Colaboración especial para Voz Editorial

En el último artículo ponía en solfa los supuestos intereses filantrópicos del COI y de sus gobernantes. Ya deberíamos tener claro que el ideal olímpico es de color verde dinero.

Retomo la pregunta que hice allí: si hay dinero público para mejorar y ampliar las infraestructuras de una ciudad, ¿por qué no se impulsa desde la Administración esas mejoras para el ciudadano sin el pretexto de un evento deportivo? Máxime cuando su organización —sin contar las obras públicas— supondrá un déficit para la ciudad y por ende para el Estado.

¿Qué necesidad hay desde una Administración de seguirle el juego al COI? ¡Que organicen otros y que carguen con los descubiertos!

¿No será que las personas involucradas en la organización de tan faraónico evento ven promocionada su imagen, que al fin y al cabo es de la que van seguir comiendo cuando finalice su vida pública en esos puestos de dirección y gestión?

Es más fácil organizar cuando corre el dinero que cuando no hay un duro y hay que buscarlo debajo de las piedras.

Así, cuando estos gestores de lo público desembarcan en empresas que exigen sobriedad en el gasto, encallan y zozobran, terminando —casi por conmiseración— en un gris pero bien pagado puesto de consejero.

Veamos las estimaciones de gasto hechas públicas para los Juegos de 2008 y para los de 2012:

9.10.2006
¤ PRESUPUESTO DE 6.000 MILLONES DE DÓLARES
• Pekín no reparará en gastos para los JJOO

23.07.2006
¤ LONDRES 2012: 10.000 MILLONES
• La carrera olímpica sale cara

Conocemos el déficit generado en Atenas y el descontento que reina en esa ciudad tras los JJOO de 2004. Y también sabemos de las pérdidas económicas de Turín este mismo año 2006.

El dinero de las firmas comerciales y de las televisiones se diluye entre unos bolsillos y otros, y el desgaste que soportan las Administraciones no justifican el esfuerzo de organizar unos juegos instalados en el sibaritismo.

Nos hablan los señores del COI —los señores de los anillos— de pretender una anacrónica paz olímpica, pero los gastos fastuosos de las ceremonias de apertura y clausura, producto de sus exigencias, bien podrían ser invertidos en paliar el hambre en el mundo, en curar las enfermedades endémicas y en corregir el analfabetismo en las zonas menos privilegiadas.

Ésta es la solidaridad del a sí mismo llamado Primer Mundo para con los desheredados que han tenido la mala suerte de nacer en el Tercer Mundo.

Mucho llenarse la boca rememorando la época del clasicismo griego, pero la austeridad espartana no es precisamente la marca de la casa —salvo en los Juegos Paralímpicos—. No olvidemos que se trata tan sólo de jugar unos partidos, y de correr más rápido, saltar más alto y lanzar más fuerte.

Pero el lujo no llega a la villa olímpica, donde se alojan los verdaderos protagonistas. Las comodidades son para el palco: dirigentes políticos, dirigentes deportivos, dirigentes económicos, dirigentes sociales, y para reyes y otros palos de las rancias noblezas que deberían ser abolidas de una vez para siempre en nombre de la igualdad humana.

Los gastos en protocolos y en seguridad de las personalidades invitadas y de otras a las que se les antoja acudir se disparan siempre por encima de las estimaciones más amplias.

Todo ese derroche económico sale del bolsillo del contribuyente. No hay multinacional tan estúpida como para regalar su dinero. Si no hay suculentas contraprestaciones a cambio ninguna empresa invertirá ni un céntimo.

No se conciben hoy en día —con la complacencia del COI— unos JJOO sin celebraciones fastuosas. Ya nadie recuerda que fue un político europeo, de nombre Adolfo, quien por primera vez en 1936 se ocupó de organizar en Berlín una pomposa y suntuosa ceremonia de apertura. La actual grandiosidad que preside estas ceremonias es, pues, herencia directa del nazismo.

En torno a la celebración de los JJOO modernos crece una nueva forma de esclavitud: la prostitución organizada. Pero los tartufos de los anillos prefieren hablarnos de esa legendaria paz olímpica que quizá se daba circunstancialmente en el mundo heleno de hace tres mil años.

Existe igualmente un dispendio desproporcionado de dinero público que no ve recompensa alguna en torno a las candidaturas malogradas.

Puedo entender que nadie garantice la elección de la sede olímpica, pero entonces: ¿por qué concurrir con dinero público a un concurso que no aporta garantías?

Si tanto beneficio reporta la organización de unos JJOO en una ciudad concreta, ¿por qué no toma el liderazgo la iniciativa privada avalando económicamente la candidatura?

14 de noviembre de 2006