EL PASADO 1 de abril el Biarritz Olympique, equipo francés de rugby en el que militan varias de las estrellas que se alzaron con el VI Naciones de este año, disputó como local su encuentro de la Copa de Europa en el donostiarra estadio de Anoeta ante 32.000 espectadores.

Estoy hablando del mismo Anoeta donde disputa sus partidos la Real Sociedad de San Sebastián. Las líneas del campo de juego de fútbol se habían pintado de verde, quedando semi-ocultas para las cámaras de televisión y para el desarrollo del juego. El campo de juego de rugby estaba señalizado con las preceptivas líneas blancas. Las porterías habían desaparecido y allí sólo vimos la H que forman los palos de este apasionante juego.

Desconozco si ello supuso un desbarajuste en el siguiente partido liguero para los futbolistas de la ribera del Urumea. Pero el ayuntamiento tuvo muy claro el uso que debía darle al estadio.

Con esta utilización extraordinaria del estadio de Anoeta el ayuntamiento ha logrado llevar un espectáculo a la ciudad, dado el nivel de la competición que allí se celebró. Además, algunos sectores del tejido empresarial han recibido un empuje extra, puesto que 20.000 biarritzarras se desplazaron a la Bella Easo para presenciar el encuentro.

Este gesto no es habitual en el fútbol de ninguna categoría, teniendo las Administraciones españolas que construir campos de juego y estadios específicos para el fútbol y para el rugby, con la consiguiente duplicidad en el gasto por capricho futbolístico.

En ligas mucho más importantes que la española de fútbol los equipos de disciplinas tan diferentes como el fútbol americano y el béisbol comparten estadios salvando de la mejor manera posible los inconvenientes que ello pueda acarrear. Y la mejor manera posible es la buena voluntad de la partes.

Cierto es que dos no pelean si uno no quiere, pero no menos cierto es que dos no se entienden si uno de ellos no quiere. Y esto es lo que ocurre en nuestra Piel de Toro.

Denuncio una vez más aquí el consentimiento de la clase política dirigente hacia el futbolín del colorín. En este caso concreto nos ocasionan a todos un gasto innecesario de un capital que bien podría dirigirse hacia la satisfacción de otras prioridades deportivas. Será que nos sobra el dinero…

Creo recordar que Anoeta es propiedad de la ciudad y no de la entidad deportiva. Supongo que ese ha sido el motivo que ha posibilitado la cesión al club de Iparralde. Alguno habrá que pretenda echarme en cara que los estadios de la elite futbolera son propiedad de los equipos profesionales, y que —evidentemente— cada uno hace y deshace en su casa a su antojo.

No deberían olvidar los detractores de mi argumento que esos estadios son propiedad de la entidad deportiva merced a las dádivas del anterior régimen hacia el fútbol —anuencia que se ha perpetuado en la democracia—. Por si alguien tiene dudas citaré las ventajas institucionales que recientemente han beneficiado a tres equipos profesionales de este Cantábrico desde el que escribo.

Osasuna ha conseguido un patrocinionaming rights le llaman— de la Administración por gracia del cual el estadio se llama ahora “Reyno de Navarra”.

Mi Athletic de Bilbao (aquí hay estopa para todo el mundo) ha negociado con el ayuntamiento la construcción de un nuevo estadio de uso exclusivo para el club.

El Sporting de Gijón vendió en su día al ayuntamiento la ciudad deportiva de Mareo y ahora pretenden la recompra a un precio inferior previo compromiso por parte del ayuntamiento de recalificación urbanística posterior de los terrenos con la idea —hecha pública— de revenderlos para urbanizaciones.

Además hasta hace unos años pagaban simbólicamente una peseta al ayuntamiento gijonés en concepto de utilización del estadio. Desconozco si a consecuencia de la entrada del euro les habrán subido el alquiler a un céntimo.

En definitiva, que tenemos pirámides de cemento en nuestras ciudades que se utilizan, en el mejor de los casos, para 19 partidos de liga más una media de 4 partidos de copa y otros tantos de competiciones europeas.

Mientras, se construye con el dinero de todos una serie de estadios de segundo nivel —con aforos de unos 5.000 espectadores— para otra serie de actividades. Eso sí, en las ciudades donde se han construido estos otros estadios para rugby, hockey hierba o béisbol los clubes están la mar de contentos porque tampoco comparten el campo con nadie más.

Mi aplauso para el ayuntamiento de Donostia que por esta vez —tampoco es como para tirar mi fama cáustica por la ventana— ha sabido utilizar una mole de hormigón que ha costado una fortuna y que permanece cerrada durante 340 días al año.

Y ya puestos aprovecho para dar mi parabién al ayuntamiento de Gijón que ha iniciado la reestructuración de El Molinón para convertir un obsoleto mamotreto de metal y cemento en un centro de ocio.

20 de abril de 2007