Los vestuarios de los equipos de fútbol son como los trasteros.

Uno va almacenando allí cualquier cosa de la que no quiere desprenderse hasta que no queda más sitio y hay que reorganizarse.

Uno guarda allí unos tornillos que sacó de algún lado que ya ni recuerda, pero de los que no quiere desprenderse aunque ya tengan 31 años porque siguen prometiendo ser útiles algún día.

También se guarda en los trasteros objetos que uno atesora desde la infancia, y de los que no quiere desprenderse porque les ha cogido un cariño a base de tenerlos siempre consigo. Y ello aunque está seguro de que a medida que pasa el tiempo son cada vez menos útiles y a medida que siga pasando será más difícil deshacerse de ellos.

A mí me pasa con un juego llamado “Goleada”, que siguiendo el esquema de la clásica “Oca” asemejaba un partido de fútbol. En los vestuarios ese juego se llama “los canteranos”.

Otra de las categorías de objetos almacenados en un desván son aquellas figuritas que uno compró en un momento de su juventud, que eran muy bonitas y que costaron un huevo y la yema del otro, pero que se han ido quedando feas y ahora hasta se ven sucias o gordas. Resulta que ha pasado el tiempo y no podemos recuperar ni tan siquiera la inversión que hicimos en su momento porque ya nadie las quiere. Ahora las hay mejores y más baratas.

Uno guarda también en el desván los libros de la EGB (¡madre mía!, si alguno de los que pudan leer esto ya no saben ni qué es eso). Libros que encerraban un tesoro cultural y no los de ahora que parecen una colección de laminitas llenas de infografías como las que regalan los dominicales con tal de vender algo más.

Pero nadie los va a leer hoy en día, pues lo que está de moda son los juegos de “la pley”, esa máquina que uno se lleva cuando va de viaje y para la que no hace falta saber leer.

Siempre se dijo que viajar era cultura. Sí, pero visitando los lugares de destino y no aislándose en la habitación con “la plei” (lo que, por cierto, tampoco promueve la relación entre compañeros).

En fin, que llega un momento en que el dueño de la casa ha de empezar a poner orden y a tirar objetos inservibles o/e inútiles —como un transformador de 120/220 voltios—. Y claro, todos aquellos miembros de la familia que no lo entienden se llevan las manos a la cabeza porque algunas cosas que allí se hacinan han alcanzado la categoría de tabú —como las fotos de la abuela, con lo sencillo que es digitalizarlas antes de que se estropeen más aún.

Lo mejor en estos casos, cuando uno es el cabeza de familia, es hacer limpieza sin avisar. Anunciar el día de la limpieza puede dar lugar a un motín en la casa, aunque la tengas pintada de blanco.

(Otro día más hablando de fútbol. He cogido un virus…).

22 de enero de 2007