GENTE ESTÚPIDA la hay en todos los gremios, y el de los ciclistas no iba a ser una excepción.

Pero antes de que se solivianten los ánimos de algunos honorables miembros del colectivo ciclista con una crítica que hoy me temo ácida, he de aclarar que diferencio al ciclista profesional —cuando entrena— que conoce perfectamente los riesgos de la práctica ciclista con la carretera abierta al tráfico, y que respeta las normas de seguridad y de circulación tanto en poblado como en vías interurbanas, de estos majaderos que pedalean creyéndose objetivo permanentemente de una inexistente cámara de televisión.

Es palmaria también la diferencia entre quienes utilizan a diario la bicicleta como medio de transporte y estos deportistas ocasionales, estos domingueros de la bicicleta que se creen en las vías públicas con derechos que no les asisten.

Estoy convencido de que si hablas con ellos uno por uno acaban dándote la razón, pero pasado un tiempo olvidan que las carreteras son de por sí un peligro que se maximiza al circular sobre un vehículo de dos ruedas.

Cuando se reúne un grupete en carretera uno puede esperarse cualquier cosa, como que pongan su vida —y la de los demás usuarios de las vías públicas— en peligro, lo que no nos debería espantar conociendo la estupidez del animal humano, gregario por naturaleza, que muta su personalidad individual cuando se sabe miembro de un grupo.

Pero dejaré análisis e interpretaciones para la psicología social y me limitaré a dar fe de las observaciones de campo.

En estos días semanasanteros, vacacionales para la mayoría de los españolitos, los que vivimos —y seguimos trabajando— en algunas zonas consideradas destinos turísticos asistimos a un rosario de estupideces que tienen lugar en la carretera.

Carreteras que son desconocidas para los visitantes por más que algunos crean conocerlas en la idea de que residen aquí año tras año durante dos o tres semanas.

Hoy me he topado con un par de ciclistas. Transitaban por una vía con un hermoso arcén de metro y medio, una de esas modernas circunvalaciones al núcleo urbano.

Iban tan maqueaos ellos que parecían un San Luis, luciendo el maillot del equipo de moda, que yo me pregunto si no serán pendejos por pagar más cara esta indumentaria y acabar luciendo la publicidad de una empresa.

Exhibían unas gafas de sol muy bonitas, de esas que llaman de espejo. La marca no me dio tiempo a verla, por supuesto, pero sí pude notar que no era el equipamiento adecuado para transitar por una vía pública subido en un biciclo. Esas gafas tan lindas que compran pagando un potosí limitan la visión periférica tan vital para aquel que esté inmerso en el tráfico circulatorio subido en una maquinita a pedales.

En su afán de imitar no reparan en que durante una prueba ciclista la carretera está cerrada al tránsito y la visión periférica adquiere un segundo nivel en la importancia de la carrera. Pero tienen que comprar esas que luce el superdeportista profesional del momento, no vaya a ser que desmerezcan con el conjunto.

Iban los dos pipiolos subiendo un repecho —de esos que mi destartalado vehículo sube en cuarta pero que se hace notar en las piernas— y circulando en paralelo. El uno muy prudente por el arcén y el otro, más osado, un tercio dentro de la calzada. Iban los dos charlando animadamente y ralentizando la circulación, pues el tramo presentaba una amplia curva y el adelantamiento estaba prohibido por una línea continua en la mediana de la calzada.

A pesar de tener restringida la circulación en paralelo y de tener obligado el uso del arcén, los dos tipos iban la mar de contentos, ora poniéndose de pie ora sentándose en el sillín tras media docena escasa de pedaladas. Como quiera que los coches que me precedían comenzaron a rebasarlos por la izquierda pronto me vi detrás de ellos.

En esas que no viene nadie por el carril izquierdo y me dispongo a rebasarles pisando la mediana —algo que está permitido— cuando el tipo que circulaba por la calzada decide cambiar de piñón y soltando una mano del manillar da un tumbo hacia la izquierda en el momento en que yo estaba llegando a su altura.

Le metí una buena pitada por estúpido, y por el espejo que veo que el hombre levanta una mano en señal de protesta al tiempo que su amigo le señala que se arrime al arcén, cediéndole un espacio que antes no le había ofrecido.

Tuve claro desde el principio —y lo sigo teniendo claro ahora— que me lo iba a llevar por delante antes que dar un volantazo y meterme en el carril contrario, máxime llevando a mi hijo pequeño en el asiento de atrás.

Cosas así ocurren cada vez que llega el buen tiempo y las teletontas ofrecen carreras ciclistas. Esta forma ocasional de practicar deporte, de irse gustando imitando las imágenes que nos sirve la televisión, ocurre también en los partidos de fútbol en el polideportivo del barrio, pero éstos no se juegan la vida propia ni la de los demás.

Desconozco qué derechos creen tener estos majaderos que cogen la bici los fines de semana y en vacaciones —algunos son abuelos sesentones, exentos de agilidad y reflejos que han perdido movilidad merced a una oronda barriga, pero que sin embargo se atreven a ponerse en la ruta a lomos de una frágil bicicleta—. Olvidan que los cementerios están llenos de gente que tenía la preferencia.

6 de abril de 2007

Postdata: Para quienes deseen indagar les dejo sendos enlaces a la legislación vigente. Están disponibles desde el website de la Real Federación Española de Ciclismo: