DESDE HACE un tiempo en este Cantábrico en el que siempre he vivido se están implantando los campos de fútbol de césped artificial.
Puede parecer un contrasentido que en una tierra tan fértil como esta nuestra lo que germine en los campos deportivos sean fibras sintéticas. Pero esa es precisamente la explicación. Con la abundante lluvia que cae durante el año los campos son blandos y quedan deshechos tras varias horas de entrenamiento de los equipos de las diferentes categorías.
Su recuperación para los partidos del fin de semana es complicada cuando no imposible. El césped artificial elimina este inconveniente, y las empresas que los construyen otorgan una garantía para la manta sintética de hasta diez años para una intensidad de uso diario alta.
Me cabe el dudoso honor de haber sido el promotor de la aparición de campos de césped artificial en mi zona de influencia. Cuando yo empecé a hablar de estas estructuras deportivas en un municipio importante de mi entorno la propia gente del fútbol fue reticente. Hube de aleccionar a la concejal de deportes ante una comparecencia en la radio local a fin de que convenciera a los futuros beneficiarios de estas superficies.
En otro municipio me lo tomé con más calma (simplemente no era mi cometido). Me dediqué a minar durante un par de temporadas a las personas que se dedicaban voluntariamente al mantenimiento del campo. Al final fueron ellos quienes clamaron por una de estas monstruosidades sintéticas cuando en un principio se mostraron incluso más reticentes que en el primer destino. Cuando la idea estuvo madura, bastó una llamada de teléfono para que se movieran algunos hilos que yo nunca hubiera podido tensar.
Estos dos campos de fútbol son ya dos realidades. Son los dos únicos que existen en esta comarca, pero estoy convencido de que la provincia entera se llenará de estos verdores sintéticos de los que ya existe cultura en las zonas industrializadas de la región.
Sí, es una lástima no haberme apuntado el tanto a priori. Quiero decir, que sabiendo cómo funcionan las envidias y rivalidades entre municipios vecinos, tal vez me hubiera podido asegurar una comisión como para llevar a mi familia de vacaciones durante unos cuantos años. Pero qué le vamos a hacer, uno es torpe y veranea en su lugar de residencia.
Ahora se levantan voces desde todos los rincones solicitando campos de césped artificial para que jueguen los equipos locales. Y la Administración deportiva regional encantada…
Las Administraciones —más bien los políticos que las dirigen— necesitan en cada legislatura nuevas actuaciones que la ciudadanía perciba como bienes sociales y que justifiquen su estancia al frente de las corporaciones que dirigen. Los campos de fútbol de césped artificial son ideales para esto. Lo mejor de todo es que apenas necesitan mantenimiento (y total, son sólo unos 80 ó 100 milloncejos de nada —de pesetas, ¿eh?—).
Los campos tradicionales, en los que la hierba crece —y de qué manera—, requieren cuidados semanales. Estas labores recaen en miembros de las directivas que dedican muchas horas al mantenimiento: siembra, riego, siega, eliminación de hierbajos, combatir los roedores, marcado y pintado (y si el campo es de arena el pintado ha de hacerse tras cada partido), observancia del drenaje…
Al final estas personas acaban convirtiéndose en especialistas en jardinería que prestan sus servicios de forma gratuita. Pero esta vocación va llegando a su fin. Y los ayuntamientos se ven incapaces de ocuparse del mantenimiento de los campos de fútbol (¡pues sólo les faltaba eso!).
Ya no es como antes, que los propios chavales, los jugadores, arrimaban el hombro en la limpieza y el mantenimiento del campo. Ahora quieren ser como los grandes: llegar, entrenar y jugar, sin más compromisos. Y si se los planteas, pues dejan de jugar. Así de simple.
Llegados a este punto —y ante la competencia que ha supuesto para el fútbol local el PPV y el fútbol espectáculo—, eliminar el mantenimiento del campo puede ser clave para la supervivencia de un modesto club local y de su labor social.
Aprovechando el marcado —que no pintado— de estos campos de plástico se suelen implementar dos campos transversales para jugar a fútbol 7. ¿Y qué es eso del fútbol 7?
Pues una especialidad de fútbol en la que juegan siete contra siete con algunas particularidades, como que el largo del campo viene a ser el ancho del campo de fútbol 11. Y con cada campo sintético nos regalan con dos campos de fútbol 7, uno en cada mitad del campo de fútbol grande.
Pero no sé para qué marcan dos campos cuando no van a poder ser utilizados simultáneamente. Ni para deporte de recreación ni mucho menos para deporte de competición. Sería inevitable en ambos casos —y muy peligroso además— que en cada fuera de banda el balón de un partido invadiera el campo del otro juego.
¿Y para qué marcan entonces dos campos? Pues nadie lo sabe. Las Administraciones públicas, y más las deportivas, adolecen de planificación. Les es perfectamente aplicable aquel adagio de la gestión que dice que “lo urgente es enemigo de lo importante”.
Y hablando de Administraciones, los concejales poco avisados creen que a partir de la inauguración van a poder recaudar una tasa que regule la utilización de cada campo 7, con el consiguiente ingreso en las arcas municipales. Insensatos… Pasada la novedad desaparecerán los futbolistas ocasionales, que volverán a las canchas de fútbol sala (siempre será más fácil juntar diez penitentes que catorce).
Dotar al barrio o al pueblo de sendos campos de fútbol 7 sería buena idea si no fuera porque nadie juega a esta especialidad.
Vamos a ver si nos centramos; el problema no es carecer del campo sintético. Marcar un campo de fútbol 7 en el ancho de un campo de fútbol 11 está al alcance de cualquiera. Pero hasta ahora nadie se ha ocupado de ello.
Aunque se me ocurre pensar que a la larga, cuando existan campos de fútbol de césped artificial por toda la región, es posible que entonces se empiecen a jugar ligas de fútbol 7.
Lo cual, y sin haber mediado planificación alguna, será una salvación para el decadente fútbol de nuestros pueblos y barrios, pues se constata fácilmente que a los entrenamientos acuden del orden de 8 ó 9 chavales de los 16 ó 18 que componen el equipo.
Y es que algunas cosas surgen por pura champa sin que nadie se proponga que acontezcan.
19 de junio de 2007
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