HOY DARÉ un repaso a los “tres jinetes” del apocalipsis deportivo profesional: drogas, violencia y corrupción. Como he dicho en varias ocasiones, hubo visionarios a principios del siglo XX que vaticinaron un desastre para el movimiento deportivo si se aceptaba el profesionalismo.

Incluso el COI mantuvo su veto a la participación de los deportistas profesionales hasta los años ochenta del siglo pasado.

Pero el desplome de la coyuntura internacional acaecido en aquellos años supuso una escasez de recursos económicos para este organismo internacional, lo que le llevó a mirar con buenos ojos la vía profesional del deporte.

Ha transcurrido casi un cuarto de siglo desde los JJOO de Los Ángeles (1984) y la profecía de los precursores del movimiento deportivo lleva tiempo vislumbrándose.

Gran parte de los recursos económicos que han aportado los deportistas profesionales a la sede del COI son destinados a la lucha contra el dopaje.

No me voy a poner una venda en los ojos (es algo que no hacemos los descreídos); es de justicia reconocer que el dopaje ya existía mucho antes de la entrada del deporte profesional en los JJOO. En realidad la búsqueda de una poción mágica para ganar a los rivales —sean deportivos o militares— viene desde la antigüedad.

Los hoy llamados países del Este —en aquellas fechas nos referíamos a ellos diciendo que estaban detrás del Telón de Acero, aumentando así el misterio y la distancia— tenían programas nacionales destinados a encontrar sustancias que mejoraran la performance del deportista (que así se llamaba entonces el rendimiento deportivo), no todas ellas susceptibles de ser prohibidas necesariamente.

Los éxitos deportivos eran una cuestión de Estado. Pero con el fin de la Guerra Fría “la necesidad” de estar siempre en los puestos de honor en los medalleros ha desaparecido, quedando esa necedad en la memoria de los países mediocres, entre los que posiblemente se encuentre nuestra España.

No sólo se trata de que cada individuo particular rinda en la competición por encima del ciento por ciento, sino también de recuperar al capitán del equipo lo más rápidamente posible tras una lesión. Así vemos que los médicos (que no dejan de ser científicos) nos dan por toda explicación que fulanito ha tenido una “recuperación milagrosa”.

El segundo jinete viene armado con una violencia desbordante en todos los niveles. Violencia en la cancha (como el puñetazo de David Navarro) que siempre tiene reflejo en la grada (entiendo que de esto sobran ejemplos). En muchas ocasiones es la violencia de la grada la que invade la cancha, como la agresión sufrida por Frank Lampard.

Las expectativas generadas en torno a una posible victoria y la consiguiente decepción por la derrota hacen que algunos integrantes de la masa, humildes padres de familia y civilizados empleados de banca en otras vidas, actúen más allá de las críticas legalmente entendibles.

La violencia que se genera en el deporte profesional es un hecho, una realidad de la que la Unión Europea hace tiempo que ha tomado conciencia creando el correspondiente Comité Permanente.

No es habitual que esa violencia se dé fuera del mundo del fútbol, pero tampoco es exclusiva de este deporte. Ni es privativa del fútbol profesional; se da por imitación en diferentes categorías, siendo sintomático que incluso se vivan momentos excesivamente tensos en campeonatos de barrio. Un completo sinsentido…

La violencia en el deporte de elite se da también en los vestuarios, entre compañeros o entre entrenadores y entrenandos. Y se da también en el entorno familiar, aunque de esto me ocuparé próximamente.

Se ha hablado aquí largo y tendido —y lo que queda aún por hablar— de estas dos lacras del deporte profesional. Pero a partir de hoy le vamos a dedicar tiempo también a la corrupción, que hasta ahora nos habíamos limitado a mencionar.

La corrupción en el deporte profesional no se limita al amaño de partidos, carreras y encuentros deportivos —mucha literatura ha levantado el mundo del hampa en torno al boxeo de mediados del siglo XX—. La corrupción en el deporte profesional tampoco se queda en las apuestas, principal foco del apaño de competiciones.

La corrupción introduce sus tentáculos en todo mundo profesional, y el deportivo —tan fácil de corromper y tan poco vigilado— no iba a ser la excepción.

Vemos pelotazos urbanísticos por mor de los cuales surgen ladrillos donde antes no había más que césped y gradas. Vemos federaciones españolas que construyen ciudades deportivas que finalmente han de ser derruidas abandonadas (ver noticia del 22.11.2006).

La corrupción en el deporte profesional lleva también a manejar el valor del mercado. Algo así como el delito de “alterar el precio del dinero”. Aquí se trata de alterar al alza el valor de mercado de un jugador.

Corrupción en el deporte profesional debe ser también la especulación con niños. Y si no, al tiempo. De momento es algo que los grandes clubes de fútbol de Europa están haciendo impunemente cobijados bajo el paraguas de una mal entendida “caza de talentos deportivos” y un pretendido beneficio para el niño y su familia.

En los Emiratos Árabes ya se ha puesto remedio a lo que era una tradición y un completo atentado contra los Derechos del Niño. Aquí aún seguimos empecinados en creernos nuestros propios sermones.

3 de abril de 2007