Falsa moral
Martes, 14 de Noviembre de 2006 |
la aguja |
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olimpismo | sociedad
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Colaboración especial para Voz Editorial
En el último artículo ponía en solfa los supuestos intereses filantrópicos del COI y de sus gobernantes. Ya deberíamos tener claro que el ideal olímpico es de color verde dinero.
Retomo la pregunta que hice allí: si hay dinero público para mejorar y ampliar las infraestructuras de una ciudad, ¿por qué no se impulsa desde la Administración esas mejoras para el ciudadano sin el pretexto de un evento deportivo? Máxime cuando su organización —sin contar las obras públicas— supondrá un déficit para la ciudad y por ende para el Estado.
¿Qué necesidad hay desde una Administración de seguirle el juego al COI? ¡Que organicen otros y que carguen con los descubiertos!
¿No será que las personas involucradas en la organización de tan faraónico evento ven promocionada su imagen, que al fin y al cabo es de la que van seguir comiendo cuando finalice su vida pública en esos puestos de dirección y gestión?
Es más fácil organizar cuando corre el dinero que cuando no hay un duro y hay que buscarlo debajo de las piedras.
Así, cuando estos gestores de lo público desembarcan en empresas que exigen sobriedad en el gasto, encallan y zozobran, terminando —casi por conmiseración— en un gris pero bien pagado puesto de consejero.
Veamos las estimaciones de gasto hechas públicas para los Juegos de 2008 y para los de 2012:
9.10.2006
¤ PRESUPUESTO DE 6.000 MILLONES DE DÓLARES
• Pekín no reparará en gastos para los JJOO23.07.2006
¤ LONDRES 2012: 10.000 MILLONES
• La carrera olímpica sale cara
Conocemos el déficit generado en Atenas y el descontento que reina en esa ciudad tras los JJOO de 2004. Y también sabemos de las pérdidas económicas de Turín este mismo año 2006.
El dinero de las firmas comerciales y de las televisiones se diluye entre unos bolsillos y otros, y el desgaste que soportan las Administraciones no justifican el esfuerzo de organizar unos juegos instalados en el sibaritismo.
Nos hablan los señores del COI —los señores de los anillos— de pretender una anacrónica paz olímpica, pero los gastos fastuosos de las ceremonias de apertura y clausura, producto de sus exigencias, bien podrían ser invertidos en paliar el hambre en el mundo, en curar las enfermedades endémicas y en corregir el analfabetismo en las zonas menos privilegiadas.
Ésta es la solidaridad del a sí mismo llamado Primer Mundo para con los desheredados que han tenido la mala suerte de nacer en el Tercer Mundo.
Mucho llenarse la boca rememorando la época del clasicismo griego, pero la austeridad espartana no es precisamente la marca de la casa —salvo en los Juegos Paralímpicos—. No olvidemos que se trata tan sólo de jugar unos partidos, y de correr más rápido, saltar más alto y lanzar más fuerte.
Pero el lujo no llega a la villa olímpica, donde se alojan los verdaderos protagonistas. Las comodidades son para el palco: dirigentes políticos, dirigentes deportivos, dirigentes económicos, dirigentes sociales, y para reyes y otros palos de las rancias noblezas que deberían ser abolidas de una vez para siempre en nombre de la igualdad humana.
Los gastos en protocolos y en seguridad de las personalidades invitadas y de otras a las que se les antoja acudir se disparan siempre por encima de las estimaciones más amplias.
Todo ese derroche económico sale del bolsillo del contribuyente. No hay multinacional tan estúpida como para regalar su dinero. Si no hay suculentas contraprestaciones a cambio ninguna empresa invertirá ni un céntimo.
No se conciben hoy en día —con la complacencia del COI— unos JJOO sin celebraciones fastuosas. Ya nadie recuerda que fue un político europeo, de nombre Adolfo, quien por primera vez en 1936 se ocupó de organizar en Berlín una pomposa y suntuosa ceremonia de apertura. La actual grandiosidad que preside estas ceremonias es, pues, herencia directa del nazismo.
En torno a la celebración de los JJOO modernos crece una nueva forma de esclavitud: la prostitución organizada. Pero los tartufos de los anillos prefieren hablarnos de esa legendaria paz olímpica que quizá se daba circunstancialmente en el mundo heleno de hace tres mil años.
Existe igualmente un dispendio desproporcionado de dinero público que no ve recompensa alguna en torno a las candidaturas malogradas.
Puedo entender que nadie garantice la elección de la sede olímpica, pero entonces: ¿por qué concurrir con dinero público a un concurso que no aporta garantías?
Si tanto beneficio reporta la organización de unos JJOO en una ciudad concreta, ¿por qué no toma el liderazgo la iniciativa privada avalando económicamente la candidatura?
14 de noviembre de 2006
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de un descreído del deporte




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Mercedes Coghen, consejera delegada de Madrid16 a la pregunta de “Diga un lema para reactivar en los madrileños la ilusión por la candidatura de la ciudad”: “Los sueños no hay que perderlos nunca”. NI la pasta, señora. Esa que se llevará usted hasta el 2016 si es que la cosa tira para adelante y no les paran antes. LO de los sueños está muy bien para cuando dormimos o nos duermen, pero a los que usted se refiere van a costar un dineral que sólo repercutirá en una minoría de privilegiados, aunque la broma (más bien, pesadilla) la pagaremos la inmensa mayoría.
Aguja: algunas venden sueños como si fueran churros gratis. Y si cuela, cuela…
Yo no digo que no se hagan, pero prefiero que los hagan otros.
Yo no digo que no se hagan, pero quiero que me cuenten la verdad.
Yo no digo que no se hagan, pero pregunto por la necesidad que tenemos de embarcarnos en tal evento.
Yo no digo que no se hagan, pero por lo menos que no se rían del contribuyente.
Yo no digo que no se hagan, pero me gustaría que no me engañaran.
Yo no digo que no se hagan, pero que dejen los cuentos de cenicientas y blancanieves para los libros de lecturas.
Yo no digo que no se hagan, pero si hay que hacerlos que los hagan los que van a ganar dinero con ello.
Yo no digo que no se hagan, pero ya que vamos a pagarlos entre todos podrían preguntarnos por lo menos (y no por encuestas manipulables, sino en un referéndum).
¡Y que leches!, yo si digo que no se hagan porque son los Juegos de la Vergüenza, donde los ricos se ríen de los pobres a todos los niveles y en todas las escalas.
Conforme leía tu respuesta (”Yo no digo que no se hagan”…) en mi mente calenturienta iba apareciendo un insistente y bello mensaje: “Yo sí digo que no se hagan”. Pero en el último párrafo me has chafado el invento. Como -al menos- ya somos dos, digamos al unísono: ¡¡NOSOTROS NO QUEREMOS QUE SE HAGAN!!
Definitivamente me les has quitado la gracia a las olimpiadas. Y mira que por más vueltas que le doy no encuentro forma de llevarte la contraria.
Es cierto que si no se organizaran este tipo de eventos la vida sería muy sosa.
Pero no es menos cierto que si nos envuelven con papel de regalo una rata muerta hasta nos hace ilusión (que lo que vale es la intención, nos decían antes).
Pero toda esta hipocresía (me ha gustado eso de “tartufos de los anillos”) empieza ya a empalagar.
Mira el cine. Hacen películas para que nos entretengamos, y si queremos verlas hay que pagar de una u otra forma. Y no nos vienen contando que si el séptimo arte, que si las artes escénicas, que si cualquier otra milonga…
Se juegan los cuartos como en cualquier negocio y nos venden su producto aderezado de mil colorines. Pero no nos engañan diciendo que el cine es bueno para nosotros, ni que tengamos que poner una desorbitada cantidad de dinero para traernos aquí un determinado festival cinematográfico.
Tienes razón. Todo lo que huele a deporte de alto nivel parece que destila un aroma a “iniciativas sin ánimo de lucro”, cuando la realidad es bien distinta.
Sin embargo para el presidente del club de barrio todo son trabas e impedimentos, como si el hombre fuera de repente a crear un emporio económico que eclipsara al barrio, al pueblo o a la ciudad.
Con el rollito de que el deporte sienta bien a la salud —lo cual nadie discute— cuelan una actividad empresarial de máxima categoría.
Yo, por mi parte, no dejaré de insistir. Todo el deporte profesional, Juegos Olímpicos incluidos, no son otra cosa que actividades económicas que dejan sus buenos beneficios. Y a mayor nivel, mayores beneficios.
Ya está bien de confundir churras con merinas, señores políticos. Apliquen la legislación vigente a tanto espabilao que no hace más que evadir los impuestos que otros empresarios pagan sin rechistar.