En el anterior artículo hablaba de Dimitri Piterman y del giro que ha dado en los últimos tiempos, volviéndose quizá despiadado para con sus trabajadores y un déspota para con la prensa.

En un principio me pareció que este hombre podía aportar aire fresco a un sistema deportivo-profesional español que no ha evolucionado con los tiempos y las tendencias actuales.

Tras su aterrizaje en España hizo tambalear unos falsos cimientos, como es la necesidad de disponer de titulación oficial para acceder al deporte profesional. En este ámbito la única titulación que vale es el dinero que pueda pagar el club y el currículo profesional de cada entrenador.

En todo caso el organizador del campeonato, bien sea RFEF, UEFA o FIFA en el caso del fútbol, podrá exigir como requisito previo el pago de una licencia para que el entrenador pueda acceder a la competición privada de la que se trate.

El éxito o el fracaso dictará el futuro del entrenador esté o no titulado. Dictará tanto su futuro inmediato al frente del equipo como su futuro a largo plazo en el circuito profesional.

No se está tratando aquí con niños, ancianos, minusválidos o personas que se inician en la práctica deportiva y que precisan de unas bases correctas supervisadas por personal titulado para bien encaminarse en el mundo del deporte.

Al mundo del deporte profesional los deportistas llegan ya con los rudimentos de su deporte bien asentados.

Y pensé que Dimitri Piterman iba a meter en cintura al obsolescente esquema de relaciones deportivo-profesionales que impera en España.

Pero ya que Piterman se encuentra perdido en unos procelosos cerros de Úbeda, voy a presentar aquí el sistema que yo utilizaría en caso de tener bajo mi gobierno uno de esos equipos de pedigrí.

Entiendo que lo menos que se le puede exigir a un profesional del deporte es que sepa aplicarse un buen calentamiento y unos correctos estiramientos al principio de la jornada, y un acorde enfriamiento y una buena sesión de estiramientos al final de la misma.

No entiendo que el entrenador del equipo deba perder el tiempo en ejercicios calisténicos y juegos de gimnasia, esos que vemos en los entrenamientos de los equipos punteros por la “tele” donde parecen críos en el patio de recreo. Que sí, que los jueguecillos del pilla-pilla fomentan la diversión y la distensión en el equipo y todo eso, pero para ello está otro grupo de profesionales.

A un deportista profesional también le exigiré que se cuide físicamente durante su vida privada habida cuenta de los honorarios que percibe —y si no está de acuerdo que lo deje—. ¿Por qué tengo la sensación de que esto se hace en todos los gremios deportivos sin necesidad de exigirlo excepto en el de los futboleros, diosecillos de tres al cuarto con exceso de dinero y con déficit cultural?

Y no me estoy refiriendo únicamente a las salidas nocturnas. También me refiero al control de una dieta en su más amplio sentido. Un dieta que le aporte las energías necesarias y en el momento preciso para estar siempre en facultades de cumplir con sus compromisos profesionales.

Como equipo de profesionales que hemos contratado los servicios del deportista profesional podríamos orientarle en estos aspectos, pero dejaríamos a elección de cada cual la decisión final.

Eso sí, cada trimestre habría una batería de pruebas físicas de mínimos, en función del momento de la temporada en el que se encuentre la competición profesional y el control de una serie de parámetros, entre los que sin duda estaría el peso. Nos evitaríamos así tener “gorditos” en el equipo.

Si el jugador no superara esos mínimos lo sancionaríamos económicamente —estaría recogido en el contrato, por supuesto— disminuyendo su bolsa mensual y sus incentivos.

Pero para estar al máximo de su rendimiento en cada momento de la temporada estos futbolistas profesionales necesitarían algo más que unas sesiones de carrerita, eslálom, y media vuelta.

Por lo que con el dinero que cobran los futbolistas profesionales deberían contratar los servicios de un entrenador personal, que la Universidad es una fábrica de hacer parados, y del Instituto Nacional de Educación Física —el conocidísimo INEF— salen todos los años un montón de chavales y chavalas (algunos pésimamente informados de lo que realmente es el mundo deportivo) que aquí tendrían una buena oportunidad.

Pero volviendo a mi gestión de un equipo profesional —que el paro post-universitario lo arregle quien le corresponda— con esto conseguiría descargar al entrenador contratado de una innecesaria labor de preparación del acondicionamiento físico.

Mi entrenador vendría al estadio únicamente a trabajar las tácticas de juego previas a cada partido con el equipo. ¿Alguien piensa que un entrenador de un equipo de Champions tiene que enseñarle a un profesional cómo controlar un balón que viene a media altura?

Sesiones diarias de dos o tres horas de trabajo específico del deporte en cuestión. Y quien no diera la talla, al banquillo y con menos ingresos (y yo con la conciencia bien tranquila porque no se morirá de hambre, no).

¿Por qué tener a mi entrenador seis horas en el estadio, dando lecciones como si de un entrenador de alevines se tratara?

¿Por qué tendría que pagarle un pastón a un entrenador para que les haga cuatro tablas de ejercicios abdominales a mi cuadrilla de nuevos ricos mal acostumbrados?

No contrataría a un entrenador profesional por sus conocimientos como preparador físico, sino por como sabe plantearme un partido y resolverlo táctica y estratégicamente.

¿Se da cuenta mi amable lector del sofisma que significa exigir titulación alguna a un entrenador de un equipo profesional? ¿A quién le importa dónde haya aprendido sus estrategias si funcionan?

24 de febrero de 2007