DESDE QUE he instalado un lector de feeds el recibir la información y no tener que buscarla hace más placentero esto de la navegación por la Internet. Hoy me topo en mi lector de feeds con una noticia:
Dimiten todos los árbitros de Ceuta de fútbol sala
Los colegiados protestan por el cese del responsable del colectivo
Lo primero que he pensado es que por fin un colectivo tan ovino como el arbitral se había decidido a reivindicar sus derechos de una forma más asertiva que la meramente testimonial.
Pero rápidamente me ha venido una visión del futuro y he visto cómo esa unidad se iba deshaciendo poco a poco. Y es que las cadenas siempre rompen por su eslabón más débil. Y en mi experiencia federativa he constatado que el punto más débil siempre es el colectivo arbitral.
Narraré hoy una de esas historias que guardo celosamente en mi acervo particular para no levantar polvaredas estériles. Pero de esta en concreto creo que ya ha caducado la posibilidad que tiene de armar tremendo revolú, como dicen boricuas y quisqueyanos.
Debo retrotraer la historia a cuatro años antes del momento que quiero relatar para darle la necesaria perspectiva. Veremos si consigo que la historia se haga interesante.
Había un presidente federativo de una pequeña federación regional —tan pequeña que no llegaban a doce clubes los que la integraban; ni tampoco llegaban a diez, ni a nueve, y quizá tampoco fueran ocho— que después de varios años al frente de la federación había conseguido unir a la poco más de media docena de clubes que la integraban. Todos querían echarlo.
Llegó el momento de las votaciones, y por aquello de que el pueblo elige a sus dirigentes —y que en una federación tan pequeña siendo la elección más directa quizá se goza más el pasar a cuchillo a los infieles— defenestraron al presidente que amenazaba con eternizarse en el cargo.
Los dirigentes de los clubes buscaron a una persona que había estado ligada al mundo de ese deporte concreto pero que se encontraba apartada del mundanal ruido que hacen las nueces de los clubes y federaciones al romperse.
Pensaron que ponían a un hombre de paja, y creyeron que podrían manejarle a su antojo. A los pocos meses de colocarlo en su cargo, una de las facciones en las que se hallaban divididos los clubes —evidentemente una vez conseguido su propósito las guerras internas comenzaron de nuevo— trató de imponer ciertos criterios con motivo de la celebración de un evento deportivo.
Resultó que aquel hombrecito era un hombre de reglamentos, que se agarraba a los códigos escritos aunque ello supusiera una merma para ese deporte tan poco reconocido en esa región norteña.
Dado que el hombrecillo se opuso a las pretensiones de esa facción, la otra apoyó sin fisuras a partir de entonces al presidente, pensando que ganaban un valioso aliado para fulminar, aniquilar y exterminar a sus rivales deportivos de toda la vida.
¿Alguien se extraña de lo que digo? Por esta Aguja han ido quedando muestras de que no hay peor colmena que una comunidad deportiva, donde se intriga como en política y se compra y se vende como en el mundo empresarial. ¿El honor? Eso queda para los campos de batalla napoleónicos.
La facción aliada con el presidente vivió una época dorada. Hasta que pretendieron conseguir alguna prebenda de mi hombre de reglamentos y éste se cerró en banda.
Al cabo de tres años los clubes tenían otra vez un enemigo común y volvieron a estar unidos también por un objetivo común. Pero el hombrecillo de mi cuento no quería dejar la federación porque por principio le correspondía estar al frente de ella cuatro años.
A todo esto el presidente defenestrado, que había conseguido mantenerse como miembro de la Asamblea, observa las idas y venidas de unos y de otros.
Esta persona, después de tanto tiempo al frente de la federación regional, estaba unida por fuertes lazos de amistad —y quien sabe si por algún silencio compartido e innombrable— a los directivos de la federación española.
Éstos querían ver a su protegido al frente de la federación regional en cuestión. Además, el hombrecito de reglamentos había tocado también las meninges de los federativos nacionales exigiéndoles cumplir con sus propios reglamentos, pues según él decía, para algo los habían parido. Pero no podían poner sus grandotas pezuñas en la federación regional sin salir trasquilados.
El tiempo pasaba y las dos facciones se fueron apertrechando de nuevos valores pues estaba visto que se agotaría el cuatrienio y quien más votos tuviera en la Asamblea colocaría al presidente que mejor le conviniera para sus fines.
Así, cada facción se apresuraba a sacar licencia a nuevos deportistas, ya que el reglamento electoral dice que tendrán derecho a voto aquellos deportistas que hayan participado en competiciones oficiales en el año anterior a los comicios federativos.
En realidad éste era el único estamento sobre el que se podía intervenir. El estamento de clubes estaba en la práctica cerrado, pues este deporte suscitaba pocos adeptos en esa región. El estamento de técnicos también estaba saturado, pues todos se conocían después de varios años luchando unos contra otros, y nadie esperaba sorpresa alguna por esta parte.
Me queda el estamento de árbitros, pues forman parte de la federación. Los árbitros de este deporte sólo tenían un representante asambleario y ellos mismos se lo guisaban y se lo comían, pues estaban todos muy unidos.
Llegó el momento del inicio del proceso electoral y esta vez no hubo consenso. Una facción había buscado un candidato tan paupérrimo que nunca había tenido vinculación con ese deporte. La otra facción, viendo lo que sus vecinos presentaban, volvieron sus ojos hacia el presidente defenestrado.
Esto sirvió para que los primeros se opusieran tajantemente a la vuelta del antiguo presidente. Y tal obstinación reforzó la de los segundos en reponer en su trono al presidente caído en desgracia. Pero las fuerzas estaban muy parejas.
Cada facción contó y recontó sus votos. Cada uno dispondría de seis votos en la Asamblea. El decimotercero correspondía a los jueces y árbitros. Así pues, durante el par de meses que lleva culminar el proceso electoral los primeros trataron de averiguar, en vano, para quien sería el voto del estamento arbitral.
Tuvieron varias reuniones para convencerles de que su candidato traería estabilidad a la federación, y de que sería proclive a escuchar las demandas históricas de este colectivo. Pero no obtuvieron respuesta alguna en ningún sentido.
Los segundos, con el presidente defenestrado ya comandando las estrategias, esperaron a que el estamento arbitral eligiese a su representante. Convenía a la estrategia diseñada que las votaciones a presidente se retrasaran un poco más de lo previsto en el calendario electoral, lo que consiguieron impugnando alguna chorrada sin valor alguno, y apelando luego al tribunal electoral que la Dirección General de Deportes de turno hubo de designar al efecto.
Entre tanto, la federación española se acordó del árbitro que había sido elegido representante del colectivo arbitral, y le mandaron de un día para otro a Brasil a arbitrar un campeonato del mundo profesional, con todos los gastos pagados y con billete para su señora a cuenta de la Organización, que así es como viajan los árbitros de postín.
De vuelta en su ciudad recibe una carta para preparar las maletas e irse a Roma a arbitrar esta vez un campeonato de Europa.
El hombre —y su señora— no cabía en sí de gozo. Ser representante arbitral en su región y llegarle el reconocimiento de la federación española a todos sus años de labor oscura fue todo uno.
De vuelta de Italia, y sabiendo que su próximo destino al fin de semana siguiente era Londres, se topó como por casualidad con nuestro defenestrado presidente que ya sabemos que quería volver a sentarse en el sillón presidencial.
Le preguntó como sin darle importancia cómo le iba, y nuestro árbitro le contó sin ambages las felicitaciones de que era objeto por parte de la federación española, de los viajes y de la gente importante del mundillo con la que había comenzado a codearse.
El ex-presidente le dejó hablar, y cuando se despedían le espetó sonriendo: —Amigo, si quieres seguir viajando a cuenta de gorra vas a tener que votarme en la Asamblea del próximo día. De lo contrario no volverás a arbitrar ni campeonatos infantiles.
Y se despidió como si la cosa le importara un bledo.
Ni qué decir tiene que nuestro hombre salió elegido presidente. Y además por unanimidad, pues la facción que no le era afín ni siquiera se presentó a las votaciones cuando se olió el sentido del voto del representante del comité arbitral.
Quedan dos cosas por añadir a esta historia. Primero, que la facción que no quería ver de nuevo al mismo presidente en el despacho de la federación nunca supo nada de esta trama.
Y segundo, que tras venir de Londres y dar su voto al presidente de toda la vida, nuestro árbitro nunca más volvió a arbitrar fuera de la provincia. Y es que gente tan pusilánime y tan fácil de domesticar no es digna de sentarse a la mesa de los que de verdad cortan lo que haya que cortar.
29 de junio de 2007

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