Heavyweight champion

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Estoy repasando los cuatro ránquines mundiales de boxeo… Sí, es cierto, parece de locos, pero en este deporte existen cuatro organismos mundiales que sancionan las diecisiete categorías de peso existentes. ¿Se imaginan que hubiera tan sólo tres federaciones mundiales de fútbol o de baloncesto?

Y por qué no. Una federación mundial única en un deporte profesional es algo que atenta contra la conciencia antimonopolio allí donde la haya. La capacidad de asociarse y crear macroestructuras organizativas es una particularidad más del deporte profesional. Sin llegar a la disgregación del boxeo, no le vendría mal a la FIFA un competidor.

¿No es la NBA una federación internacional? ¿No participan en ella equipos canadienses y yanquis? ¿Qué hace falta para que sea admitido un equipo europeo en la NBA? Tan sólo dinero, que es la moneda de cambio en el ámbito profesional.

Pero no quería desviarme del argumento con el que me he sentado hoy a escribir. En el boxeo profesional existieron casi desde siempre dos federaciones internacionales: el Consejo Mundial de Boxeo (WBC), reconocida como la primera, y la Asociación Mundial de Boxeo (WBA), que fue algo así como una escisión de la anterior.

Este tándem federativo fue un revulsivo para el mundo del noble arte. Las dos federaciones se disputaban los mejores campeones y los mejores eventos. Y cuando las ganancias podían multiplicarse se unificaban los títulos.

Estos acontecimientos universales han hecho las delicias de los aficionados de todo el mundo. ¿Qué puede haber mejor que una pelea por el campeonato del mundo? Pues una pelea por la reunificación de las coronas entre los dos campeones.

En su momento apareció el tercero en discordia: la Federación Internacional de Boxeo (IBF), quien no tuvo fácil situarse a la altura de las otras dos. El ninguneo y el veto fueron las armas utilizadas, pero finalmente se impuso la cordura y en aras de las ganancias múltiples este tercer organismo, con un buen trabajo de base y con campeones sólidos, alcanzó el estatus de organismo boxístico internacional aceptado por todos.

Vinieron después unos años locos en que pareció que podría llegar a haber —de hecho las hubo— hasta siete organizaciones mundiales de boxeo. Pero una vez más la ley de la oferta y la demanda en el mercado internacional y la sensatez de los empresarios pusieron las cosas en su sitio.

De aquella proliferación de organismos internacionales salió favorecida una cuarta pata para el banco: la Organización Mundial de Boxeo (WBO), que no acaba de cuajar en el ánimo de los aficionados. Parece que la WBO se mantiene en el estatus alcanzado, aunque lejos del reconocimiento que tienen las tres entidades internacionales ya mencionadas.

Como saben los aficionados al pugilismo, la categoría reina es el peso pesado (aunque la reina de las categorías es el peso medio). En el origen hubo una única categoría, lo que hoy llamaríamos categoría open. Cualquiera podía disputar un combate de boxeo, pero el riesgo de enfrentarse a un mastodonte de cien kilos frenaba a buenos púgiles que no sobrepasaban los setenta kilogramos. Pero esta es otra historia que quizá algún día me lance a desarrollar.

La nacionalidad del campeón del mundo del peso pesado (heavyweight champion) fue patrimonio exclusivo de los USA durante los noventa primeros años del siglo XX, con las salvedades del alemán Max Schmeling, el italiano Primo Carnera y el sueco Ingemar Johansson (en 1983 también llegó a reinar el poco recordado sudafricano Gerrie Coetzee, cuando ya existían dos organismos y dos campeones).

Entre los norteamericanos más recordados tenemos a Jack Johnson, Jack Dempsey, Rocky Marciano, Joe Louis, Floyd Patterson… Soy consciente de que dejo en el teclado muy buenos pesos pesados, pero éstos que nombro marcaron épocas hasta los años 70 del pasado siglo XX.

En esa década se vivió la edad de oro del heavyweight con púgiles de la talla de Joe Frazier, George Foreman y Ken Norton. La pléyade de pesos pesados de aquellos años fue comandada por Mohamed Ali, carismático tanto en el ring como fuera de él.

Cayó después sobre la categoría una época gris en la que campeones de la calidad de Larry Holmes no llegaron a calar en el gran público. Hasta que un chaval, que se convirtió en el heavyweight champion más joven de la historia, revolucionó el apagado mundo del boxeo. Ya habrán adivinado que me refiero a Mike Tyson. Lamentablemente sus errores van a impedir que este gran boxeador sea recordado con cariño.

La historia reciente nos deja campeones del peso pesado como Evander Holyfield. En las postrimerías del siglo XX otro europeo, el británico Lennox Lewis, se alzó con el campeonato mundial en el peso completo.

La hegemonía de los USA en el peso pesado ha sido indudable. Pero las cosas han cambiado en estos seis primeros años del nuevo siglo. Veamos los heavyweight champions a día de hoy:

• Heavyweight Champion WBC: Oleg Maskaev (Kazakstán)
• Heavyweight Champion WBA: Nikolai Valuev (Rusia)
• Heavyweight Champion IBF: Wladimir Klitschko (Ucrania)
• Heavyweight Champion WBO: Sergei Liakhovich (Bielorrusia)

El último campeón americano derrocado ha sido Hasim Rahman, que el 12 de agosto pasado perdía por KO en el último asalto —a falta de 43 segundos para finalizar el combate— ante el kazako Oleg Maskaev.

Nikolai Valuev (211 cm de altura y 150 kg de peso) acaba de revalidar su título el 7 de octubre frente al neoyorquino Monte Barrett por KO técnico en 11 asaltos.


Nikolai Valuev destronó, en decisión por mayoría, al portorriqueño John Ruiz

Como habrán observado, los cuatro campeones proceden de países ex-soviéticos. La caída del Muro de Berlín, la Perestroika y la entrada de fórmulas capitalistas han traído también consigo cambios en el mundo deportivo. Tras las reformas en las estructuras federativas han llegado los campeones profesionales del otro lado del Telón de Acero.

1)  ¿Está el mundo del boxeo en crisis deportiva y por ello los ex-soviéticos se han proclamado heavyweight champions?

2)  ¿Seguirán apostando los promotores boxísticos de Las Vegas y Atlantic City por los pesos pesados ahora que no tienen campeones nacionales que pudieran concitar el interés del público norteamericano?

3)  ¿Supondrá la invasión de los ex-soviéticos la puntilla que muchos están esperando al mundo del boxeo profesional en la meca por excelencia del boxeo mundial?

4)  ¿Cuántos campeones profesionales nos hemos estado perdiendo durante todos los años de Guerra Fría sufridos?

5)  ¿Cuántos nuevos campeones profesionales procedentes de las repúblicas ex-soviéticas están por llegar en boxeo y en otras modalidades?

6)  ¿O sólo están conquistando títulos en las modalidades de combate: boxeo, kickboxing, K-1?

7)  Tradicionalmente los púgiles pasan por ser “muy machos” y rehúsan la ayuda de las drogas deportivas. ¿Está el boxeo profesional suficientemente vigilado en este aspecto?

Les dejo con el listado completo de los campeones mundiales de los pesos pesados desde el mítico John L. Sullivan.

22 de octubre de 2006

“Toda palabra dicha despierta una idea contraria” (Goethe)
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 Drogas deportivas

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En toda frontera que se traza artificialmente en el mundo de las ideas quedan zonas ambiguas, una especie de tierra de nadie.

Sin embargo los extremos permanecen claramente diferenciados. La heroína y la cocaína son drogas. Las alubias y los garbanzos no.

Los criterios que demarcan la frontera, más bien ancha, fluctúan muchas veces siguiendo las modas, y otras veces en función del dinero o/y de los intereses de los que mandan, dirigen o gobiernan.

El tabaco y el alcohol están socialmente permitidos, pero hoy los poderes públicos arremeten contra su uso. ¿Son o no son drogas?

¿Y la cafeína? Si no es droga, ¿por qué tengo mono cuando no me tomo mi dosis diaria de café? Y si lo es, ¿por qué me permiten comprarlo en los ultramarinos?

¿Qué me dicen del azúcar? ¿En qué parte de la frontera la ponemos? Con los garbanzos y las alubias…, pero, ¿sabían que hubo un tiempo en que el azúcar estaba considerada una droga?

He afirmado al principio que la cocaína es una droga. Pero hubo una época en que la cocaína estaba considerada un estimulante de uso terapéutico.

Con este preámbulo pretendo demostrar que en el asunto de las drogas los criterios para determinarlas han sufrido modificaciones con el paso del tiempo. Me temo que en las drogas deportivas ha de ocurrir algo similar. ¿Quién puede afirmar que lo que hoy nos dicen que es dopante dentro de unos veinte años no haya dejado de serlo?

El mundo del deporte está en continuo cambio, en constante proceso de revisión. Sirvan como muestra los prejuicios que tuvo en su día el profesionalismo en el deporte.

Ya hemos hablado en alguna ocasión del cambio de actitud que ha experimentado el COI hacia los deportistas profesionales. Desde perseguirlos y proscribirlos —hasta hace bien poquito— a abrazar el profesionalismo deportivo y reconocerlo como el gran salvador de unos Juegos venidos a menos y cercanos a la desaparición por el desinterés de los Estados.

Tanto la concepción de lo que es o deja de ser droga como los propios postulados del deporte han sufrido cambios drásticos en un puñado de años que no dejan de ser más que una fracción muy pequeña de la Historia (cien años no son nada).

Y si hablamos de la historia particular del deporte observamos que esos cambios no han dejado de producirse en el siglo y medio que lleva presente en el planeta la actividad deportiva tal y como hoy día la entendemos.

De hecho, sustancias que hace poco no se consideraban dopantes hoy en día si están clasificadas como prohibidas en deporte y viceversa. De ahí que el CSD haga pública todos los años la lista de sustancias consideradas prohibidas en el deporte y que se haga una revisión anual de la misma.

Así que la pregunta que dejaré en el aire hasta el próximo día es: ¿existen estudios científicos —serios, veraces, objetivos— sobre los perjuicios del consumo a corto, medio y largo plazo de las sustancias consideradas hoy prohibidas en el deporte?

Y aún más: ¿es seria, veraz y objetiva la información que se traslada al público sobre los perjuicios derivados del consumo de sustancias prohibidas en el deporte?

Los poderes públicos hace tiempo que han perdido credibilidad ante la opinión pública, entre la que me encuentro. ¿Recuerdan cuando trataron de convencernos de que la energía nuclear era segura? Años después llegó la tragedia en Ucrania, en un lugar llamado Chernóbil.

20 de octubre de 2006

“Toda palabra dicha despierta una idea contraria” (Goethe)
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 Una lástima

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Cada día estoy más convencido de que los medios de comunicación nos manipulan de diversas formas a cual más artera. Sesgando la información, o mezclando torticeramente información y opinión.

Existen otras formas más ladinas de manipulación que guardan relación más con los razonamientos (el cómo se dice) que con las opiniones (el qué se dice).

Que hagamos eso los juntaletras que hemos encontrado nuestro solaz en esto de escribir para nuestra satisfacción particular podría considerarse un error de lógica.

Pero que lo haga un periodista que ha cursado cinco años de estudios universitarios —estudios que le hemos pagado entre todos los españoles apoquinando impuestos día sí y día también— tiene tela marinera.

Desconozco por falta de información y conocimientos si esta situación se repite en los ámbitos político, económico, social o laboral. Pero se da la circunstancia de que en el ámbito deportivo uno, que ya peina canas, ha velado armas antes de que esta pléyade de neo-periodistas deportivos acudiera al parvulario para hacer sus primeros palotes.

Así las cosas —dicen que sabe más el diablo por viejo que por diablo—, uno se amosca cada vez que llega a sus retinas la información deportivesca.

La prensa deportiva en este país es un mal que pagamos entre todos y que no tiene fácil solución, puesto que ha caído en hábitos complicados de superar.

En parte porque el vulgo no lo percibe, en parte porque el periodismo deportivo se ha instalado en la autocomplacencia, en parte porque las empresas mediáticas aumentan su cuenta de beneficios con el amarillismo deportivo, en parte porque a los poderes públicos les trae bastante sin cuidado la credibilidad y el rigor de la información deportiva.

Disfrutamos en este siglo XXI de una plataforma informativa que es Internet y de una lanzadera de opiniones personales que son las bitácoras.

Como diferencio al principio, una cosa es que tras una bitácora haya un aficionado a maltratar teclas y otra bien distinta un profesional de aporrearlas. No son exigibles idénticos mínimos a unos y a otros.

El año pasado han desembarcado en este mundillo de las bitácoras un grupúsculo de periodistas deportivescos muy conocidos de la afición futbolera.

Pero me he ido desencantando. Quizá me había creado demasiadas expectativas sobre la calidad, la ecuanimidad, la credibilidad y el rigor que esta gente aportaría en sus bitácoras deportivas.

El periodismo deportivo está considerado por los propios profesionales a la altura de la prensa rosa; las bitácoras deportivas ni siquiera son relevantes para los observadores de la blogosfera a pesar de haber proliferado a la sombra del mundial de fútbol.

Son legión quienes leen las bitácoras de estos periodistas-blogueros. Pero a fe que no hay mucho en lo que fijarse.

En las bitácoras deportivas cada cual vierte su visceralidad contra aquello que, con razón o sin ella, no es de su agrado. Y ahí van quedando posts las más de las veces con faltas de ortografía o/y patadas a la gramática.

Por supuesto no ocurre así en las bitácoras de los periodistas deportivos. Pero sí que se mezcla información y opinión, se emiten juicios de valor recubiertos de un halo de verosimilitud, o se deslizan subrepticiamente razonamientos falaces.

¡Qué dura debe ser la vida del gurú del periodismo deportivesco, adepto de la prensocracia!

No extrañe pues a la media docena de amigos que se dejan caer de vez en cuando por estas páginas virtuales que en mi blogroll deportivo no aparezcan bitácoras de gente tan célebre que tienen nómina por verter su opinión en doscientas palabras.

Nota: no son de esta opinión en la bitácora kantinusportsteve. ¿Un arranque de corporativismo, quizá?

17 de octubre de 2006

“Toda palabra dicha despierta una idea contraria” (Goethe)
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