La culpabilidad de lo ocurrido en Sevilla recae sobre todos los actores de lo que es ya una tragedia social a la europea.

Culpables son los presidentes y las directivas de los equipos enzarzados en la disputa de una eliminatoria de un campeonato cada vez más devaluado por motivos paradeportivos.

Quizá no hayan cometido falta o delito tipificado alguno; ni de provocación, ni de apología, ni de inducción. Pero sí han dedicado arengas a quienes les han querido oír, sabiendo que era toda una ciudad quien prestaba atención a unas diferencias personales revestidas de un falso institucionalismo.

Culpables también los poderes públicos que una vez más se han limitado a cruzarse de brazos y asistir como meros espectadores a un desenlace triste pero previsible. No me vale que a última hora algún político haya intentado “arreglar” con unas palabras lo que ya estaba deteriorado.

Tampoco me vale la pasividad que supone limitarse a designar un partido como de alto riesgo habida cuenta de no sé qué parámetros más o menos oficiales. La catalogación de alto riesgo de un encuentro deportivo la pagamos todos, cuando son cuatro los que se benefician económicamente de la disputa del evento.

No estaría mal que esos cuatro —los dos equipos implicados, la federación correspondiente y algún hábil sector que obtiene su tajada— pagaran de su bolsillo los gastos que suponen las horas extraordinarias del personal sanitario y de las Fuerzas de Orden y Seguridad del Estado, así como los desperfectos ocasionados en los bienes públicos por la piara que acude a los estadios.

Tal vez así fueran conscientes de la responsabilidad social que les cabe y tendrían un interés especial en evitar el “calentamiento” innecesario de un mero encuentro deportivo.

Culpables también los medios de comunicación por prestarse a hacer de altavoces de los irresponsables que dirigen las entidades deportivas en liza.

Un silencio total como respuesta a cualquier declaración fuera de tono y ese “calentamiento” no existiría. Pero hay que vender papel y minutos al precio que sea. Y tienen la desvergüenza de utilizar la eufemística para catalogar como de interés general cualquier comentario proveniente de los descerebrados que se sientan en las directivas de los equipos enfrentados.

Culpables los futbolistas que saltan al césped dispuestos a llevarse una pierna por delante. Con la disculpa del ya consabido derbi arremeten con inusitada violencia unos contra otros, como si la vida les fuera en ello. Si tan importante es jugar virilmente, ¿por qué no juegan de ese modo cada partido?

Con su actitud en el campo enardecen en el peor momento —en el momento decisivo— los ánimos de la masa informe, del gentío amorfo que puebla las gradas del estadio.

La versión de las 180 pulsaciones es una disculpa rancia que algún periodista desinformado tuvo la ocurrencia de esgrimir en el pasado para dárselas de entendido. En otras modalidades se compite a más de 180 pulsaciones por minuto y no ocurre lo que se ve en las canchas de fútbol.

Por otro lado observo que siempre son los mismos los que se escudan en las falsas 180 pulsaciones. El resto de sus compañeros mantienen la compostura. Si estos deportistas no saben comportarse en público deberían ser apartados de su profesión por un gabinete psicológico, a imagen de lo que está ocurriendo con el dopaje.

Culpable también el público y los mal llamados aficionados, por dejarse turbar por cuatro memos, algunos vestidos con corbata, otros con camisola deportiva y pantaloncitos. Y por dejarse llevar del entorno del estadio. Sabido es que el individuo modifica su comportamiento cuando se siente parte de una muchedumbre. Pero nunca el formar parte de una muchedumbre justificará agresión alguna.

Obviando el victimismo que tanto nos gusta por estos lares hispánicos, diré que a Juande Ramos también le corresponde su cuota de culpabilidad como artista invitado. Nadie mejor que él para saber qué hizo y qué pudo haber dejado de hacer… Aunque tal vez haya hecho lo mejor que podía hacer para brindarnos un favor a todos.

La grandeza de Juande Ramos queda retratada en las palabras que dedicó a los periodistas que aguardaban su salida del hospital. Restó importancia a su agresor al cargar la culpabilidad sobre los responsables del ambiente que se generó en Sevilla.

El valiente —tan valiente que aún no ha dado un paso al frente para decir “he sido yo”— que le acertó en plena cocorota al entrenador del Sevilla más bien es la víctima por todo lo dicho hasta aquí. Por supuesto que la ley debe caer sobre él con todo su peso y su rigor.

Pero eso no arreglará nada, salvo lavar la conciencia de los poderes públicos, que nos darán el consabido discurso de que han hecho lo que tenían que hacer.

Lamentablemente, mientras que todos los culpables aquí citados no sean responsabilizados de sus faltas, castigar al culpable material de este atentado no arreglará nada.

Que no me hablen ni de comités disciplinarios ni de comisiones antiviolencia. Ya tenemos leyes en este país para caer sobre los bolsillos de los responsables. Y si no las tenemos, que se hagan.

1 de marzo de 2007