Estos días atrás han cobrado actualidad dos personajes que en el pasado han sido defendidos en esta bitácora. Y digo personajes y no personas porque tengo claro que lo que aquí se ha defendido en todo momento fueron sus posicionamientos en un momento dado como propietario y como deportista.

Pero tanto Samuel Eto’o como Dimitri Piterman en la actualidad han perdido el norte y se hallan a merced de la misma fuerza que les valió para ser lo que han llegado a ser. Esa fuerza no es otra que el propio ego de cada uno de ellos.

Al final, siguiendo la brújula de un ego agigantado por las experiencias y los éxitos pasados, están cometiendo desmanes y creando tensiones innecesarias allí donde alcanzan.

Las actuales situaciones que se viven en torno a estas dos personas vinculadas al mundo del fútbol llegan a ser rocambolescas.

El negro pide disculpas como un niño asustado después de armar un gran estropicio, en una especie de “yo no he sido” o “yo no quería”. Aunque esta vez más que disculparse se ha justificado.

Parece que va madurando y es consciente de que esa actitud pueril de la disculpa constante no es creíble. Ahora se ha instalado en la actitud juvenil de la justificación.

El rubio ni pide disculpas ni se justifica. Simplemente impone sus criterios como un niñato caprichoso al que todo le está permitido porque todo lo tiene al alcance de su chequera. Otro chico malo, pero esta vez malcriado y mal acostumbrado.

Me gustaría saber qué pasaría el día que ambos coincidieran desempeñando sus actuales roles. El uno como jugador y el otro como propietario.

Aunque quien quiera saberlo no tiene más que asomarse al patio de un colegio y observar cómo evolucionan los niños jugando a la pelota.

Eto’o será el niño habilidoso que regatea a todo su curso y mete los goles, aunque con un complejo importante al verse desplazado de su hábitat. Complejo que le lleva a protestar cuando le llaman negro pero no si le llamaran orejón.

Piterman será el niño que es el amo de la pelota, y que por ello hace los equipos, y que dice de qué juega cada uno, y que pita las faltas e incluso se inventa alguna regla que le pueda favorecer.

El ucraniano está a punto de conseguir que intervenga la Justicia, al menos en defensa de sus trabajadores. Y es que un empleador no puede pretender que sus asalariados dejen de tener criterio propio. Y menos aún pretender que se dejen avasallar.

El camerunés está a punto de conseguir que intervenga un órgano colegiado, bien sea del club al que pertenece, bien sea de la federación de la que ha obtenido la licencia para jugar.

Si no fuera por los otros complejos que atenazan a los comités de competición, este muchachito ya habría sido sancionado hace tiempo y con ello le habrían hecho un favor a él y al deporte profesional español.

Pero los complejos de estos órganos son contrapuestos: o un exceso de autoridad para con los desconocidos o un exceso de mano dulce para con los cracks.

Que nadie entienda esto que digo ahora un acto de contrición por mi parte por haberlos defendido en su día.

En absoluto. Lo que he escrito tiene fecha y a ella me remito para mantener mi postura cuando abogué por ellos.

Las situaciones que les envuelven han cambiado, sí; pero sus actitudes ahora son indignas para los roles que desempeñan. Indignas e indignantes.

21 de febrero de 2007
¡¡¡Felicidades, Ana Rosa!!!