Ciclismo: ¡touché!

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Si alguien ha tecleado estos días en algún buscador de bitácoras la palabra “dopaje” se habrá encontrado con cientos de entradas. En general la blogosfera hispana reprueba tales prácticas. Pero me he encontrado que incluso en bitácoras no deportivas ya se está planteando la posibilidad de aceptar cierta permisividad para el deporte profesional.

No dejo de notar también que en algunas bitácoras de temática ciclista parecen sentirse atacados casi casi en lo personal cada vez que resurge el tema.

Vengo observando la tendencia del mundo del ciclismo a echar balones fuera en relación con el dopaje. Que si el fútbol, que si el deporte USA… Incluso hay quien se ha permitido señalar a deportistas españoles, como Pau Gasol o Fernando Alonso, tratando quizá de desviar la atención cuando saltó el caso Heras.

No me parece una práctica madura abordar el problema desde esta óptica. Me parecería mucho más serio comenzar reconociendo que el ciclismo está corrompido.

En los últimos meses hemos asistido a tres buenos casos con el ciclismo como triste protagonista. La revelación de que Armstrong corrió con ayudas extras en sus primeras victorias galas. El dopaje de Roberto Heras. Y la “Operación Puerto”.

Hay quien todavía pretende exculpar al americano diciendo que si un contra-análisis sobre muestras congeladas no tiene valor, o que si se han vuelto a analizar con técnicas que entonces no existían.

En mi opinión, Armstrong corrió dopado. Tan dopado como quien hoy tome sustancias dopantes que estén aún sin catalogar. Que los médicos del Discovery Channel fueran más listos o tuvieran mejores presupuestos que los laboratorios antidopaje de hace seis o siete años no le hace inocente.

El mismo Discovery Channel ofrece documentales en los que se abren tumbas cientos de años después y se dictaminan con métodos forenses actuales las circunstancias que rodearon la muerte de personajes históricos. El canal de documentales se ha aplicado el cuento y creo que ha guardado silencio.

Pero en España siempre abundaron los abogados de causas perdidas. Y negar las evidencias nunca fue un buen método.

Que no sea sancionable este caso seis años después es cosa bien distinta. De hecho, no se ha planteado retirarle al tejano ninguno de sus títulos, lo que sí le ha ocurrido a Roberto Heras (he leído por ahí que también le ocurrió lo mismo al mítico Eddy Merckx en 1969, en beneficio de Felice Gimondi, por uso de estimulantes).

Lo de Roberto Heras tiene su tela. Se encuentran pruebas en su sangre de haberse administrado sustancias no naturales, y todavía había quienes pretendían crear una cortina de humo y desviar la atención: que si Gasol, que si Alonso…

Y conste que el ciclista no ha dicho ni pío. El muchacho cree en su inocencia, bien porque sea inocente de haberse administrado a sí mismo esas sustancias dopantes, bien porque no le queda más remedio que defender su dignidad.

Dignidad que no les puede quedar a quienes se han abierto diligencias como resultado de la “Operación Puerto”. Éstos sí que no van a decir ni pío porque en realidad les han hecho un favor.

Si las operaciones policiales se hubieran postergado unos meses —¿y qué prisa había después de tantos años de dopaje?— es posible que estos vividores del ciclismo hubieran dado con sus huesos en la trena. Hubiéramos comprobado si la tan famosa ley antidopaje, con la que nos llevan amenazando varios meses, se habría aplicado con todo su rigor.

Me da que esto va a quedar en un toque de atención y en un aviso a navegantes. No creo que ni los médicos ni los preparadores vayan a ser apartados del ciclismo de por vida, lo que sí sería una medida ejemplar.

Tengo claro que los culpables no son los ciclistas, que se ven obligados a doparse por la presión de su entorno, el capricho de quienes diseñan las carreras y las exigencias de quienes aplauden y consumen ciclismo.

En contrapartida tenemos el candor de quienes se obstinan en defender la asepsia de un deporte en el que lo único que de verdad cuenta es la resistencia —muscular y cardiovascular—. Se están quedando solos. Mientras, la sociedad comienza a asumir que todo ciclista profesional se dopa, aunque ellos prefieren decir que se persigue al ciclismo.

El ciclismo está envenenado. ¿Quién lo desenvenenará?

Tal vez en un futuro la conciencia social admita que un profesional del deporte necesite administrarse ciertas ayudas extras. En tanto llegue ese momento, que se me antoja lejano, tal vez el ciclismo profesional deje de ser lo que hoy día es.

6 de junio de 2006

“Toda palabra dicha despierta una idea contraria” (Goethe)
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 Dopaje profesional

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En mi último artículo especulaba con la conexión entre las mafias que amañan partidos de fútbol en el concierto internacional y los suministradores de sustancias dopantes.

El nexo de unión entre ambas tramas es el deporte profesional. Y dejaba bien clara la duda que promueve quien cobra por competir. Tal vez la supuesta deshonra por la derrota no sea suficiente acicate para no dejarse ganar. Tal vez un puñado de eurodólares extra sí supongan un incentivo para transigir con una derrota más en un palmarés profesional.

En el otro extremo de la balanza del fraude se sitúan aquellos que están dispuestos a todo por ganar. Incluso a perjudicar su salud ingiriendo sustancias que a medio y a largo plazo son perjudiciales para su organismo.

Nuestro colega Juan Puñetas, de Por el Arco del Triunfo exponía en los comentarios a mi último artículo que habiendo profesionales que, parece ser —vox populi—, ingieren ciertas sustancias más o menos prohibidas, más o menos perjudiciales para el propio organismo, bien sea para escribir, bien para cantar, bien para actuar, y son aclamados como verdaderos artistas —sin que a nadie preocupe el destino que estos profesionales dan a su salud—, por qué no permitir que los artistas del balón o de la bicicleta o de la raqueta también puedan administrase su dosis de ayuda extra.

Este planteamiento no es nuevo. Antes de que alguien decidiera establecer una lucha —en mi opinión muy loable— contra el dopaje algún otro ya se había planteado la posibilidad de permitir ese dopaje.

Ya se han mencionado aquí en otras ocasiones los motivos que estas voces exponen para escandalizarnos con semejante propuesta. Y a fe que hay que oírlos antes de denostarlos.

Pareciera que los más angélicos son los que luchan contra lo que tal vez no sea más que la consecuencia natural de las exigencias que la sociedad carga sobre el deportista profesional.

Trazados cada vez más pendientes y rutas cada vez más largas para nuestros esforzados ciclistas. Partidos cada vez más seguidos para los muchachos y muchachas de la raqueta. Presiones cada vez mayores para los atletas que luchan contra el cronómetro.

Pareciera que los más demoniacos fueran aquellos que pretenden implantar un deporte en el que cierta permisividad haría salir algunas prácticas cotidianas de los guetos que son algunas mal llamadas policlínicas y de las habitaciones de hotelitos para ganar en seguridad y en salubridad.

La lucha contra el dopaje está hoy día gozando del beneplácito de la sociedad. Pero ese mismo público que aplaude la lucha contra el dopaje es el mismo respetable que exige más dureza en la carretera, más velocidad en la pista, más resistencia en los partidos.

Pudiera llegar el momento en que la lucha contra el dopaje prive a esa masa, sedienta de nuevas plusmarcas y de mayor espectáculo, de lo que más ansía. Entonces tendremos una contradicción de difícil solución.

Tal vez en el futuro esa masa ingente que son los exigentes “aficionados” al deporte retire su apoyo a la corriente antidopaje al decaer el espectáculo. Tal vez entonces todo el circo del deporte profesional comience a desmoronarse empezando por los patrocinadores, que son quienes aportan su dinero en el tinglado que hoy llamamos deporte profesional.

Llegados a este punto se abrirían dos vías. Una destinada a los profesionales, con cierta permisividad con el dopaje en aras de la emoción y del espectáculo. Otra más bien enfocada al deporte aficionado en las que los controles antidopaje estarían a la orden del día.

Si este futuro llega a plantearse, será interesante ver la reacción de la todopoderosa multinacional que se autodenomina COI, que en las dos últimas décadas del siglo XX ha dado su apoyo incondicional al deporte profesional.

También será interesante ver la contra-reacción del deporte profesional USA, hoy día instalado ya en este futuro no tan ficticio que les presento y que se está viendo arrastrado por la fuerza de la sociedad a implantar controles antidopaje en sus competiciones más exigentes.

Si por el contrario finalmente triunfara la oposición más drástica al dopaje, vayan ustedes olvidándose de nuevos récords mundiales en atletismo, de etapas ciclistas que finalizan al borde de las nieves perpetuas —de esto último, personalmente, me alegraré por ser altamente inhumanas—, y despídanse de recuperaciones que los propios galenos tienen la desfachatez de tildar de milagrosas tras lesiones harto complicadas de nuestros ases del balompié y de otras modalidades bien pagadas.

2 de junio de 2006

“Toda palabra dicha despierta una idea contraria” (Goethe)
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