían. Allí le atienden dos personas, muy preocupadas por lo que le podía haber acontecido al medio-millonario éste. Se quejaba el jugador de algo que tenía dentro del labio superior que, a juzgar por la actitud de quienes habían corrido a socorrerle, no debía ser muy evidente pues no parecían dar con la brecha.

Allá que cogen una gasa y le echan lo que bien pudo ser agua oxigenada. Y le comprimen la herida. Pero ni rastro de sangre en las imágenes que se nos ofrecían por televisión.

Y fue precisamente uno de los futboleros que con más pasión defienden los valores del fútbol quien dijo: “¡Vaya marica! Si no tiene nada la señorita. El otro día en un partido de rugby un tío tenía sangre por toda la cabeza y si no le dicen que salga, sigue jugando como si tal cosa. Esto del fútbol está degenerando de deporte para hombres en jueguecillo para niñatos”.

Sin saber de dónde, una salva de aplausos y vítores se levantó de entre las mesas. Las risas fueron generalizadas. Y es que el hombre tenía razón. Existe una diferencia entre unos deportistas y otros. A unos les sobran millones y otros les sobran co…raje (que aunque no rima, ustedes me van entendiendo).

Cuando finalizó el estruendo en El Abrevadero el propio futbolero añadió: “Pero es que hay más. El tío se va a la banda y deja a su equipo con diez para que le atiendan de una pupita en el labio. El compromiso de estos tíos para con quien les paga es nulo. ESTOY DESENCANTADO DEL FÚTBOL”.

—Bienvenido a la realidad, amigo— le dije.

Los que gustamos de filosofar sobre el deporte en El Abrevadero hemos empezado a llamar a lo ocurrido el efecto Abrevadero. Igual que ocurre en otros órdenes de la vida, el estar expuestos a la contemplación de otros deportes lleva a los futboleros a tomar conciencia de la realidad en la que están sumidos. No hay títulos, no hay sufrimiento, no hay compromiso…

El miércoles televisaban a la selección de la Real Federación Española de Fútbol. Ese día El Abrevadero no estuvo de bote en bote.

14 de septiembre de 2007