HACE UNAS semanas asistimos —a través de la Internet— a la agresión de un padre a su hija con el campeonato mundial de natación como telón de fondo. (Bar Deportes ofrece el vídeo de la agresión).

Sonreí de lado como quien ve confirmada su denuncia y cabeceé con un gesto de reproche.

En las imágenes vimos que el hombre golpeaba a la muchacha y que ésta se defendía llegando a lanzar golpes a su progenitor, lo cual me hace pensar que tal vez no fuera la primera vez que esta situación ocurría en la vida de la jovencita.

Se da la circunstancia de que este padre es también el entrenador de la chica. En un primer momento se elucubró con la posibilidad de que el detonante de la agresión hubiera sido la eliminación de esta chavala de 19 años que se vio así apeada de la final.

En Australia, que no se andan con chiquitas, la Administración actuó de oficio a pesar de que se trataba de dos súbditos de un país extranjero.

Poco después el padre explicaba con toda la cara del mundo —y seguramente asesorado por algún desfacedor de entuertos— que el motivo de la disputa era solamente una riña familiar.

Contaron que el motivo de la pelazga fue que este hombre, por lo visto muy celoso de la vida privada de su hija, quería que la joven abandonara a su novio y que ella se oponía. Toda esta supuesta escenificación tenía lugar con la cría luciendo aún el bañador de competición, en una sala de la instalación acuática y recién eliminada de la competición.

¿Y esperan que esta Aguja se lo crea?

El ataque del padre es incuestionable. Independientemente de los motivos, ficticios o reales, no creo que merezca menor reprobación si el hostigamiento fue por razones familiares en lugar de deportivas.

Espero hacerme eco de la opinión pública diciendo que el detonante —démosle validez— de exigirle que deje al novio se origina en la eliminación del campeonato. Entiendo que era el momento de consolar a su hija por el revés deportivo y no de recriminarle nada.

Y aquí quería llegar, porque esa frustración del padre y entrenador no es que se dé en Australia, en el marco de un campeonato del mundo y por súbditos ucranianos. Ese mismo acoso se da en España, en campeonatos regionales y por ciudadanos con los que convivimos a diario.

Hablar del fútbol es fácil, porque todos sabemos que en un partido de infantiles hay media docena de padres oficiando de entrenadores en la banda. La posibilidad de que el hijo le salga a uno futbolista de los del millón lleva a que haya padres que vean con buenos ojos el abandono paulatino de los planes de estudios por parte de sus hijos.

Pero lo mismo pasa en golf y en tenis, deportes en los que también es posible que un hijo retire a su padre de la vida laboral si se coloca en la pomada.

Yo lo he visto en atletismo —sigo hablando de categorías infantiles— y me dicen que se vive también en piragüismo.

La denuncia que hoy quiero hacer pública es el acoso moral que viven miles de niños en España por la avaricia de sus progenitores que piensan más en el retiro prematuro de toda vida laboral que en la salud mental de sus vástagos. Quizá creyendo que las maravillas que nos relata a diario la prensa rosa deportivesca serán la panacea de sus hijos.

Pensemos que el extremo que hemos vivido a través de las imágenes de Internet es el desbordamiento de una situación previa, que ha pasado de lo moral a lo físico ante la frustración de las expectativas depositadas en la hija.

Hay jóvenes que están siendo presionados de forma vil por su entorno familiar. El agravante es que no pueden escapar de ese entorno. Sí pueden cambiar de entrenador, pero no es tan fácil cambiar de padres.

Los niños en categorías benjamín, alevín e infantil están capacitados para jugar; y disfrutan jugando porque el objetivo es divertirse. Sin embargo no están preparados para competir. Y no disfrutan compitiendo porque el único objetivo es ganar.

NOTA: La FINA no es la plegadiza y acartonada FIFA, y ha suspendido a este subnormal por espacio de seis años.

16 de abril de 2007

Postdata: Ya tenemos el mobbing, el bullying, el bossing (acoso laboral de los superiores jerárquicos)… Habrá que buscarle un nombre al acoso deportivo para que sea tomado en serio. Y ya que el palabro deberá tener —para ser creíble— raíces anglosajonas, propongo el greeding para patentizar la codicia de los padres.

El principio de la sabiduría radica en darle a las cosas el nombre apropiado
Proverbio chino