La conversación que resumo a continuación tuvo lugar en El Abrevadero, lugar de esparcimiento en el que ubiqué mi artículo-cuento del pasado 30 de enero con permiso —y regocijo— de su propietario.

Algunas de las charlas que tienen como marco este acogedor pub decorado con motivos celtas deberían figurar en el boletín de actas del parlamento regional, habida cuenta de que son más sesudas —y más educadas— que muchos debates parlamentarios. En El Abrevadero se argumenta y se contraponen pareceres, pero no se discute. Esa es su aura.

No recuerdo el comienzo de la charla. Seguramente con algún comentario en voz alta de un parroquiano que leía la prensa.

La conversación giró por algún motivo hacia los orígenes del deporte. Y unos y otros aportaron a la reconstrucción de los primeros encuentros de fútbol, cuando apenas existían clubes.

Aquí, en la España del norte, es relativamente sencillo encontrar una pradera de las dimensiones adecuadas, aunque la orografía lleva los terrenos llanos a las zonas más bajas de los valles, cercanos a las riberas de nuestros ríos.

Alguien con iniciativa —algo totalmente prohibido en los días actuales salvo que se cuente con carné— contactaría con otro club o un grupo de entusiastas del novísimo fútbol, ese juego que llegaba para desplazar actividades tradicionales —y ancestrales— como los bolos o la pelota.

Quizá un grupo de mozos retarían, costillada de por medio, a los de un pueblo vecino en la tarde de un domingo, después de cumplir con los curas y con el ganado.

Aquellos que no jugaban, en lugar de quedarse en la aldea a escuchar los cuentos de los mayores, preferían acercarse al improvisado campo de juego y ver como evolucionaban los jóvenes sobre el tapiz de hierba natural.

Se escaparían palabras de ánimo para los parientes —en uno de aquellos pueblos más de la mitad de la población eran familia— que intentaban superar a los vecinos del siguiente valle.

A buen seguro que detrás de una de las porterías ya se estarían atizando las brasas de una improvisada parrilla.

Poco a poco ese entusiasmo, muy típico de finales del siglo XIX y principios del siglo XX —en contraposición a esta apatía típica del siglo XXI—, iría ampliando sus fronteras.

Alguien se apercibió de que para ganar a los equipos rivales había que jugar conjuntados. Eso exigía entrenar para perfeccionarse. El ganar se convirtió en un objetivo que desplazó a la mera diversión.

Ya se había introducido en el fútbol el primero de los malditos “ismos”: el localismo. Los héroes locales serían jaleados en la victoria por sus convecinos.

Y llegaron las asociaciones de jugadores procurando reunir un ramillete con los mejores. En cualquier actividad humana siempre hay quien no se contenta con lo que tiene y aspira, muy lícitamente por cierto, a mejorar su capacidad y su rendimiento.

Surgieron las elites, esos jugadores que todos los conjuntos se disputarían por su calidad innata o adquirida.

La devoción al pueblo, barrio, ciudad o club haría difícil que esas elites abandonaran sus orígenes. Pero ya en aquellos años había algo que podía tentar a cualquiera a vencer el localismo: el dinero.

Así nacería el deportista profesional. Ahora había una casta de nuevos traidores que vendían sus servicios por treinta monedas al pueblo o club rival. No es de extrañar que los profesionales estuvieran mal vistos en los orígenes del deporte.

Entrado ya el siglo XX las asociaciones de jugadores crecieron y llegaron a disponer de un patrimonio económico propio.

Se crearon las ligas y las federaciones, siguiendo siempre criterios territoriales. Alcanzamos entonces el segundo de los malditos “ismos”: el nacionalismo, en sus variantes regional y nacional.

La fiebre del fútbol, deporte que en la Europa de entreguerras levantó pasiones, corrió de los valles a las mesetas por todo el Viejo Continente. En 1934 se jugó el segundo campeonato mundial de fútbol, el primero que se celebraba en Europa.

La Italia del Duce fue el escenario del primer apaño deportivo a escala mundial con fines nacionalistas. A falta de pruebas contundentes sí parece que existen serias evidencias sobre las maquinaciones políticas para que los anfitriones se alzaran con el título.

Dejaré a los siempre inteligentes lectores que puedan haber llegado a este punto de la disertación el resto de la historia.

Las asociaciones territoriales, localismos en primera instancia, dieron lugar a las federaciones, y éstas se ampararon en los nacionalismos para crecer, con el beneplácito de los gobiernos y los vítores de los compatriotas.

Y yo me pregunto qué habría pasado si en el principio, en lugar de asociarse territorialmente, los jugadores se hubieran asociado gremialmente. Hubiéramos tenido encuentros entre carniceros y fontaneros, entre pasteleros y mecánicos, entre taxistas y sanitarios, entre maestros y canteros.

Quizá nunca se hubieran producido muertes vergonzosas en el entorno del fútbol. Los gremios no levantan pasiones como lo hacen los malditos “ismos”.

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6 de febrero de 2007