A raíz de la adhesión del fútbol español a la escalada mundial de violencia en los estadios durante los primeros meses de este año (Italia, Alemania, Argentina y México), hemos cruzado el Arco y esta Aguja algunos comentarios en nuestras respectivas bitácoras.

Uno de los últimos me ha recordado algo sobre lo que quería escribir, aunque no guarda relación estricta con el deporte. Pero arrimaré hacia el final el ascua a la sardina de las bitácoras deportivas y así cumpliré con mi autoimpuesto objetivo deportivo.

Me facilitaba Puñetas un artículo de Teodoro León, uno de esos articulistas de solera que uno intenta torpemente imitar con estos torcidos renglones.

El amigo Puñetas catalogaba al señor Teodoro León como “rara avis” en el periodismo actual.

Y añadía que este periodismo nuestro de hoy en día ha perdido “el sentido crítico, la claridad de ideas y […] brillantez formal”. Y no le falta razón a mi amigo sureño.

Acababa yo de llegar de cenar con otro buen amigo cuando leí el comentario del Puñetas, dándose la casualidad de que en la sobremesa habíamos estado charlando de forma similar.

Hablamos a los cafés de que ya no existen canciones protesta como las que se escucharon en este país nuestro tras la muerte de aquel general sublevado que acabó reinando en España (“reina un fresco general procedente de Galicia”, decía un hombre del tiempo en La Codorniz, consiguiendo sortear así la censura franquista).

Me permitiré recordar un clásico como “Libertad sin ira” de los andaluces Jarcha, o “El maestro” de Patxi Andión, habiendo tantas otras que es injusto no relacionarlas ahora.

Se ve que hoy en día vivimos mejor y ya nadie protesta, lo que acabaría con el mítico y falso “cualquier tiempo pasado fue mejor”.

El humor y la prensa afilaban sus lápices con un estilo directo, crítico, satírico en ocasiones, mordaz en otras, pero siempre defendiendo la búsqueda de un mundo mejor para todos.

Se ve que nos hemos instalado definitivamente en ese mundo mejor —en el estado del bienestar—. Ahora los medios de comunicación o son complacientes o son ácidos con el sistema imperante pero siempre siguiendo el dictado de consignas externas.

Son escasos los intelectuales que escriben canciones o artículos o guiones críticos con la realidad actual.

Es posible que hayamos llegado a un mundo mucho más amplio —ancho y abierto— en lo que a sus demandas se refiere y por ello las propuestas de mejoras queden fuera de la percepción de quien bosqueja estas ideas.

Desde luego que no acepto la reivindicación del botellón como la ruta que nos lleve a un estadio social mejor. Quizá sea que uno, en su ignorancia, no preste atención al mundo del rap y del rock alternativo, que según me dicen mis hijos son los actuales reivindicadores de una nueva realidad social.

Lo que sí parece cierto —a juzgar por los resultados— es que ese movimiento reivindicativo no llega al gran público, para lo que no encontraban problemas los cantautores de la Transición.

Y en esta situación llegaron las bitácoras a través de Internet a todos los hogares. Y el poder establecido, sea de quien sea —y no me estoy refiriendo únicamente al poder político—, se puso nervioso.

Sin embargo hemos visto que quienes se sitúan más a la izquierda en el espectro político pidieron al Gobierno que exigiera a los usuarios estar en posesión de un carné expedido al efecto para poder escribir en Internet. Y en esas nos encontramos actualmente (los dos enlaces anteriores situarán al lector en el debate actual).

Y digo yo que si los poderosos se han temido lo peor será por algo. Pero el vulgo ha vuelto a preferir jugar su baza de aplaudidor y no son tantas las bitácoras que se muestran críticas (sin seguir dictados ni consignas) con la realidad social que tenemos.

En el mundillo de las bitácoras deportivas podemos constatar que existe un gran ruido pero muy poca música, pocas canciones protesta perturban los oídos de quienes manejan los hilos y se valen del mercadillo deportivo para engrosar sus ya colmadas bolsas. Hay demasiados aplaudidores y demasiados pocos criticadores.

Los poderes públicos no se ven instados a actuar ante ciertas situaciones y omiten sus obligaciones por no incomodar a los poderosos dirigentes deportivos. Ni tampoco impulsan cambios ante situaciones de desamparo que se repiten en el deporte escolar y deporte base.

Nos limitamos a aplaudir desde las bitácoras deportivas y a hacernos eco de lo que esperan los mandamases: partidos del siglo, éxitos internacionales, movimiento de banquillos… Una vez más pan y circo, pero esta vez servido por nosotros mismos.

9 de marzo de 2007