Uno de los aspectos más agradables de estas fechas son las tertulias y sobremesas mantenidas con familiares y amistades. El charlar sin prisas, al calor de la lumbre —quienes vivimos en zonas rurales nos podemos permitir el lujo de tener que calentar la casa quemando leña—, permite una conversación animosa, distendida, alocada, y en ocasiones hasta profunda.

El deporte, ¡cómo no!, acapara gran parte de los debates. Lo avanzado de la hora y el buen vino hacen que en ocasiones los argumentos que se exhiben puedan llegar a ser aventurados o/y descabezados, entrando en terrenos de difícil catalogación.

Resumiré una de las tertulias navideñas en la que se divagó sobre los motivos del bajo nivel que vive en estos momentos el fútbol del norte.

El fútbol del Cantábrico vive uno de sus momentos menos gloriosos, y nuestro Athletic, equipo al que nos vemos obligados a seguir por los motivos de todos conocidos, se ve inmerso en ese valle futbolístico en el que la luz de los resultados no acaba de abrirse paso.

Así pues elaboramos una teoría que expondré aquí para ver si alguien es capaz de rebatirla con argumentos, aunque mucho me temo que se trate de una de esas lecturas que se justifican a sí mismas.

El fútbol en estas latitudes siempre ha sido un fútbol vertical, de fuerza y de lucha constante ante el rival y contra las condiciones climatológicas. Los inviernos en esta franja costera han sido siempre lluviosos, húmedos y moderadamente fríos, con una sensación térmica por debajo de la temperatura que refleja el termómetro a causa de la humedad reinante.

Jugar en estas condiciones climatológicas supone un desgaste doble al que nuestros jugadores se habitúan entrenando en el mismo entorno climático en el que compiten.

Los campos de juego, siempre embarrados o encharcados, dificultan los malabarismos con un balón que al empaparse se carga con un peso adicional. Es un tópico la imagen de jugadores infantiles metiéndose en el mayor charco del campo para sacar de ahí la pelota.

Durante nuestro pluvioso invierno, que viene a durar de mediados de octubre a mediados de abril —seis largos meses de los diez que puede durar una liga—, nuestros campos se convertían en fortalezas inexpugnables para equipos habituados a jugar en un césped seco. Equipos que gozan del benigno clima mediterráneo, equipos de la soleada mitad meridional del país, y equipos del seco invierno castellano.

Pero desde hace unos años esto ha dejado de ser así. La climatología ha cambiado y nuestros campos de juego presentan unas “perfectas condiciones para el juego”, que dicen los locutores. Nuestros jugadores, que se han ido forjando en las categorías de base bajo la constante lluvia invernal, se encuentran ahora perdidos desenvolviéndose los diez meses en un medio que les es ajeno.

¿De cuándo aquí el Sevilla podría haber ganado al Athletic en San Mamés por tres goles a uno en plena temporada invernal?

Como consecuencia de ello nuestro fútbol físico no acaba de encontrarse a sí mismo en un entorno en el que los magos del balón regatean y recortan en un palmo de terreno.

A ello se ha sumado la mejora técnica en los campos de fútbol, con eficaces drenajes y mejores superficies de juego, y las mejoras tecnológicas en la confección de un balón-pluma que hoy en día ni siquiera se moja en un día de lluvia.

O vuelve nuestro clima o nos vemos esperando a que nuestros jugadores de base se vayan aclimatando al nuevo estado de los campos de juego.

De ser cierta esta loca teoría estaríamos perdiendo nuestra idiosincrasia futbolística por culpa del cambio climático…

5 de enero de 2007
(no creo en los reyes)