Cada día estoy más convencido de que los medios de comunicación nos manipulan de diversas formas a cual más artera. Sesgando la información, o mezclando torticeramente información y opinión.

Existen otras formas más ladinas de manipulación que guardan relación más con los razonamientos (el cómo se dice) que con las opiniones (el qué se dice).

Que hagamos eso los juntaletras que hemos encontrado nuestro solaz en esto de escribir para nuestra satisfacción particular podría considerarse un error de lógica.

Pero que lo haga un periodista que ha cursado cinco años de estudios universitarios —estudios que le hemos pagado entre todos los españoles apoquinando impuestos día sí y día también— tiene tela marinera.

Desconozco por falta de información y conocimientos si esta situación se repite en los ámbitos político, económico, social o laboral. Pero se da la circunstancia de que en el ámbito deportivo uno, que ya peina canas, ha velado armas antes de que esta pléyade de neo-periodistas deportivos acudiera al parvulario para hacer sus primeros palotes.

Así las cosas —dicen que sabe más el diablo por viejo que por diablo—, uno se amosca cada vez que llega a sus retinas la información deportivesca.

La prensa deportiva en este país es un mal que pagamos entre todos y que no tiene fácil solución, puesto que ha caído en hábitos complicados de superar.

En parte porque el vulgo no lo percibe, en parte porque el periodismo deportivo se ha instalado en la autocomplacencia, en parte porque las empresas mediáticas aumentan su cuenta de beneficios con el amarillismo deportivo, en parte porque a los poderes públicos les trae bastante sin cuidado la credibilidad y el rigor de la información deportiva.

Disfrutamos en este siglo XXI de una plataforma informativa que es Internet y de una lanzadera de opiniones personales que son las bitácoras.

Como diferencio al principio, una cosa es que tras una bitácora haya un aficionado a maltratar teclas y otra bien distinta un profesional de aporrearlas. No son exigibles idénticos mínimos a unos y a otros.

El año pasado han desembarcado en este mundillo de las bitácoras un grupúsculo de periodistas deportivescos muy conocidos de la afición futbolera.

Pero me he ido desencantando. Quizá me había creado demasiadas expectativas sobre la calidad, la ecuanimidad, la credibilidad y el rigor que esta gente aportaría en sus bitácoras deportivas.

El periodismo deportivo está considerado por los propios profesionales a la altura de la prensa rosa; las bitácoras deportivas ni siquiera son relevantes para los observadores de la blogosfera a pesar de haber proliferado a la sombra del mundial de fútbol.

Son legión quienes leen las bitácoras de estos periodistas-blogueros. Pero a fe que no hay mucho en lo que fijarse.

En las bitácoras deportivas cada cual vierte su visceralidad contra aquello que, con razón o sin ella, no es de su agrado. Y ahí van quedando posts las más de las veces con faltas de ortografía o/y patadas a la gramática.

Por supuesto no ocurre así en las bitácoras de los periodistas deportivos. Pero sí que se mezcla información y opinión, se emiten juicios de valor recubiertos de un halo de verosimilitud, o se deslizan subrepticiamente razonamientos falaces.

¡Qué dura debe ser la vida del gurú del periodismo deportivesco, adepto de la prensocracia!

No extrañe pues a la media docena de amigos que se dejan caer de vez en cuando por estas páginas virtuales que en mi blogroll deportivo no aparezcan bitácoras de gente tan célebre que tienen nómina por verter su opinión en doscientas palabras.

Nota: no son de esta opinión en la bitácora kantinusportsteve. ¿Un arranque de corporativismo, quizá?

17 de octubre de 2006