Leo la siguiente nota entre divertido y consternado: “Futbolistas británicos almacenan células madre de sus hijos en previsión de lesiones”.

Tener dinero fresco no salvaguarda de caer en bulos y mitos urbanos —por supuesto muy costosos—. Según se nos dice en el cuerpo de la noticia, nada garantiza que esas células madre puedan servir para la finalidad perseguida.

Llama también la atención la actitud un tanto egoísta de los afamados deportistas —nuevos ricos en cualquier caso— que han optado por esta fórmula. Tan sólo uno dice haberlo hecho por su hijo. ¿Actitud honrosa la de este último o declaraciones sinceras las de los primeros?

Pero parece que los chicos del fútbol no iban muy desencaminados, puesto que en el corazón de España, en la mismísima Andalucía, se invierte dinero público en experimentos de este tipo.

El motivo de la investigación no es curar enfermedades hereditarias, degenerativas, o esas otras de las que raramente oímos hablar y que, verbi gratia, dicen las estadísticas que afectan a uno de cada diez millones de habitantes. El fin que se busca no es otro que “emplear células madre para la recuperación de lesiones en deportistas” (pero sólo para los de elite, no se vaya mi buen lector a hacer ilusiones).

¿Y quiénes piensan ustedes que están utilizando dineros públicos para conseguir que nuestros sanos chavalotes puedan correr más? Pues cuatro universidades andaluzas y el CSD. Les dejo el texto de la noticia en esta página de la web Segunda Modernización, editada por la Junta de Andalucía.

Y no es que uno se oponga a que el dinero público financie los proyectos de un grupito de estudiosos que pretenden engrosar su ego y su currículo —que digo yo que cómo quedarán estos chicos al lado del científico colombiano Manuel Patarroyo y de su gran gesto hacia la Humanidad—, porque entiendo el sistema de partidas presupuestarias y el principio de administración del Estado, pero me hace una gracia particular todo este asunto.

Consideraciones metafísicas aparte sobre el destino de las células madre embrionarias utilizadas en el proyecto del CSD, que según nos dicen en el primer enlace requieren la destrucción de embriones humanos, no acaba uno de entender la diferencia entre lo dopante y lo no dopante.

En la web de la Junta de Andalucía se habla de extracción de sangre de los lesionados para posteriormente, y aislando las células madre, aumentar artificialmente —en cultivo— el número de éstas y recuperar un cartílago dañado.

Es decir, que un ciclista no puede extraerse sangre para aumentar su número de hematíes artificialmente y sí es posible recuperar a un deportista con alquimias.

En todo este asunto del dopaje existe una fina línea trazada convencionalmente que separa la investigación legal de la fraudulenta. Y en el filo se sitúan la corriente oficialista y la iniciativa privada.

Y como todas las finas líneas convencionales que separan lo legal de lo ilegal, podría ser traspasada con cierta impunidad por quien tenga de su parte la ley y las instituciones.

Si se considera dopaje todo aquello que altera artificialmente el rendimiento del deportista, ¿por qué no considerar dopaje aquello que altera artificialmente la recuperación del deportista?

Me puedo dopar para recuperarme “milagrosamente” de una lesión en un tiempo récord, y sin embargo no puedo competir consumiendo esas mismas sustancias. ¿Es ésta una doble moral?

Cierto que un atleta puede ingerir medicamentos prohibidos en deporte para reponerse de una gripe. Pero de la recuperación de una lesión están saliendo más fuertes que antes, lo que no ocurre tras padecer la gripe.

Y estamos viendo que los deportistas “enfermos”, como los ciclistas Armstrong y Landis, obtienen un mayor rendimiento que un individuo sano.

Expondré el alcance de esta afirmación en mi próximo artículo.

19 de septiembre de 2006