Que la selección absoluta de la federación española de fútbol no está en un momento dulce no es noticia (en realidad nunca ha vivido un momento dulce).

Que —una vez más— un grupito de periodistas ha puesto el “caza y captura” en la persona del seleccionador de esa federación tampoco es novedad.

Que ese grupo mediático obedece a un patrón de “acoso y derribo” al presidente de la RFEF y a todo aquél que le es afín tampoco es actualidad.

El asunto está tomando un cariz preocupante habida cuenta de que ya se han oído voces tan estúpidas como las que insinuaron la intervención de la ministra del ramo para evitar las posibles futuras derrotas de la selección de fútbol.

El poder mediático tiene la capacidad de generar presión social sobre los individuos que por un motivo u otro acaban siendo un objetivo.

Cuando esa presión se centra en personajes socialmente indeseables puede llegar a ser positiva. Cuando esa presión es motivada por otros oscuros objetivos la situación puede llegar a ser socialmente repudiable.

Leo en la sección deportiva de El Mundo unas declaraciones del señor Luis Aragonés que me hacen pensar que el trabajo de zapa de estos dinamiteros del papel está obteniendo su fruto.

Da la impresión de que el seleccionador se justifica cuando hace pública la convocatoria de jugadores para un encuentro amistoso, explicando los porqués de sus decisiones.

Lo peor que le puede ocurrir a quien tiene capacidad para ejercer el mando en ciertas parcelas es sentir la necesidad de justificar sus acciones. Acabará desnortado, dudando de sus propias convicciones.

La presión mediática, cuando no existen objetivos a cazar, también consigue que quien no está acostumbrado a ser foco de atención acabe perdiendo su idiosincrasia.

La humildad ha sido siempre una característica de la selección de la federación española de balonmano. Las esperanzas fijadas en esta selección han hecho que este equipo jugara con una presión mediática a la que no estaban acostumbrados.

El saberse seguidos, el saber que se esperaba de ellos que imitaran a la selección de la federación española de baloncesto volviendo a casa con el título mundial en la mano para clavarle la puntilla de los deportes minoritarios al fútbol, les ha pasado factura.

No, no olvido que esta selección ya consiguió el entorchado mundial hace dos años. Pero ocurre que en aquel momento no fueron homenajeados como merecían.

El ridículo de los futboleros en el mundial del año pasado y la victoria de los gigantes de la canasta a las pocas semanas supuso un cierto giro en las apetencias del espectador, cansado ya de no ver satisfechas sus esperanzas en los campos de fútbol.

Las celebraciones y homenajes que se sucedieron con la selección de baloncesto relanzaron la popularidad de sus integrantes.

Los balonmanistas, de alguna manera, estaban necesitados de percibir ese afecto que se manifestó públicamente con los baloncestistas y que en su día la sociedad les negó a ellos.

Este cúmulo de cosas hizo que las expectativas crecieran, cuando lo cierto es que la empresa de ser dos veces consecutivas campeones del mundo de balonmano era harto difícil —dejando aparte el hecho de si el arbitraje del partido contra la selección alemana fue fraudulento o no.

Nunca hubiera sospechado la virulencia que mostraron ciertos jugadores en sus críticas a los árbitros. Han llegado a insinuar con sus declaraciones un amaño premeditado para beneficiar a los anfitriones, cosa que desacreditaría al mundo del balonmano.

Esos ataques dialécticos, esa inusitada verborrea en ciertos componentes de la selección de balonmano, ha desnortado a todo el equipo. No han conseguido centrar la atención en el próximo partido, como habían manifestado en más de una ocasión avant match.

Como consecuencia no han sido capaces de imponer su personalidad en el juego, y todo ha comenzado a irles cuesta abajo y sin frenos en los siguientes partidos.

La culpa… de la presión mediática.

2 de febrero de 2007