Estoy leyendo, tras la resaca del fin de semana, mi selección de bitácoras deportivas españolas. En todas se hace referencia al título mundial cosechado por la selección de la FEB.

Algunas de estas bitácoras son de temática casi exclusivamente futbolística. Pero con buen tino sus autores acertaron a referir las bondades del equipo de baloncesto, y comparan —es inevitable— las vivencias recientes con las decepciones aportadas por los futboleros del milloncín.

En todos los listados de comentarios a estos artículos baloncestísticos aparece algún descontento que no satisfecho con llevar la contraria pretende establecer diferencias entre los niñatos del futbolín nacional y estos gigantes del baloncesto —gigantes en lo deportivo y en lo humano— abundando en la supuesta dificultad que tiene jugar a fútbol.

Que si el vestuario es de 23 en vez de 14; que si hay muchas más fichas mundiales de fútbol que de baloncesto; que si la responsabilidad, y que si naranjas de la China.

Son los de siempre. Los que tienen 69 cm de circunferencia de hipotálamo y un trozo de cuero rancio envolviendo el cerebro desinflado.

Hace poco felicitaba al autor de la bitácora “Sin bajar del Autobús” por publicar una frase célebre con la que abría un artículo.

La frase, a cuyo autor se le reconoce una de las mayores mentes estratégicas de la Historia —ya nos gustaría a todos que Napoleón Bonaparte hubiese podido aplicar su genio táctico a cualquier deporte de equipo, guerras incruentas de nuestro tiempo—, me viene como anillo al dedo para la ocasión: “La envidia es una declaración de inferioridad”.

Las comparaciones son odiosas, pero confrontar el rendimiento de ambas escuadras es inevitable por la proximidad en el tiempo de ambos mundiales.

Esta nómina de imberbes, que —evidentemente— no se atreven a criticar abiertamente el éxito de unos profesionales del deporte, pretenden empañar la victoria de los chicos del baloncesto utilizando la puerta de atrás, con argumentos tan pelegrinos como los arriba apuntados.

Allá ellos, atajo de infieles. Algunos de los que así piensan hablaban de sentimiento patriótico en torno al fútbol con motivo del mundial de Alemania. ¡Hay que joderse!

Mucho tiene que cambiar este país para que todos sepamos reconocernos los méritos, y regocijarnos con los éxitos ajenos.

En cierta ocasión —ya lo he dicho en otros artículos—, hace mucho tiempo, oí que alguien decía que para que una democracia se asiente han de transcurrir cien años. Me pareció una barbaridad. Pero a día de hoy suscribo esa sentencia.

Comprenderá el lector avisado que en este momento no hago referencia a política alguna ni a nuestro reciente pasado imperfecto. Me estoy refiriendo, exclusivamente, a la capacidad que ha de tener cualquier subconjunto de una sociedad para asumir los fracasos propios, admitir las críticas, y felicitarse de los éxitos ajenos.

Ni me sentí partícipe de la derrota de los niñatos acomodados de la liga de los estrellados ni me he sentido partícipe de la victoria de los muchachos de la ÑBA. En ambos mundiales me limité a disfrutar del espectáculo.

Pero, eso sí, se me dibujó una sonrisa que me duró todo el día cuando un grupito de españolitos nada endiosados, a pesar de pertenecer desde hace tiempo al Olimpo, obtuvieron la recompensa a tantos esfuerzos.

¡Qué país el nuestro!

6 de septiembre de 2006