Drogas deportivas

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En toda frontera que se traza artificialmente en el mundo de las ideas quedan zonas ambiguas, una especie de tierra de nadie.

Sin embargo los extremos permanecen claramente diferenciados. La heroína y la cocaína son drogas. Las alubias y los garbanzos no.

Los criterios que demarcan la frontera, más bien ancha, fluctúan muchas veces siguiendo las modas, y otras veces en función del dinero o/y de los intereses de los que mandan, dirigen o gobiernan.

El tabaco y el alcohol están socialmente permitidos, pero hoy los poderes públicos arremeten contra su uso. ¿Son o no son drogas?

¿Y la cafeína? Si no es droga, ¿por qué tengo mono cuando no me tomo mi dosis diaria de café? Y si lo es, ¿por qué me permiten comprarlo en los ultramarinos?

¿Qué me dicen del azúcar? ¿En qué parte de la frontera la ponemos? Con los garbanzos y las alubias…, pero, ¿sabían que hubo un tiempo en que el azúcar estaba considerada una droga?

He afirmado al principio que la cocaína es una droga. Pero hubo una época en que la cocaína estaba considerada un estimulante de uso terapéutico.

Con este preámbulo pretendo demostrar que en el asunto de las drogas los criterios para determinarlas han sufrido modificaciones con el paso del tiempo. Me temo que en las drogas deportivas ha de ocurrir algo similar. ¿Quién puede afirmar que lo que hoy nos dicen que es dopante dentro de unos veinte años no haya dejado de serlo?

El mundo del deporte está en continuo cambio, en constante proceso de revisión. Sirvan como muestra los prejuicios que tuvo en su día el profesionalismo en el deporte.

Ya hemos hablado en alguna ocasión del cambio de actitud que ha experimentado el COI hacia los deportistas profesionales. Desde perseguirlos y proscribirlos —hasta hace bien poquito— a abrazar el profesionalismo deportivo y reconocerlo como el gran salvador de unos Juegos venidos a menos y cercanos a la desaparición por el desinterés de los Estados.

Tanto la concepción de lo que es o deja de ser droga como los propios postulados del deporte han sufrido cambios drásticos en un puñado de años que no dejan de ser más que una fracción muy pequeña de la Historia (cien años no son nada).

Y si hablamos de la historia particular del deporte observamos que esos cambios no han dejado de producirse en el siglo y medio que lleva presente en el planeta la actividad deportiva tal y como hoy día la entendemos.

De hecho, sustancias que hace poco no se consideraban dopantes hoy en día si están clasificadas como prohibidas en deporte y viceversa. De ahí que el CSD haga pública todos los años la lista de sustancias consideradas prohibidas en el deporte y que se haga una revisión anual de la misma.

Así que la pregunta que dejaré en el aire hasta el próximo día es: ¿existen estudios científicos —serios, veraces, objetivos— sobre los perjuicios del consumo a corto, medio y largo plazo de las sustancias consideradas hoy prohibidas en el deporte?

Y aún más: ¿es seria, veraz y objetiva la información que se traslada al público sobre los perjuicios derivados del consumo de sustancias prohibidas en el deporte?

Los poderes públicos hace tiempo que han perdido credibilidad ante la opinión pública, entre la que me encuentro. ¿Recuerdan cuando trataron de convencernos de que la energía nuclear era segura? Años después llegó la tragedia en Ucrania, en un lugar llamado Chernóbil.

20 de octubre de 2006

“Toda palabra dicha despierta una idea contraria” (Goethe)
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 Una lástima

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Cada día estoy más convencido de que los medios de comunicación nos manipulan de diversas formas a cual más artera. Sesgando la información, o mezclando torticeramente información y opinión.

Existen otras formas más ladinas de manipulación que guardan relación más con los razonamientos (el cómo se dice) que con las opiniones (el qué se dice).

Que hagamos eso los juntaletras que hemos encontrado nuestro solaz en esto de escribir para nuestra satisfacción particular podría considerarse un error de lógica.

Pero que lo haga un periodista que ha cursado cinco años de estudios universitarios —estudios que le hemos pagado entre todos los españoles apoquinando impuestos día sí y día también— tiene tela marinera.

Desconozco por falta de información y conocimientos si esta situación se repite en los ámbitos político, económico, social o laboral. Pero se da la circunstancia de que en el ámbito deportivo uno, que ya peina canas, ha velado armas antes de que esta pléyade de neo-periodistas deportivos acudiera al parvulario para hacer sus primeros palotes.

Así las cosas —dicen que sabe más el diablo por viejo que por diablo—, uno se amosca cada vez que llega a sus retinas la información deportivesca.

La prensa deportiva en este país es un mal que pagamos entre todos y que no tiene fácil solución, puesto que ha caído en hábitos complicados de superar.

En parte porque el vulgo no lo percibe, en parte porque el periodismo deportivo se ha instalado en la autocomplacencia, en parte porque las empresas mediáticas aumentan su cuenta de beneficios con el amarillismo deportivo, en parte porque a los poderes públicos les trae bastante sin cuidado la credibilidad y el rigor de la información deportiva.

Disfrutamos en este siglo XXI de una plataforma informativa que es Internet y de una lanzadera de opiniones personales que son las bitácoras.

Como diferencio al principio, una cosa es que tras una bitácora haya un aficionado a maltratar teclas y otra bien distinta un profesional de aporrearlas. No son exigibles idénticos mínimos a unos y a otros.

El año pasado han desembarcado en este mundillo de las bitácoras un grupúsculo de periodistas deportivescos muy conocidos de la afición futbolera.

Pero me he ido desencantando. Quizá me había creado demasiadas expectativas sobre la calidad, la ecuanimidad, la credibilidad y el rigor que esta gente aportaría en sus bitácoras deportivas.

El periodismo deportivo está considerado por los propios profesionales a la altura de la prensa rosa; las bitácoras deportivas ni siquiera son relevantes para los observadores de la blogosfera a pesar de haber proliferado a la sombra del mundial de fútbol.

Son legión quienes leen las bitácoras de estos periodistas-blogueros. Pero a fe que no hay mucho en lo que fijarse.

En las bitácoras deportivas cada cual vierte su visceralidad contra aquello que, con razón o sin ella, no es de su agrado. Y ahí van quedando posts las más de las veces con faltas de ortografía o/y patadas a la gramática.

Por supuesto no ocurre así en las bitácoras de los periodistas deportivos. Pero sí que se mezcla información y opinión, se emiten juicios de valor recubiertos de un halo de verosimilitud, o se deslizan subrepticiamente razonamientos falaces.

¡Qué dura debe ser la vida del gurú del periodismo deportivesco, adepto de la prensocracia!

No extrañe pues a la media docena de amigos que se dejan caer de vez en cuando por estas páginas virtuales que en mi blogroll deportivo no aparezcan bitácoras de gente tan célebre que tienen nómina por verter su opinión en doscientas palabras.

Nota: no son de esta opinión en la bitácora kantinusportsteve. ¿Un arranque de corporativismo, quizá?

17 de octubre de 2006

“Toda palabra dicha despierta una idea contraria” (Goethe)
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