El mundo del deporte ha enloquecido. Está por encima de la política y de las Administraciones, haciendo que ambas vayan tras los resultados y los movimientos deportivos.

Algunas organizaciones —COI, FIFA, UEFA— se sientan a la mesa a negociar con los Gobiernos y con organizaciones supranacionales como la Unión Europea.

Las cifras de algunos equipos, y también de algunos deportistas, superan los presupuestos anuales de las ciudades en las que viven. Cuentan que incluso superan el PIB de algunos países.

Recientemente en Italia ha muerto un policía en el ejercicio de sus funciones como consecuencia de una trifulca entre bandas de hinchas rivales.

Esta semana en la mundialista Alemania otra batalla campal se ha saldado con 36 policías heridos como consecuencia de un partido de liga regional.

Los curas del Vaticano se asomaron al balcón de San Pedro tímidamente para dejar caer la breva de si sería factible un equipo de esta ciudad-estado en la liga italiana.

Si los grandes magnates andan a la compra de equipos ingleses, por qué no la Iglesia va a invertir en lo que son ganancias garantizadas a medio plazo. Ya son accionistas de varias empresas que cotizan en Bolsa, con lo que la aventura futbolera no les va a echar para atrás.

Algunos equipos de fútbol también han salido al parqué bursátil a cotizar. Lo que empezó como un pasatiempo universitario para explayarse entre libro y libro está comiéndose el mercado internacional.

Y cuando digo el mercado me refiero a todo el mercado. No sólo a las empresas de material deportivo —ropa, equipamientos, estructuras—, sino que todo el mundo del dinero se ha fijado en el deporte espectáculo-profesional para hacer negocio.

Desde inmobiliarias y constructoras hasta bancos e hidroeléctricas pasando por petroleras y empresas de telefonía. Los patrocinios llegan incluso a comprar el nombre de ligas nacionales y de estadios emblemáticos.

Pero todo lo que sube tiene que bajar algún día. No es viable una expansión constante. El mercado de la publicidad entrará en una fase de recesión cuando se den cuenta de que más impactos publicitarios no es proporcionalmente igual a más ventas (¿o sí? ¿seremos tan manipulables?).

Llegarán las decepciones y las incomprensiones. Tal vez entonces los gobiernos se den cuenta de que se han sentado a la mesa con señores que no tenían mayor interés que el de las monedas que podrían añadir a su ya colmada bolsa.

  • Alentaron altercados exaltando a las aficiones, en lugar de ocuparse en hacer ver que esto no es más que un juego.
  • Avivaron la polémica manteniendo la labor arbitral por debajo de los mínimos exigibles en el deporte profesional, en lugar de presentar el deporte como un mero espectáculo.
  • Enfrentaron a naciones y nacionalismos en absurdos campeonatos del mundo, en lugar de evitar la confrontación de sentimientos patrióticos, donde siempre alguien saldrá derrotado. Se atrevieron a tildar la competición de guerra incruenta…

Los poderes públicos no encontrarán rastro de todo aquel marco en el que se encuadraban labores de promoción, sociabilización, integración, participación, educación y tantos otros verbos sustantivados. Todo eso no es más que un falso y bonito envoltorio cuando pretende aplicase al deporte de competición.

La competición engendra tensiones, trampas, coacción, disgustos, violencia, e incluso la lucha entre los integrantes del propio equipo. Y eso es con lo que les estamos regalando a nuestros hijos en la creencia de que el mundo es competitivo.

No creo en un futuro basado en la competición sin haberles enseñado antes los valores de la colaboración y de la cooperación.

16 de febrero de 2007