En la pretensión de controlar el mundo del deporte —manía de político esto de controlarlo todo, que son incapaces de dormir mientras algo tenga vida propia fuera de su alcance— se están duplicando leyes, con el riesgo y el gasto que ello conlleva.

Nos acaban de regalar una ley antidopaje (la encontrará enlazada en la barra derecha de esta bitácora), cuando lo cierto es que todo aquello que sea nocivo para la salud ya está regulado legalmente. Tan sólo hacía falta recoger en la legislación existente las especificidades propias del deporte.

Usted ya sabe que cuando un distribuidor de droga es atrapado se le acusa de un delito contra la salud pública (Capítulo III (De los delitos contra la salud pública —ver artículos 368 y siguientes—) del Título XVII del Libro II del Código Penal). Ya teníamos una ley para juzgar a quien incita a otros a drogarse, la Ley Orgánica 10/1995, de 23 de noviembre, del Código Penal.

De los demás problemas que lastran al deporte de competición uno de los más graves es la violencia. Estos desmanes comenzaron a prodigarse con motivo de espectáculos deportivos, sobredimensionados por los medios de comunicación.

En este tipo de eventos supermediatizados los chicos de la prensa, deseosos de vender su producto, no reparan en despliegues para incitar a las aficiones a participar en la fiesta deportivo-agonística.

Ya es un tópico vender un encuentro deportivo en la cumbre como un duelo. Y es típico buscar historias personales que puedan ser enmarcadas en el enfrentamiento de dos equipos y presentarlas como guerras particulares con deudas que saldar.

Las más de las veces los profesionales del deporte son ajenos a estos conflictos artificiales, a veces sacados del pasado, a veces basados en estadísticas.

Pero todo ello lleva a tensiones entre las aficiones. El desbordamiento que sufren las Fuerzas de Orden y Seguridad del Estado con motivo de tales manifestaciones deportivas es de sobra conocido por todos.

Es prácticamente imposible controlar a una muchedumbre enfervorizada. Y al final pagamos todos con nuestro dinero los desmanes de cuatro chiflados alentados desde las redacciones con argumentos incitadores y belicosos.

Estoy convencido de que los chicos de la prensa no tienen en mente que esos cuatro analfabetos quemen un coche; sólo piensan en vender más y mejor su producto —periódico o cadena— ya que con ello llegará más publicidad a su empresa. Pero yo diría que sí conocen los efectos que sus afirmaciones producen en las masas.

A buen seguro éste ha de ser un precio de la democracia, cuando no es posible exigir responsabilidades a quien dice estar haciendo su trabajo y la sociedad —más bien la muchedumbre— dice que lo está haciendo bien.

Por imitación, por la facilidad, y hasta por la impunidad que se da en las competiciones de categorías regionales, la violencia en el deporte es una realidad semanal para muchos árbitros españoles.

¿Tendremos pronto una ley específica para la violencia en el deporte, señor Lissavetzky, o su prurito ya ha quedado satisfecho?

Permítame anticiparme y recordarle que ya tenemos legislación contra la violencia que se articula a través del Código Penal. No hay necesidad de crear nuevas leyes específicas para el deporte.

¿Cuál será el próximo frente contra el que se alistarán nuestros políticos? ¿El fraude en el deporte?

Ya tenemos leyes contra el fraude. Sólo hace falta aplicarlas.

12 de diciembre de 2006

Actualización 13 de diciembre de 2006 a las 03:31 horas

Si en el artículo anterior me partía de risa con la solución legal encontrada por la Federación Catalana de Patinaje para solventar el problema de su selección autonómica de hockey patines, y en este artículo criticaba el maremágnum de leyes a que nos somete el político que pretende inmortalizarse, acabo de sufrir un ataque de hilaridad legislativa al leer esta breve noticia que ha dejado en mi buzón-e un amable lector: El ex árbitro Hoyzer, a un paso de la absolución, de la que entresaco este párrafo para los que van con prisa:

[29.11.2006]
El fiscal jefe del Estado [es decir, la acusación], Hartmut Schneider, manifestó ayer, al inicio de una sesión de apelación, que se debería absolver a Hoyzer. Schneider admite que, pese a que no hay duda de que los acusados incurrieron en fraude, está por ver que lo ocurrido sea jurídicamente punible.

Rien ne va plus, messieurs.

Actualización 19 de diciembre de 2006 a las 02:31 horas

Al final el árbitro alemán no se irá de rositas según leo en esta noticia: Hoyzer, a la cárcel.

No habrá quien deje de pensar que al fiscal le pueden haber untado a última hora. No tiene desperdicio la moralina del fiscal Schneider:

[16.12.2006]
El fiscal Hartmut Schneider justificó su petición de absolución en sus dudas acerca de si se les podía imputar estafa, puesto que el cliente que deposita una apuesta parte de la presunción de que habrá juego limpio, pero no hay garantía de ello.

Mais oui! Il allait plus, messieurs.