Me permito tomar a préstamo el título de la
excelente pieza de Arthur Miller que le
valiera el Premio Pulitzer de teatro en 1949

Caminamos hacia un mundo absurdo, lleno de contrastes, de sinsentidos, de paradojas que no resistirían siquiera la intentona de una explicación.

Uno de esos contrasentidos es la alienación, que el Diccionario de la RAE define como:

2. f. Proceso mediante el cual el individuo o una colectividad transforman su conciencia hasta hacerla contradictoria con lo que debía esperarse de su condición.

Y así le está ocurriendo al paradigma del deporte profesional europeo: el fútbol.

Quizá otras modalidades deportivas presenten mayores atractivos, pero es innegable que este fútbol, el europeo o soccer, es el deporte de mayor extensión en el globo hoy por hoy. Y este fútbol camina hacia la alienación.

Ya en el pasado mundial de Alemania le dediqué una de estas reflexiones mías a unas palabras de Andrés Montes, locutor televisivo que presenta la dualidad de ser hábil para transmitir emociones pero torpe para expresar pensamientos.

El presentador tuvo la osadía de decir durante la retransmisión de un partido que había que terminar con la acción de echar la pelota fuera cuando un rival estuviera lesionado en el suelo.

Argumentaba yo entonces —infelice de mí— el daño que esas palabras podrían hacer en la juventud. Pero nunca hubiera imaginado que calarían en los directivos y los técnicos de las categorías profesionales del fútbol español. Uno prende una llama…

Y la pira se aviva sola. Tanto en Andalucía como en Castilla-León han saltado voces que se niegan a cumplir con esta norma ética y deportiva no escrita. Hasta en los torneos amistosos existen ya tanganas por esta causa.

En un segundo plano subyace otra falta más de deportividad: las tretas de algunos jugadores simulando una lesión para perder tiempo, por lo que ahora se pretende combatir el fuego con el fuego.

Los principios del deporte están incinerados, aunque la combustión comenzó con esa ubérrima simulación de faltas, penaltis y lesiones que han propiciado la aparición de un neologismo que no deja lugar al equívoco: el “piscinazo”.

¿Es posible seguir denominando deporte a una actividad en que la falta de deportividad será una característica intrínseca? ¿Copiarán los aficionados a los profesionales o aparecerá un cortafuegos que impida la expansión de semejante despropósito? ¿Qué ocurrirá el día en que el accidente sea grave?

No en todas las lesiones serias el afectado va a agitarse convulsamente en el suelo sobrecogiendo el ánimo de los presentes. La pérdida de consciencia deja a un ser humano inerte. Y en este caso los primeros segundos son cruciales para reducir in situ un coma de grado 3 a grado 2, por poner un ejemplo.

En la raíz de la problemática suscitada se esconde un reglamento incomprensible para los tiempos que corren. Un reglamento arcaico regido desde las entrañas de la Inglaterra más rancia por un grupo de carcamales —carcundas y carcomidos— que se obstinan en ignorar la actualidad tecnológica y la realidad mediática.

Es inaceptable seguir consintiendo que la polémica sea el estandarte de una actividad profesional en la que se mueven grandes intereses y que en sus manifestaciones más populares se vive al límite del colapso y del desbordamiento de los recursos disponibles.

También se opina sobre este asunto en el Arco.

3 de octubre de 2006