Leo con pesar en un diario deportivo nacional la reseña sobre la muerte de un joven motociclista en el circuito inglés de Cadwell Park.

El piloto Ashley Martin fallecía en este peligroso trazado el pasado 27 de agosto a la edad de 18 años.

Puesto a investigar sobre el accidente la primera sorpresa con la que me topo es la escasa información que existe del óbito en la lengua de Cervantes.

Hemos de recurrir a la lengua shakespeariana para acceder a los reportes sobre esta calamidad.

Pueden leer la noticia en Motor Sport Vision. Quienes no se desenvuelvan en este idioma sírvanse del traductor web que encontrarán en la columna de esta bitácora. Tan sólo tienen que copiar la dirección URL y pegarla en la caja de texto dispuesta para tal fin en el traductor.

Alguien podrá alegar que la muerte en el deporte es algo que siempre planea sobre los practicantes, y con especial peligro en ciertas modalidades deportivas entre las que se encuentran los deportes de motor.

Pero me parece muy triste que un joven que apenas ha empezado a vivir se encuentre con la parca por mor de unas centésimas de segundo menos.

Aunque si no les parece especialmente estremecedora esta noticia, continúen leyendo.

Ahondando sobre este peligroso itinerario cerrado, con badenes y curvas que hacen casi ingobernable una motocicleta lanzada a velocidades vertiginosas, descubro que el británico circuito de Cadwel Park cuenta con alguna muerte más.

El 29 de agosto del año pasado (2005) fallecía en estas mismas instalaciones deportivas consagradas al citius olímpico el piloto Chris Jones, de 14 años de edad.

¿Cómo es posible que se autorice a un niño a disputar carreras de velocidad? Si no se permite a los adolescentes obtener la licencia para conducir en vías públicas, en las que la velocidad máxima a la que debe circular un conductor novel es de 80 ó 90 km/h, ¿por qué se permite que estos niños compitan, luchando por llegar los primeros (lógicamente), rodando a velocidades de vértigo?

Aseguraría que cualquier lector tiene un hijo o un hermano, un sobrino o un primo, en una edad similar. Pregúntense por qué las autoridades transigen con el hecho de que un menor de edad ponga en peligro su integridad física y, como hemos visto, su vida. ¿A qué espera la Unión Europea, tan conturbable en otros casos, para cerrar este sinuoso circuito?

No entiendo que un accidente de una motocicleta de 125 cc. en una carrera de velocidad sea algo fortuito. No se trata de un malhadado choque de cabezas jugando a fútbol o un desafortunado encontronazo contra el mástil de una canasta.

Precisamente los vuelcos de porterías y canastas, en España, y estadísticamente hablando, siegan la vida de un menor cada año. Si nos esforzamos en evitar estas muertes previsibles, me niego a entender que se consienta que un menor de edad dispute una prueba deportiva en la que un error supondrá un accidente.

Algunos dirán que estos chicos sabían lo que se jugaban y decidieron tentar a la suerte en busca de la gloria. Pero, ¿distingue un niño de 14 años entre lo que desea hacer y lo que puede hacer?

1 de septiembre de 2006